Corazón De Viajeros

Capítulo 1: Un pueblo, una abuela y un joven que mira el horizonte

Parte 1

Diago James vivía en un pueblo que el tiempo parecía haber olvidado. Las calles eran de piedra gastada, las casas de fachadas blancas con ventanas de madera vieja, y el aire olía a pan recién horneado por las mañanas y a tierra mojada cuando llovía. No había grandes puertos ni mercados exóticos. Solo una plaza central con una fuente donde las ancianas se sentaban a tejer y a comentar la vida ajena.

Diago tenía veintitrés años, el cabello rubio que solía atarse con una tira de cuero, ojos claros como el agua de montaña y un cuerpo esbelto pero bien formado de tanto cargar sacos de harina en la panadería del pueblo. Su trabajo era humilde: amasaba el pan antes del amanecer, limpiaba los moldes de lata y barría las migas que caían al suelo. El dueño, un señor barrigudo llamado Don Renzo, le pagaba justo lo necesario para comer y mantener la casa.

La casa era pequeña, de una sola planta, con paredes de adobe y un tejado donde crecía musgo. Había pertenecido a su abuela, y ahora le pertenecía a él. Apenas tenía dos habitaciones: una para dormir y otra que era sala y cocina a la vez. Pero lo más valioso no eran las paredes ni el techo. Era aquel sillón viejo y descosido donde su abuela solía sentarse al atardecer.

—Siéntate, Diago —le decía ella, con la voz cascada por los años—. Hoy te voy a contar algo que tu padre nunca terminó de contarme.

Y entonces venían las historias.

Eran historias de barcos con velas rotas, de valles donde el viento silbaba nombres perdidos, de ciudades construidas sobre acantilados y de mapas dibujados en servilletas de taberna. Su padre, Bilton James, había sido un viajero. No un héroe de leyendas, sino un hombre común con una maleta gastada y un ansia infinita por saber qué había detrás de la siguiente colina.

—Tu padre se fue una mañana sin hacer ruido —le contaba la abuela, acariciándole el pelo—. No volvió. Pero yo siempre supe que andaba por algún camino contando sus aventuras en un diario. Un diario que algún día, quizá, encontrarías.

Diago creció escuchando esas historias. Las oyó tantas veces que podía recitarlas de memoria. Pero también creció con una certeza incómoda: él no era como su padre.

Diago era un hombre de rutinas. Se levantaba siempre a la misma hora, iba a la panadería, volvía a casa, comía pan con queso y miraba el horizonte desde la puerta de su casa. Miraba las colinas lejanas, los caminos polvorientos que se perdían entre los árboles, y sentía un cosquilleo en el pecho. Pero nunca daba el paso. Se quedaba allí, con los brazos cruzados, pensando que quizá los viajeros nacían con un mapa en la sangre, y él había nacido con un delantal de panadero.

Esa tarde, como tantas otras, estaba sentado en el umbral de su casa cuando vio llegar a sus dos amigos.

Norlan llegó primero, agitando una mano regordeta y sonriendo con esa sonrisa enorme que iluminaba su cara trigueña. Era un muchacho de cuerpo redondeado pero ágil, con el pelo negro y rizado siempre despeinado. Llevaba una mochila que no había soltado desde los quince años.

—¡Diago! —gritó Norlan desde lejos—. ¡He tenido una idea increíble! ¡Vamos al lago mañana! Podríamos… no sé… ¡hacer algo épico!

Detrás de él, caminando con más calma, llegaba Marcus. De piel mulata y cuerpo delgado, siempre llevaba un libro bajo el brazo. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía sus palabras solían pesar más que las de cualquier otro.

—La última vez que hicimos algo "épico" —dijo Marcus, sentándose junto a Diago—, Norlan se mareó en un carruaje y vomitó sobre las patas del caballo.

—¡El caballo ni se enteró! —se defendió Norlan, abriendo su mochila para mostrar una pequeña bolsa de tela—. Por eso ahora siempre llevo mi bolsa de emergencias. Nunca se sabe.

Diago sonrió. Aquellos dos eran los únicos amigos que había tenido desde niño. Norlan, el entusiasta torpe, el que siempre decía "¡vamos!" aunque no supiera a dónde. Marcus, el lector empedernido, el que conocía rutas de libros y mapas de papel, pero que nunca había pisado un camino más allá del límite del pueblo.

—Mañana vamos al lago —aceptó Diago, aunque en el fondo sabía que tampoco sería una gran aventura. El lago quedaba a dos horas a pie. Era bonito, pero era el mismo lago de siempre.

Miró de nuevo el horizonte.

Ojalá pudiera ir más lejos, pensó.

Esa noche, antes de dormir, pasó los dedos por el borde del sillón de su abuela. Aún conservaba su olor: a lavanda y a galletas viejas. Cerró los ojos y recordó algo que le había dicho su abuela:

"Algún día, Diago, encontrarás tu propio camino. Y cuando eso pase, no tengas miedo. El miedo es solo el mapa que aún no sabes leer."

Diago suspiró y se fue a la cama. En el pueblo, todo seguía igual. Pero algo, muy dentro de él, empezaba a moverse.




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