Corazón de Tierra y Oro

22

​De regreso en la mesa del restaurante, el aire se sentía distinto. Aunque el odio hacia mi padre seguía quemándome por dentro, ahora tenía un propósito. Firmamos. El sonido de los bolígrafos de oro sobre el papel fue el sello de nuestra prisión pública y de nuestra libertad privada.

​—Brillante —exclamó mi padre, levantando su copa de cristal—. Una unión para la historia. Antonio, creo que este momento merece una celebración a la altura de los Vance. Mañana mismo organizaré una recepción en la mansión. Quiero que todo el círculo empresarial vea que el futuro ya tiene nombres y apellidos.

​—Me parece una idea excelente, Richard —asintió Antonio Castillo, estrechando la mano de mi padre con una sonrisa de satisfacción—. Es hora de que el mercado sepa que nuestras familias son una sola.

​Yo miré a Isa. Ella mantenía la espalda recta, la viva imagen de la elegancia y la obediencia, pero bajo el mantel, sentí su pie rozar el mío. Era una señal. Una conexión eléctrica que solo nosotros compartíamos en esa mesa de hipócritas.

​—Padre, Antonio —dije, suavizando mi tono y recuperando esa diplomacia magnética que solía usar antes de perderme en el norte—. Si vamos a dar ese paso mañana, me gustaría pedirles un favor. Dado que el compromiso es oficial, me gustaría llevarme a Isabella. Me gustaría que pasáramos el resto de la velada a solas, para... discutir los detalles de nuestra nueva vida.

​Mi padre arqueó una ceja, sorprendido por mi aparente entusiasmo. Antonio miró a su hija, quien le dedicó una pequeña y calculada inclinación de cabeza.

​—Vaya, Alexander —dijo mi padre con una risa de suficiencia—. Veo que el golpe de realidad te ha sentado mejor de lo que pensaba. Por supuesto, Antonio, deja que estos jóvenes empiecen a planear su imperio.

​—Adelante, muchachos —añadió Antonio—. Disfruten de su noche. Mañana el mundo estará observándolos.

​Nos levantamos y salimos del restaurante bajo la mirada aprobadora de nuestros padres. En cuanto las puertas del ascensor se cerraron, la máscara de Isa volvió a caer. Se soltó de mi brazo y suspiró profundamente, como si hubiera estado conteniendo el aliento durante horas.

​—Buen trabajo, "prometido" —dijo con un deje de ironía mientras bajábamos hacia el estacionamiento.

​No dijimos nada más hasta que llegamos a mi ático. El silencio en el coche fue tenso, cargado de todas las preguntas que me quemaban la garganta. Al entrar en mi departamento, el lujo minimalista y las luces de la ciudad que entraban por los ventanales parecían un escenario ajeno.

​Me serví un vaso de agua —ya había tenido suficiente alcohol por una noche— y me senté frente a ella en el sofá de cuero negro.

​—Explícamelo, Isa —le pedí, observando cómo se descalzaba y dejaba los tacones a un lado, un gesto que me recordó dolorosamente a la granja—. ¿Cómo es posible que mi padre, el hombre que tiene espías en cada rincón del mercado, no supiera que "Tierras del Sol" era tuya? ¿Cómo no supo que la mujer que buscaba era la misma que me estaba curando las manos?

​Isa se echó hacia atrás, cruzando las piernas y mirándome con esa inteligencia afilada que siempre me había fascinado.

​—Es simple, Alex. Mi padre es un hombre de la vieja escuela, pero yo no —comenzó ella—. Cuando me hice cargo de la gestión de las tierras, sabía que los buitres como tu padre vendrían tarde o temprano. Así que hice dos cosas. Primero, registré la propiedad de la Tierra de Oro bajo un código alfanumérico en una sociedad holding en el extranjero. En los documentos oficiales de propiedad no aparece el nombre "Castillo", solo aparece una serie de números: L-220-320-S.

​—Un código de registro técnico —mascullé, asombrado—. Mi padre solo buscaba nombres en los registros de la propiedad. Nunca se molestó en mirar detrás de la nomenclatura del catastro.

​—Exacto —continuó ella con una sonrisa triste—. Y segundo... en San Lorenzo nadie me conoce como Isabella Castillo. Allí uso el apellido de mi madre, Sosa. Para la gente del pueblo y para Manuel, soy simplemente Isa Sosa, la nieta de la mujer que amaba esas tierras. Tu padre buscaba a una heredera de ciudad, no a una granjera que usa el apellido de una familia humilde para pasar desapercibida.

​Me quedé en silencio, procesando la genialidad de su maniobra. Se había escondido a plena vista, usando la arrogancia de mi padre contra él mismo. Él nunca se rebajaría a pensar que una mujer de la alta sociedad querría vivir bajo otro nombre.

​—¿Y tú? —pregunté, acercándome un poco más—. ¿Cómo supiste quién era yo? ¿Por qué no me echaste a patadas en cuanto viste mi cara?

​Isa bajó la mirada por un segundo.

—Vi tu nombre en la licencia de conducir que dejaste en el coche la primera noche. Al principio, quise usarte. Pensé que si te mantenía cerca, podría descubrir los planes de los Vance. Pero luego... —se detuvo y me miró a los ojos, y la frialdad de la heredera desapareció por completo— ...luego vi al hombre que intentaba arreglar un tractor con las manos sangrando. Vi al hombre que no sabía nada de la tierra pero estaba dispuesto a aprender. Y olvidé quién eras, Alex. Por un momento, solo fuiste tú.

​Me acerqué y tomé sus manos. Ya no había vendas, solo la suavidad de la seda y el peso de nuestros secretos compartidos.

​—Mañana en la fiesta de mi padre, seremos los mejores actores de Nueva York —le dije con firmeza—. Pero aquí, en la oscuridad, somos solo nosotros. Los que poseen la Tierra de Oro.

​Ella asintió, y por primera vez desde que regresé a la ciudad, sentí que el nudo en mi pecho se aflojaba. Teníamos un plan, teníamos el conocimiento y, lo más importante, teníamos la verdad.




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