Corazón de Tierra y Oro

27

El silencio en la biblioteca de los Castillo era tan denso que podía oírse el tic-tac del reloj de pared como si fueran martillazos. Isa estaba de pie frente a su padre, Antonio, con el documento amarillento en la mano. Ya no era la joven que buscaba aprobación; era una fuerza de la naturaleza reclamando justicia por una madre silenciada durante décadas.

​—Isa, hija, no entiendes la complejidad de los negocios en aquella época... —empezó Antonio, con una voz que intentaba sonar paternal pero que temblaba de puro pánico.

​—No me llames hija —le cortó ella, con una frialdad que me erizó la piel—. Los padres no roban el legado de sus esposas ni venden a sus hijas para tapar crímenes. Lo que tú hiciste con Richard Vance fue una ejecución lenta de la identidad de mi madre.

​Antonio intentó acercarse, pero Isa sacó su teléfono.

—Ya está hecho, Antonio. He enviado una copia digital de estas actas y de los registros bancarios que Marcus recuperó antes del ataque a la fiscalía de delitos financieros. Las patrullas están entrando por la puerta principal en este momento.

​La palidez que cubrió el rostro de Antonio Castillo fue la de un hombre que ve su imperio derrumbarse. El sonido de las sirenas empezó a resonar en el patio de la mansión.

​—¡Nos arruinarás a todos! —gritó Antonio mientras los agentes entraban en la biblioteca—. ¡Los Castillo desaparecerán!

​—Los Castillo que tú construiste sobre mentiras merecen desaparecer —respondió Isa sin pestañear.

​Vi cómo los agentes esposaban a Antonio. Él me miró, buscando ayuda en el hijo de su aliado, pero yo solo me crucé de brazos, permaneciendo firme al lado de la mujer que amaba. Cuando se lo llevaron, Isa se quedó mirando el espacio vacío que él ocupaba. No hubo lágrimas, solo una exhalación de alivio que parecía haber estado contenida por veinticinco años.

​El enfrentamiento con Richard

​En ese momento, mi padre, Richard Vance, entró en la habitación. Se detuvo al ver a los agentes llevándose a su socio. Su mirada pasó de la sorpresa a una furia calculadora.

​—Has cometido un error estratégico fatal, Isabella —dijo mi padre, caminando hacia ella con esa arrogancia que solía intimidarme—. Has destruido a tu propio padre. Ahora la empresa Castillo está a la deriva. Sin su firma, la fusión es nula y tu preciada granja volverá al mercado de subastas en cuanto los acreedores se enteren de la detención.

​Se volvió hacia mí con una sonrisa gélida.

—Alexander, dile a tu prometida que sea razonable. Si me entrega los documentos originales que incriminan a los Vance, puedo usar mi influencia para que su padre salga bajo fianza y salvar lo que queda de su patrimonio.

​Me adelanté para responder, pero Isa puso una mano en mi pecho para detenerme. Se acercó a Richard hasta quedar a escasos centímetros de él. A pesar de que mi padre era un hombre imponente, ella parecía mucho más grande en ese momento.

​—Escúchame bien, Richard —dijo Isa, y su voz era un susurro letal—. Antonio está en la cárcel porque fue un cobarde que necesitó tu ayuda para robar. Yo no soy como él. Ya he tomado el control total de las acciones de mi padre mediante un poder de representación que firmé esta mañana bajo la cláusula de incapacidad moral por delitos graves. Soy la nueva Presidenta de los Castillo.

​Mi padre soltó una carcajada seca.

—¿Crees que puedes manejarme a mí? Eres una niña jugando con fuego.

​—No, Richard. El que está jugando con fuego eres tú —replicó ella, clavándole la mirada—. Sé que fuiste tú quien ordenó a Julián que me vigilara. Sé que fuiste tú quien permitió que golpearan a Marcus. Si intentas manipularme, si intentas mover un solo dedo contra esta fusión o contra la Tierra de Oro, te prometo que los documentos que hunden a mi padre serán solo el aperitivo.

​Isa se acercó aún más, su mirada era puro acero.

—Cuídate, Richard. Mira bien el camino por donde caminas, porque si intentas cruzarte en el mío, te aseguro que terminarás en la celda de al lado de mi padre. Y yo misma me encargaré de que sea una celda sin ventanas.

​Richard Vance, el hombre que me había golpeado y que había dominado mi vida durante años, retrocedió un paso. Vi, por primera vez en mi vida, una sombra de miedo real en sus ojos. Se dio cuenta de que ya no estaba tratando con una "campesina" o una "heredera dócil". Estaba frente a la nueva reina del tablero.

​Sin decir una palabra, mi padre se dio la vuelta y salió de la biblioteca, derrotado en su propio territorio.

​Isa se giró hacia mí. Sus hombros finalmente cayeron y se dejó caer en mis brazos. La sostuve con fuerza, sintiendo su corazón latir desbocado.

​—Se acabó, Alex —susurró—. Él está fuera. Y la Tierra de Oro es nuestra.

​—No solo la tierra, Isa —le dije, besando su frente—. Ahora somos nosotros quienes escribimos el contrato.

​Habíamos destruido a los patriarcas. Antonio Castillo dormiría en una prisión y Richard Vance viviría con el miedo constante de ser el siguiente. Éramos los dueños de dos imperios manchados, pero por primera vez, teníamos el poder de limpiarlos y convertirlos en algo que valiera la pena. El camino hacia la boda ahora era muy diferente: ya no era una unión de conveniencia entre familias criminales, sino la alianza de dos supervivientes listos para cambiar el mundo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.