Corazón de Tierra y Oro

29

​El espejo de mi antigua habitación en la mansión de los Hamptons me devolvía la imagen de un hombre que apenas reconocía. Llevaba un esmoquin de lino azul marino, elegante pero sin la rigidez de los uniformes de gala que solía usar. No había corbatas de seda apretadas, ni gemelos con el escudo familiar. Hoy, mi único adorno era la confianza de saber exactamente quién era.

​—Te ves... en paz —dijo una voz desde la puerta.

​Era Marcus. Estaba impecable en su traje, con una pequeña cicatriz casi invisible sobre la ceja como único recordatorio de su valentía. Se había convertido en más que mi secretario; era mi hermano de armas.

​—Lo estoy, Marcus. Por primera vez, no siento que estoy asistiendo a una ejecución, sino a un nacimiento.

​Bajamos al jardín, pero no al área pavimentada donde se hacían las fiestas de la alta sociedad. La ceremonia se celebraría en el extremo de la propiedad que daba a los acantilados, donde el césped se encontraba con la arena y el océano.

​Habíamos enviado un avión privado para traer a Manuel y a los trabajadores más antiguos de la granja de San Lorenzo. Allí estaban ellos, sentados en las primeras filas junto a los magnates de Wall Street. Era una imagen poderosa: las manos callosas de los agricultores compartiendo el mismo espacio que los relojes de lujo de los inversores. Era el mundo que Isa y yo habíamos decidido fusionar.

​Entonces, la música cambió. No fue una marcha nupcial clásica, sino el sonido suave de una guitarra acústica tocando una melodía que recordaba al viento entre los viñedos.

​Me giré y el corazón se me detuvo.

​Isa caminaba hacia mí. No había velos que ocultaran su rostro, ni metros de encaje pesado. Llevaba un vestido de seda fluida que parecía capturar la luz del sol, con flores silvestres de San Lorenzo entrelazadas en su cabello oscuro. Caminaba sola, con la cabeza alta, representando la fuerza de la mujer que no necesitaba que nadie la "entregara" porque ella ya era dueña de su propio destino.

​Cuando llegó a mi lado, sus ojos brillaban con una intensidad que me hizo olvidar que el mundo entero nos estaba mirando. Tomé sus manos y sentí la calidez que me había salvado de la oscuridad.

​El juez, un hombre que entendía que este no era un contrato comercial, nos dio la palabra. No usamos los votos preestablecidos.

​—Isa —comencé, mi voz firme pero cargada de emoción—. Te conocí en un momento en que mi vida se medía en números y mi valor se pesaba en oro. Tú me enseñaste que el oro más puro es el que se siente bajo los pies y el que se encuentra en la mirada de alguien que no te pide nada más que tu verdad. Prometo ser tu aliado en la junta directiva y tu compañero en el campo. Prometo que nuestra casa siempre tendrá olor a tierra y que nuestro amor nunca será un contrato, sino una elección que haré cada mañana al despertar a tu lado.

​Isa apretó mis manos. Sus labios temblaron ligeramente antes de hablar.

​—Alex —dijo ella, y su voz resonó con una autoridad dulce—. Crecí protegiendo una tierra porque creía que era lo único que me quedaba de mi madre. Pero tú me enseñaste que la tierra es más fértil cuando se comparte. Prometo recordarte siempre el hombre que arregló un tractor con las manos sangrando, y prometo que, aunque el mundo intente volver a ponernos máscaras, para mí siempre serás el Alex que encontró su alma en mi camino. Mi vida es tuya, no por herencia, sino por amor.

​En lugar de intercambiar solo los anillos, Marcus se acercó con un pequeño cuenco de cerámica que contenía tierra de la granja de San Lorenzo.

​Frente a la mirada atónita de los invitados de la alta sociedad —incluyendo a mi padre, que observaba desde una esquina con una expresión de derrota—, ambos hundimos nuestras manos en la tierra y plantamos una pequeña semilla de vid en una maceta de plata.

​—Lo que la ambición intentó separar, que la tierra lo una —dijimos al unísono.

​Cuando finalmente nos besamos, el aplauso de Manuel y la gente de San Lorenzo ahogó cualquier murmullo de desaprobación de la élite. Fue un beso que sabía a libertad.

​La recepción fue una celebración de contrastes. Había caviar, pero también el pan rústico que Isa tanto amaba. Los inversores terminaron bailando con los agricultores, y por una noche, las barreras de clase que mi padre tanto defendía se desmoronaron bajo el peso de una alegría genuina.

​Al final de la noche, mientras la luna se reflejaba en el mar, Isa y yo nos alejamos un momento del ruido.

​—Lo logramos, Sra. Vance-Sosa —le dije, rodeando su cintura.

​—Lo logramos, Sr. Sosa-Vance —corrigió ella con una chispa de travesura—. Mañana volvemos a casa. A la granja.

​—Mañana —asentí—. Pero esta noche, el mundo es nuestro.

​Miramos hacia la mansión, donde las luces seguían brillando. Sabíamos que habría retos, que Richard Vance seguiría en las sombras y que dirigir dos imperios no sería fácil. Pero mientras tuviéramos los pies en la tierra y las manos entrelazadas, no había tormenta que pudiera arrancarnos de nuestra Tierra de Oro.




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