Corazón De Viajeros

Capítulo 2: La servilleta manchada de vino.

La abuela de Diago murió un martes, cuando las campanas del pueblo sonaron a mediodía y nadie supo por qué doblaban hasta que Don Renzo cerró la panadería antes de hora.

Fue una muerte tranquila. La anciana se durmió en su sillón, con una manta sobre las piernas y una taza de té medio vacía en la mesa. Diago la encontró al volver del trabajo. No lloró en ese momento. Se quedó quieto en la puerta, con las manos aún llenas de harina, y solo atinó a susurrar:

—Abuela…

Pasaron los días. Llegaron los vecinos con platos de comida y frases hechas. "Ya descansa", "Los años no perdonan". Diago asentía, daba las gracias y cerraba la puerta. Norlan y Marcus vinieron a quedarse una tarde entera, sin hablar mucho, solo sentados a su lado. Norlan lloró más que Diago. Marcus leyó en voz alta un poema sobre el mar y los barcos que se pierden en el horizonte.

—Le habría gustado —dijo Marcus al terminar.

Diago asintió. No estaba seguro.

Tres semanas después, cuando el silencio de la casa se había vuelto más pesado que los recuerdos, Diago decidió que era hora de vaciar el cuarto de su abuela. No lo había hecho antes. Cada vez que abría la puerta, veía la cama tendida, el vestido colgado, las botas viejas junto a la mesita. Y le parecía que ella iba a volver en cualquier momento, con su andar lento y su voz de pájaro viejo.

Pero no volvía.

La mañana del sábado, Diago se armó de valor. Abrió la puerta, dejó entrar la luz, y empezó a vaciar cajón por cajón, estante por estante.

Norlan y Marcus aparecieron sin avisar, como siempre.

—Hemos traído pan —dijo Norlan, levantando una hogaza humeante—. Y un poco de queso. Y yo he traído mi bolsa de emergencias, por si acaso.

—¿Vas a necesitar tu bolsa de emergencias para limpiar un cuarto? —preguntó Marcus, arqueando una ceja.

—Nunca se sabe. Puede saltar una rata. O cualquier otro animalucho.

Diago sonrió discretamente por primera vez en semanas.

Los dos se pusieron a ayudar sin que él lo pidiera. Marcus ordenaba los libros en pilas cuidadosas: novelas de viajes, atlas viejos, cuadernos con letra temblorosa. Norlan, en cambio, abría cada caja como si buscara un tesoro, sacaba objetos al azar y los sostenía frente a la luz con verdadero asombro.

—¡Mira esto! —exclamó Norlan, levantando un pisapapeles con forma de barco—. ¿Y esto? —una pluma de ave enorme—. ¿Y esto? —una cuchara oxidada.

—Es una cuchara, Norlan —dijo Marcus sin levantar la vista de un libro.

—¡Pero es una cuchara de viaje! Se nota.

Diago sacudía la cabeza y seguía vaciando. Fue entonces, cuando llevaba media hora rebuscando en el fondo del armario, que sus dedos tropezaron con algo que no esperaba.

No era un libro. No era una carta. No era un objeto duro.

Era una servilleta.

Arrugada, manchada, doblada en cuatro partes y escondida entre un par de medias viejas y un abanico roto. Diago la desdobló con cuidado, como si temiera que se deshiciera entre sus manos.

La tela era burda, Pero lo que había dibujado sobre ella…

—¿Qué es eso? —preguntó Marcus, dejando el libro y acercándose.

Norlan también se asomó, con la boca abierta y una miga de pan pegada en la mejilla.

Sobre la servilleta, alguien había trazado un mapa. No un mapa bonito ni exacto. El dibujo era torpe, hecho con carbón o con el borde de un tizón apagado. Pero se entendía: una línea quebrada que empezaba en un punto marcado con una X pequeña, serpenteaba entre formas redondeadas que parecían colinas, cruzaba un río dibujado con rayas azules (o tal vez solo manchas de tinta), y terminaba al pie de lo que parecían tres montañas.

El mapa estaba rodeado de manchas violáceas.

—¿Son manchas de vino? —preguntó Norlan, olfateando la servilleta—. Huele a tinto.

—O a sangre —dijo Marcus con tono grave.

—¿Por qué iba a haber sangre en una servilleta con un mapa?

—No sé. Pero suena más emocionante que el vino.

Diago no escuchaba. Tenía los ojos fijos en el centro del mapa, donde alguien había escrito una palabra con letra insegura, como la de un niño o la de un hombre mayor con las manos temblorosas.

Puso la servilleta bajo la luz de la ventana y leyó en voz baja:

—"Corazón del Viajero".

Silencio.

Norlan dejó de masticar pan. Marcus cerró el libro que tenía entre las manos.

—¿El cuento de tu abuela? —preguntó Marcus en voz baja.

—No es un cuento —respondió Diago, y supo que era verdad en cuanto lo dijo. La servilleta temblaba ligeramente entre sus dedos—. Es un mapa.

Por un momento, Diago recordó unas palabras que su abuela le decía:

"Algún día lo encontrarás, Diago. Algo que te lleve lejos."

Norlan rompió el silencio con un grito ahogado:

—¡VAMOS A BUSCARLO!

Marcus puso los ojos en blanco.

—Norlan, ni siquiera sabemos si ese mapa conduce a algo real.

—¡Por eso hay que ir! —Norlan ya rebuscaba en su mochila como si estuviera empacando para un año—. Llevo mi bolsa de emergencias, mi ancla plegable, mi salvavidas para emergencias acuáticas…

—¿Tienes un salvavidas para gatos? —preguntó Marcus con sarcasmo.

—¡Eso fue una broma y tú lo sabes!

Diago seguía mirando el mapa. Las manchas de vino parecían islas. Las líneas torcidas parecían caminos. Y el nombre… "Corazón del Viajero"… era el mismo del que su abuela le había contado tantas veces.

—No sé si esto es real —dijo Diago en voz baja, más para sí mismo que para ellos—. Puede ser solo una broma. Un dibujo viejo. Un recuerdo…

—O puede ser la aventura que siempre esperaste —dijo Marcus, poniendo una mano firme sobre su hombro.

Diago levantó la mirada. Sus ojos claros se encontraron con los de Marcus, y luego con los de Norlan, que ya saltaba de un pie a otro como un niño antes de una fiesta.

—¿Y si solo es una pérdida de tiempo y exponernos para nada?—preguntó Diago, dejando escapar lo que había estado royéndole las entrañas desde que leyó aquellas palabras.




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