Corazón de Tierra y Oro

24

La fiesta de compromiso seguía su curso en el piso de abajo; el eco de la orquesta y las risas forzadas de la aristocracia financiera llegaban hasta nosotros como un zumbido lejano. Isa y yo caminábamos de regreso al salón, manteniendo esa coreografía perfecta de pareja enamorada, cuando mi teléfono vibró violentamente en el bolsillo de mi esmoquin.

​No era una notificación. Era una señal de auxilio silenciosa. Una aplicación de alerta que Marcus y yo habíamos configurado años atrás para emergencias de seguridad.

​—Alex, ¿qué pasa? —susurró Isa, notando cómo mi mandíbula se tensaba y cómo el color abandonaba mi rostro.

​—Es Marcus. Algo va mal —respondí, desviándome hacia el ala este de la mansión, lejos de los ojos de nuestros padres.

​Lo encontramos en el área de servicio, cerca de la salida de los jardines traseros. El escenario me revolvió el estómago. Marcus estaba tirado en el suelo, entre los setos de boj cuidadosamente recortados. Su tableta, el arma con la que acabábamos de desviar los fondos para salvar la Tierra de Oro, estaba destrozada a unos metros de él.

​—¡Marcus! —exclamé, cayendo de rodillas a su lado.

​Tenía el rostro desfigurado. Un corte profundo en la ceja no paraba de sangrar y su respiración era un silbido agónico. Había sido golpeado con una brutalidad profesional, con una rabia que no pertenecía a este entorno de trajes y corbatas.

​—Señor... —logró susurrar Marcus, intentando abrir un ojo hinchado—. No... no le dije nada. Él... él quería las claves. Quería saber a dónde fue el dinero... pero no hablé...

​—Shhh, no digas nada. Isa, llama a una ambulancia privada. ¡Ahora! —ordené, sintiendo una furia negra creciendo en mi pecho.

​Una sombra se separó de los sauces llorones al final del camino. Julián salió a la luz de los faroles, limpiándose los nudillos manchados de sangre con un pañuelo de seda blanca. No tenía miedo; tenía esa sonrisa psicópata del que cree que tiene todas las cartas ganadoras.

​—Vaya, Alexander. Parece que tu perro faldero es más resistente de lo que pensaba —dijo Julián con una voz cargada de veneno—. Pero las máquinas de hospital son caras, ¿sabes? Casi tan caras como el desfalco que acabas de cometer contra tu propio padre.

​—Lo has mandado al hospital, maldito animal —mascullé, poniéndome en pie. Mis manos, las mismas que habían aprendido a trabajar duro en la granja, se cerraron en puños que buscaban venganza.

​—Lo que he hecho es un servicio a la familia Vance —replicó Julián, dándose la vuelta para mirarme a los ojos—. Sé lo que hicisteis, Alex. Sé que el dinero de la demolición ha desaparecido en una sociedad fantasma bajo el código L-220-320-S. Sé que estás intentando proteger ese montón de barro.

​Isa dio un paso al frente, su voz era como un filo de hielo.

—¿Qué es lo que quieres, Julián?

​—Quiero mi parte. Quiero el 15% de las acciones de la nueva corporación y un puesto en el consejo. Si no me lo dais antes del amanecer, le entregaré a Richard Vance las pruebas de que su hijo y su futura nuera le han robado millones para financiar una reserva de lechugas.

​Julián lanzó el pañuelo ensangrentado a mis pies.

—Tu padre te golpeó por una carta, Alex. Imagina lo que te hará cuando sepa que le has robado su imperio. Tienes hasta que el médico de Marcus firme el parte de lesiones para decidirte.

​Se alejó hacia la oscuridad, dejándonos con el cuerpo herido de Marcus y el peso de una amenaza que no podíamos ignorar. Isa se arrodilló junto a Marcus, usando su propio vestido de seda para presionar la herida del secretario.

​—Alex... tenemos que movernos rápido —dijo ella, mirándome con una mezcla de horror y determinación—. Si Julián habla, no habrá Tierra de Oro que salvar. Estaremos en la cárcel o bajo tierra antes de la boda.

​Miré a Marcus, el hombre que casi muere por protegernos. La guerra ya no era solo por la tierra; ahora era personal. Julián había cruzado la línea y, al hacerlo, me había recordado algo que mi padre siempre decía: En los negocios, cuando la diplomacia falla, solo queda la aniquilación total.

​—No va a tener ese 15% —dije, mirando la ambulancia que se acercaba a lo lejos—. Mañana, mientras Julián espera su pago, nosotros vamos a terminar de cavar su tumba. Pero primero, Marcus tiene que estar a salvo.

​La noche de compromiso, que debía ser un triunfo secreto, se había teñido de sangre. La Tierra de Oro exigía sacrificios, y Marcus acababa de pagar el primero.




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