El aire de San Lorenzo me llenó los pulmones con una pureza que ya había olvidado en la ciudad. El motor de mi coche —esta vez un todoterreno robusto, nada de deportivos pretenciosos— se detuvo frente a la vieja casa de madera. El silencio del valle no era vacío; estaba lleno de vida, de promesas y de la paz que solo se encuentra cuando dejas de huir de tus propios fantasmas.
Isa bajó del vehículo y se quedó mirando los viñedos. Ya no vestía seda ni esmeraldas. Llevaba sus botas gastadas y una camisa de cuadros, con el cabello suelto ondeando al viento. Pero ahora, bajo esa apariencia sencilla, residía el poder de la mujer que había descabezado a dos de los imperios más grandes del país.
—Hemos vuelto —susurró ella, y por primera vez en meses, su sonrisa no tenía ni una pizca de amargura.
—No solo hemos vuelto, Isa. Hemos ganado —respondí, acercándome a ella.
Las semanas posteriores al arresto de Antonio Castillo y la humillación de mi padre habían sido un torbellino. Como nuevos presidentes de la corporación conjunta, nuestra primera orden fue cancelar todos los proyectos de infraestructura logística. En su lugar, creamos el Instituto Sosa-Vance, un centro de investigación para la agricultura sostenible que tendría su sede principal aquí mismo. La Tierra de Oro ya no era una moneda de cambio; era el corazón de una revolución verde que empezaría en estos campos.
Marcus, ya recuperado y con una sonrisa que apenas cabía en su rostro, bajó del segundo coche con una caja de documentos.
—Señores, los permisos de protección ambiental perpetua han sido registrados. Richard Vance ya no puede tocar una sola piedra de este valle ni aunque quisiera usar todo su capital.
—Gracias, Marcus —dije, dándole un apretón de manos—. Ahora, ve a descansar. Te lo has ganado más que nadie.
Cuando nos quedamos solos bajo la sombra del gran sauce cerca del río, el sol empezaba a teñirse de un naranja profundo, bañando los campos con ese tono dorado que le daba nombre al lugar. Isa se sentó en la hierba, cerrando los ojos para escuchar el murmullo del agua.
Yo sentía un peso en el bolsillo de mi chaqueta. No era un peso metálico y frío como los contratos que solía cargar. Era algo mucho más valioso.
—Isa —la llamé suavemente.
Ella abrió los ojos y se giró hacia mí. Me arrodillé sobre la tierra, la misma tierra que una vez odié y que ahora era mi santuario.
—Hace semanas firmamos un papel en un restaurante de cristal bajo la mirada de dos hombres que solo querían usarnos —comencé, tomando su mano. Mis dedos, ahora fuertes y acostumbrados a la realidad, temblaban ligeramente—. Ese compromiso fue un contrato. Fue una guerra. Fue un sacrificio.
Saqué una pequeña caja de madera tallada, hecha por un artesano local del pueblo, no por una joyería de la Quinta Avenida. Dentro, no había un diamante ostentoso que gritara "dinero de los Vance". Había un anillo sencillo de oro puro, con una pequeña piedra de ámbar que parecía contener la luz del sol de San Lorenzo.
—Pero hoy no hay padres, ni herencias, ni imperios entre nosotros —continué, mirándola directamente a los ojos, donde podía ver mi reflejo y mi futuro—. Hoy no te pido que te cases con el heredero de la Torre Vance para salvar una granja. Te pido que te cases con Alex, el hombre que aprendió a ser humano gracias a ti. Te pido que seas mi esposa porque te amo, por la forma en que proteges lo que es justo y por cómo me enseñaste que el verdadero oro no está en una cuenta bancaria, sino en la paz de este valle.
Isa se quedó sin habla por un momento. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez eran lágrimas de una felicidad limpia, sin secretos.
—Sí —respondió ella, con una voz clara que resonó en todo el valle—. Sí, Alex. Un millón de veces sí. Pero con una condición.
—La que quieras —dije, sonriendo mientras le ponía el anillo.
—Que nunca volvamos a dejar que el asfalto nos gane —dijo ella, rodeándome el cuello con sus brazos—. Que siempre recordemos que nuestra historia empezó en el barro.
Nos besamos bajo el cielo dorado, rodeados por la tierra que habíamos salvado y por el amor que habíamos rescatado de las garras de la ambición. El contrato de nuestros padres estaba roto, pero el nuestro, el que acabábamos de sellar con un beso en medio de la nada, era indestructible.
La Tierra de Oro ya no era un secreto que ocultar, sino un legado que compartir. Y mientras el sol se ocultaba tras las montañas, supe que por fin, después de toda una vida buscando el poder, lo había encontrado: estaba en la mano de la mujer que amaba, caminando juntos hacia nuestra propia casa
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Editado: 09.02.2026