Corazón De Viajeros

Capítulo 3: La reunión de la plaza.

La plaza del pueblo, al atardecer, era un hervidero de vidas quietas. Las ancianas seguían tejiendo en sus bancos de piedra, los niños correteaban tras una pelota descosida, y el señor Don Renzo se sentaba frente a su panadería ya cerrada, con la mirada perdida en el horizonte como si algún día él también hubiera soñado con irse.

Diago, Norlan y Marcus se sentaron en una de las mesas de piedra junto a la fuente. La servilleta del mapa estaba desplegada sobre la mesa, sujeta en las esquinas por cuatro piedras pequeñas para que no se la llevara el viento.

Norlan no cabía en sí de felicidad.

—¡Esto es increíble! —exclamó, golpeando la mesa con ambas manos—. ¡Una aventura! ¡Un mapa! ¡Un tesoro! ¡Es como en los libros de Marcus pero de verdad!

—Los libros de Marcus son de verdad —dijo Marcus, sin levantar la vista de uno que estaba hojeando—. Están impresos y todo.

—Ya sabes a lo que me refiero. ¡En la vida real!

—Norlan, estamos en la vida real. No hemos salido de este pueblo. La aventura aún no empieza.

—¡Pero va a empezar! —Norlan agitó los brazos con tal ímpetu que casi tira la servilleta al suelo.

Diago sonrió. Apreciaba la energía de Norlan, aunque a veces fuera como tener un cachorro saltando alrededor. Miró a Marcus, que ahora sí había cerrado el libro y lo miraba con una expresión más seria.

—Dime la verdad, Marcus —dijo Diago—. ¿Tú qué opinas? ¿De verdad crees que hay algo ahí fuera?

Marcus se tomó su tiempo. Se quitó unas motas de polvo de la camisa, ordenó los libros que había puesto sobre la mesa, y finalmente habló:

—Creo que hay dos posibilidades. Una: tu abuela guardó una servilleta manchada de vino porque tenía valor sentimental, no porque fuera un mapa real. Dos: tu abuela guardó una servilleta manchada de vino porque era un mapa real, y eso significa que tu padre dejó algo importante detrás.

—¿Y cuál de las dos crees? —preguntó Norlan, inclinándose hacia adelante.

Marcus lo miró a los ojos.

—Creo que un hombre no viaja toda su vida sin dejar un rastro. Y creo que una madre no guarda veinte años un papel manchado si no significa nada.

Diago sintió un nudo en la garganta. No dijo nada. Solo asintió.

—Además —añadió Marcus, y por un momento sus labios esbozaron una sonrisa—, si esto resulta ser una tontería, al menos habremos salido del pueblo. Yo estoy harto de leer aventuras sin vivirlas.

—¡Eso es! —gritó Norlan, levantándose de la silla—. ¡Vamos a vivirlas!

—Siéntate, que te vas a marear solo de estar de pie —le dijo Marcus, empujándolo hacia abajo.

Norlan obedeció, pero empezó a rebuscar en su mochila (esa mochila que parecía tener un agujero al infinito) y fue sacando objetos uno tras otro: una cuerda, una linterna diminuta, tres latas de sardinas, y por supuesto, la famosa bolsa de emergencias.

—Llevo provisiones para una semana —dijo con orgullo.

—Norlan —dijo Diago—, todavía no sabemos adónde vamos.

—¡Por eso llevo provisiones para dos semanas!

Marcus se llevó la mano a la frente.

—¿Qué vamos a hacer con él?

—Soportarlo —respondió Diago, y aunque la palabra podría sonar dura, la dijo con tanto cariño que hasta Norlan se dio cuenta y sonrió.

La tarde caía. El sol se escondía detrás de las montañas y el cielo se teñía de naranja y morado. Diago guardó la servilleta en el bolsillo interior de su chaqueta, cerca del corazón.

—Mañana salimos —dijo, y la frase le supo a libertad.

—¿Mañana? —preguntó Norlan, con los ojos como platos—. ¿Tan pronto?

—¿Quieres esperar?

—¡No! ¡Mañana está perfecto!

—Entonces mañana —repitió Diago, esta vez con más fuerza—. Al amanecer.

Marcus cerró el libro que tenía entre las manos. Era una guía de caminos antiguos, gastada por el uso y por los años.

—Yo investigaré esta noche —dijo—. Veré si encuentro alguna referencia a esas montañas del mapa. O al Corazón del Viajero.

—Y yo empacaré bien —dijo Norlan—. Pondré solo lo necesario. Nada de anclas plegables.

—¿Vas a dejar el ancla? —preguntó Marcus, fingiendo sorpresa.

—Bueno… quizá una ancla pequeña. Por si acaso.

Diago rió. Una risa sincera, que no salía de él desde antes de que su abuela enfermara. Norlan y Marcus rieron también, y durante un instante, la plaza del pueblo no fue un lugar de vidas quietas, sino el punto de partida de algo que apenas comenzaba.

Cuando se despidieron, Diago se quedó un rato más mirando las estrellas que empezaban a asomar. Metió la mano en el bolsillo y tocó la servilleta y susurró:
-Voy a intentarlo. Voy a encontrar lo que él dejó.

El viento movía los árboles de la plaza.

Aquella noche apenas durmió de la emoción, aunque en el fondo estaba un poquito asustado. Pero no importaba.

Al día siguiente, el viaje empezaría.




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