Corazón De Viajeros

Capítulo 4: Comienza el viaje.

El día del viaje amaneció con un sol tímido y un cielo despejado. El tipo de mañana que invita a quedarse en casa con una manta y un chocolate caliente. Pero Diago no estaba en casa. Estaba en la parada del antiguo autobús interprovincial, con una mochila a cuestas, un mapa en el bolsillo y un nudo en el estómago.

Norlan llegó corriendo, con la mochila tan llena que parecía a punto de estallar. De ella colgaban tres cosas: una cantimplora, una sartén pequeña (nunca se sabía) y la infaltable bolsa de emergencias.

—¡Llegué! —dijo Norlan con la voz entrecortada de tanto correr —. ¿Salimos...? ¿Salimos ya?

—El autobús sale en veinte minutos —dijo Marcus, ya sentado en el banco de madera, con un libro abierto sobre las rodillas—. Y si te mueves tanto vas a marearte antes de subir.

—¡Yo no me mareo! —protestó Norlan, aunque su rostro ya tenía un leve tono verdoso.

Diago sonrió. No podía evitarlo. Allí estaban: su amigo el entusiasta mareado y su amigo el lector reacio. El grupo más inepto para una aventura, y sin embargo el único con el que quería estar.

El autobús llegó puntual. Era una carcacha oxidada de color amarillo pálido, con un cartel que decía "COSTA EXPRESO" y un motor que sonaba como si algo estuviera muriendo dentro. El conductor, un hombre delgado y serio, les cobró los pasajes sin mediar palabra.

—Últimos asientos del fondo —dijo Marcus tras echar un vistazo.

—¿Por qué del fondo? —preguntó Diago.

—Porque es donde menos se siente el vaivén. Lo leí en un libro.

—¿De verdad hay un libro que habla de eso?

—Hay un libro que habla de todo, Diago.

Se sentaron. Diago junto a la ventanilla. Marcus en el medio. Norlan en el pasillo, con su bolsa de emergencias bien sujeta entre las manos.

Los primeros diez minutos fueron tranquilos. El autobús serpenteaba entre colinas cubiertas de pinos y pequeños pueblos de casas blancas. Diago miraba por la ventana y sentía una emoción extraña: la de estar haciendo algo que había postergado toda su vida.

—Esto es agradable —dijo Marcus, hojeando su libro—. El paisaje es... pintoresco.

—¿Ves? —dijo Norlan con voz triunfal—. No pasa nada. Yo estoy perfectamen...

No terminó la frase.

El autobús tomó una curva cerrada. Luego otra. Luego una pendiente empinada seguida de una bajada brusca. El motor tosió. El conductor, sin inmutarse, aceleró como si estuviera huyendo de algo.

Norlan palideció.

No un poco. Mucho.

—Marcus —susurró Norlan con urgencia—, dame la bolsa.

Marcus ni siquiera preguntó. Le alcanzó la bolsa de emergencias con una rapidez que demostraba años de entrenamiento.

Lo que siguió no necesita ser descrito con detalle. Baste decir que la bolsa de emergencias cumplió su función a la perfección, y que Norlan, con una dignidad asombrosa, la cerró, la anudó y la guardó como si nada hubiera pasado.

—Estoy bien —dijo, con los ojos acuosos.

—No lo estás —respondió Marcus.

—No lo estoy —admitió Norlan.

Diago, que había estado mirando hacia otro lado por respeto, giró la cabeza.

—¿Te ayudo en algo?

—Dame conversación. Así pienso en otra cosa.

—¿De qué quieres hablar? —preguntó Diago.

—Del tesoro —dijo Norlan, y aunque su cara seguía pálida, sus ojos se iluminaron—. ¿Qué crees que sea? ¿Oro? ¿Joyas? ¿Una corona?

—Es un diario —dijo Diago.

—¿Un diario? —Norlan hizo una mueca—. ¿Eso es todo? ¿Por qué alguien escondería un diario como si fuera un tesoro?

—Porque el diario es de mi padre —respondió Diago, en voz baja—. Y para mi abuela, eso valía más que cualquier joya.

Norlan se quedó callado unos segundos. Luego, con una seriedad que rara vez mostraba, dijo:

—Entonces es el mejor tesoro del mundo.

Marcus, que había estado hojeando su libro como si buscara algo, levantó la cabeza.

—Aquí dice algo interesante. Hay una leyenda antigua sobre un viajero que escribía todo en un diario. El libro dice que cada viajero que lo lee descubre algo maravilloso.

Norlan abrió la boca para decir algo, pero se detuvo. La mano fue a su bolsa de emergencias. Nuevamente palideció. El autobús había entrado en un tramo de curvas pronunciadas, y el motor empezaba a humear.

—Creo —dijo Norlan con una calma fingida— que necesito usar la bolsa otra vez.

—Ya la usaste —señaló Marcus.

—Tengo otra.

—¿Llevas DOS bolsas de emergencias?

—¡Son para esto los preparativos, Marcus! ¡No todo se soluciona con libros!

Diago rió. Fue una risa limpia, sincera, que salió de algún lugar que llevaba meses cerrado. Norlan y Marcus se miraron, y a pesar de las circunstancias (el olor, el vaivén, la sospecha fundada de que el conductor no había dormido en días), también sonrieron.

El autobús siguió su camino. Las colinas dieron paso a llanuras. Las llanuras a pequeños bosques. Y al atardecer, cuando el sol pintó el cielo de naranja y morado, el conductor anunció:

—Próxima parada: Puerto Viejo.

Diago miró por la ventana. A lo lejos, el mar relucía como una sábana de plata. Las casas del pueblo costero se apiñaban junto a la orilla, con barcos de pesca meciéndose en el muelle.

—Llegamos —dijo Diago, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.

Norlan suspiró con alivio.

—Genial. Ahora prométanme que el próximo tramo será a pie.

—No hay nada que prometer —dijo Marcus, cerrando su libro—. El mapa no marca más caminos para vehículos. De aquí en adelante, solo a pie, a caballo o en canoa.

—A pie —dijo Norlan—. A pie. Siempre a pie. Amo caminar.

Bajaron del autobús. El aire olía a sal y a pescado frito. Las gaviotas gritaban sobre sus cabezas. Y Diago, con el mapa en la mano y sus dos amigos detrás, sintió que la aventura, después de tantos años de espera, por fin había comenzado.

Nadie se dio cuenta del jinete que los observaba desde lo alto del acantilado.

Nadie vio la capa negra que ondeaba con el viento ni el rostro parcialmente cubierto por una capucha.




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