La euforia por la caída de Julián se disipó más rápido de lo que esperaba. Aunque Marcus se recuperaba favorablemente y la prensa nos aclamaba como los "herederos de la ética", un silencio extraño se había instalado en la mansión de los Castillo.
Isa estaba inusualmente callada. Había pasado la tarde en la biblioteca privada de su padre, Antonio, buscando unos documentos para el fondo de conservación. Cuando entré a buscarla, la encontré sentada en el suelo, rodeada de carpetas viejas y cajas de seguridad abiertas. Su rostro no reflejaba victoria, sino un horror absoluto.
—Alex... mira esto —susurró, extendiéndome un sobre amarillento que parecía haber estado oculto en el fondo de una caja de doble fondo.
Tomé el documento. No era un contrato de empresa, ni una auditoría. Era un acta notarial fechada hace veinticinco años. Mientras leía, sentí que el suelo bajo mis pies se convertía en arena movediza.
—¿Qué significa esto? —pregunté, aunque mi cerebro ya estaba conectando los puntos—. ¿"Transferencia de custodia y derechos de herencia"?
—Significa que nuestra unión no fue una idea brillante que tuvieron el mes pasado —dijo Isa, levantándose con las piernas temblorosas—. Significa que mi padre y el tuyo planearon este matrimonio el día en que nosotros nacimos. Pero no por negocio, Alex... sino para cubrir un crimen.
Seguí leyendo. Mis ojos se detuvieron en un nombre que me hizo helar la sangre: Sosa. El apellido de la madre de Isa. El apellido de la "Tierra de Oro".
—Aquí dice que la granja de San Lorenzo no fue una herencia directa de tu abuela —dije, mi voz apenas un murmullo—. Dice que originalmente era una propiedad compartida entre Richard Vance y la familia Sosa. Pero hubo un accidente... una mala gestión que llevó a la quiebra a los Sosa.
—No fue una quiebra, Alex. Fue un robo —me interrumpió Isa, sus ojos brillando con lágrimas de rabia—. Mi padre, Antonio Castillo, ayudó a tu padre a falsificar las firmas para arrebatarle la Tierra de Oro a mi madre. Lo hicieron juntos. Y cuando mi madre descubrió la verdad, ellos... ellos le ofrecieron un trato. La dejarían vivir allí en paz, como una simple granjera, a cambio de su silencio.
—¿Y el matrimonio? —pregunté, temiendo la respuesta.
—El matrimonio era la póliza de seguro —Isa señaló una cláusula específica al final del documento—. "Para asegurar la unificación de los linajes y el entierro definitivo de las reclamaciones de propiedad, los herederos Alexander Vance e Isabella Castillo se unirán en matrimonio, devolviendo legalmente la tierra a la entidad conjunta y anulando cualquier rastro del fraude original".
Me dejé caer en un sillón, sintiendo náuseas. Todo lo que habíamos pasado, nuestro encuentro "casual" en el camino, mi accidente, nuestra lucha contra Julián... todo era parte de un guion escrito hace décadas por dos hombres que solo buscaban protegerse de la cárcel. No éramos los héroes de nuestra propia historia; éramos los enterradores de sus pecados.
—Mi padre te golpeó no porque fueras a la granja, Alex —dijo Isa, acercándose a mí—. Te golpeó porque tuviste la mala suerte de enamorarte de la verdad que él llevaba veinticinco años intentando ocultar. Él no quería que salvaras la granja; quería que la absorbieras para que el crimen de los Sosa muriera con nosotros.
En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió. Antonio Castillo y Richard Vance entraron juntos. Se detuvieron en seco al ver los documentos desparramados por el suelo y el sobre amarillento en mis manos. Ya no había sonrisas de celebración. Solo había la mirada fría de dos hombres que habían sido descubiertos.
—Veo que han estado hurgando donde no debían —dijo mi padre con una voz gélida, sin un ápice de remordimiento.
—¿Cómo pudisteis? —rugió Isa, encarándose a su padre—. ¡Traicionasteis a mi madre! ¡Traicionasteis a vuestra propia sangre por un pedazo de valle!
—Lo hicimos por vosotros —respondió Antonio Castillo, aunque su voz carecía de convicción—. Para que tuvierais el imperio que tenéis hoy. La Tierra de Oro era el cimiento necesario.
—Ese cimiento está manchado de sangre y mentiras —dije yo, levantándome y poniéndome al lado de Isa. Ya no era el hijo de Richard Vance. Era el hombre que amaba a Isa Sosa—. Habéis usado nuestras vidas como monedas de cambio para tapar vuestras estafas.
—¿Y qué vais a hacer? —desafió mi padre, dando un paso al frente—. Si reveláis esto, vuestros apellidos no valdrán nada. La fusión se detendrá, las acciones caerán y ambos terminaréis en la ruina. Sois parte de esto ahora, queráis o no. La firma del compromiso ya es oficial.
Isa y yo nos miramos. La revelación era un golpe devastador, pero en medio de la oscuridad, encontré una fuerza nueva. Ya no solo queríamos salvar la tierra de la demolición. Ahora teníamos que hacer justicia por una mujer que vivió en el anonimato para proteger a su hija del monstruo que era su propio padre.
—Tenéis razón en algo —dije, mirando a los dos patriarcas con un desprecio absoluto—. La firma es oficial. Somos los dueños legales de la nueva entidad. Y como dueños... vamos a hacer que paguéis por cada centímetro de tierra que robasteis.
La guerra acababa de volverse mucho más peligrosa. Ya no luchábamos contra un peón como Julián. Ahora, los enemigos estaban dentro de nuestra propia casa, y la boda, que antes era nuestro escudo, se convertiría en el escenario de su caída final.
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Editado: 09.02.2026