Corazón de Tierra y Oro

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Cinco años han pasado desde que el mundo financiero se sacudió con la caída de los patriarcas y el nacimiento de la alianza Sosa-Vance. Hoy, la granja de San Lorenzo no es solo una propiedad privada; es el centro de investigación agrícola más avanzado del país, un lugar donde el lujo y la naturaleza han encontrado un equilibrio perfecto.

​Me encontraba en el porche de la casa, la misma que una vez estuvo a punto de ser demolida. El sol de la tarde bañaba los viñedos, que ahora se extendían con una salud envidiable. Marcus, quien ahora es el Director Operativo de nuestra fundación, caminaba por el sendero con una carpeta de proyectos, pero se detuvo al ver la escena que se desarrollaba frente a él.

​—¡Papá, mira! ¡He encontrado una de oro! —gritó una voz infantil llena de entusiasmo.

​Un niño de unos cuatro años corría por el jardín, con las mejillas encendidas por el sol y las manos manchadas de esa tierra fértil que era su herencia. Tenía los ojos decididos de su madre y la sonrisa traviesa que, según Isa, yo solía tener antes de que los negocios me endurecieran.

​—Déjame ver, Sebastián —dije, agachándome para recibirlo.

Sebastián abrió su pequeña mano con orgullo. En el centro de su palma había una semilla de vid perfectamente formada, brillando bajo la luz del atardecer.

​—Es la semilla más fuerte del campo —le dije, revolviendo su cabello—. Al igual que tú.

​Isa salió de la casa, secándose las manos en un delantal. Se detuvo a mi lado y rodeó mis hombros con su brazo. Al mirar a nuestro hijo, supe que todo el dolor, las mentiras de nuestros padres y la lucha contra Julián habían valido la pena. Habíamos limpiado el apellido Sosa y redimido el nombre de los Vance.

​—¿Está listo para su primera lección de siembra? —preguntó Isa, dándole un beso a Sebastián en la frente.

​—¡Sí! Manuel dice que soy el mejor ayudante —respondió el pequeño con total seguridad.

​Vimos a Sebastián correr hacia el viejo Manuel, que lo esperaba cerca del establo con una pala pequeña hecha a su medida. El ciclo se había completado. Mi padre, Richard, seguía en su retiro forzado en el extranjero, vigilado y sin poder político. Antonio Castillo cumplía su condena, viendo desde lejos cómo su hija convertía su "estafa" en un motor de cambio real para el mundo.

​—¿En qué piensas? —me preguntó Isa, apoyando su cabeza en mi hombro.

​—En que una vez creí que el éxito era una torre de cristal en Manhattan —respondí, mirando a Sebastián reír mientras Manuel le enseñaba a preparar el surco—. Pero el éxito es esto. Es saber que la tierra que pisa nuestro hijo es suya por derecho, por justicia y por amor.

​Nos quedamos allí, observando cómo Sebastián plantaba su semilla. Ya no había contratos de compromiso, ni deudas de sangre, ni secretos ocultos en bibliotecas oscuras. Solo quedaba el futuro, creciendo fuerte y libre en el corazón de la Tierra de Oro.

FIN




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