Corazón De Viajeros

Capítulo 5: La mujer de cuero negro.

El sol del mediodía caía implacable sobre Puerto Viejo. Las calles eran empinadas y adoquinadas, con casas de colores desgastados por el viento marino. En el puerto pequeño, los barcos de pesca dormían atados a muelles de madera podrida, y las gaviotas gritaban como viejas chismosas.

Diago, Norlan y Marcus llevaban tres días viajando. Habían tomado dos autobuses, caminado una jornada entera por un camino de cabras.

—Estoy vivo —dijo Norlan, bajando del tercer autobús con una palidez verdosa—. Merezco una estatua.

—Mereces un premio al hombre que más bolsas de emergencias ha gastado en una semana —respondió Marcus, guardando su libro de rutas.

Diago no escuchaba. Tenía la servilleta desplegada entre las manos y la miraba una vez más. Según el mapa, el primer punto de referencia era "La taberna del Ancla Rota", donde debían preguntar por alguien llamado "El Tuerto".

—El mapa dice que el primer punto está en la calle del Muelle —dijo Diago—. Una taberna llamada Ancla Rota.

—¿Y quién es "El Tuerto"? —preguntó Norlan—. ¿Un pirata? ¿Un ermitaño? ¿Un hombre con un parche que dice cosas misteriosas?

—Todas las anteriores, probablemente —dijo Marcus.

Puerto Viejo era pequeño, así que no tardaron en encontrar la calle del Muelle. Era una calle corta, con olor a tabaco viejo, donde solo había tres edificios en pie: una pescadería cerrada, un almacén de redes y, al final, la taberna.

Ancla Rota

El letrero era de madera, colgando de una sola cadena oxidada.

Entraron.

El interior era oscuro, con ventanas pequeñas y sucias que apenas dejaban pasar la luz. Había cinco mesas de madera, una barra larga con taburetes desparejados, y un gato negro y blanco dormido sobre el único barril que parecía limpio. En el aire flotaba una mezcla de humo, ron barato y algo que olía a sopa recalentada.

—Buenas —dijo Diago, acercándose a la barra.

Detrás de ella, un hombre enorme y calvo limpiaba un vaso con un trapo que tenía más agujeros que tela. Su cara era una colección de cicatrices y mal humor.

—¿Qué quieren? —gruñó.

—Buscamos a alguien —dijo Diago, intentando sonar seguro—. "El Tuerto". ¿Está aquí?

El hombre dejó de limpiar el vaso. Sus ojos pequeños y negros recorrieron a los tres de arriba abajo.

—Depende —dijo—. ¿Son de la ley?

—No —respondió Marcus—. Somos… viajeros.

—¿Viajeros? —El hombre soltó una carcajada seca—. En esta calle solo vienen los que deben dinero, los que esconden algo o los que buscan problemas. ¿En qué grupo estan?

Norlan levantó la mano.

—En el de los que se marean en autobús.

El hombre lo miró largamente. Luego, sin decir palabra, señaló con la cabeza hacia una puerta al fondo de la taberna.

—"El Tuerto" está ahí. Pero si salen corriendo, yo no los conozco.

La puerta era de madera oscura, con una aldaba de bronce en forma de escudo. Diago tragó saliva, intercambió una mirada con Marcus (que parecía estar pensando que no saldrían de allí) y con Norlan (que ya sacaba su bolsa de emergencias "por si el Tuerto era alérgico a algo"), y finalmente empujó.

La habitación trasera era más pequeña que la taberna, pero igual de oscura. Había una lámpara de aceite sobre una mesa redonda, y sentada en una silla, con las botas apoyadas en la mesa, había una figura vestida de cuero negro.

Una capa negra le cubría los hombros. Una bufanda subía hasta la nariz. Un sombrero de ala ancha ocultaba medio rostro. Y una espada descansaba sobre sus rodillas, tan reluciente que parecía nueva.

—¿Eres "El Tuerto"? —preguntó Diago, frunciendo el ceño—. Pensé que sería más viejo. Y más… tuerto.

La figura no se movió. Solo giró ligeramente la cabeza, como si los estuviera estudiando tras el sombrero y la bufanda.

—Eso depende —dijo una voz, y Diago parpadeó porque era una voz femenina, clara y con una elegancia que no encajaba con el lugar—. ¿Qué buscan?

—. Venimos por un mapa."El Corazón del Viajero".-- Dijo Marcus seriamente.

La figura se quedó inmóvil un instante. Luego, lentamente, bajó las botas de la mesa. Se incorporó. Y se quitó el sombrero.

El rostro que apareció era joven, de facciones finas y piel clara. Tenía el cabello castaño recogido en una coleta baja, y los ojos más vivos que Diago había visto nunca. Pero lo que más le llamó la atención fue que no le faltaba un ojo. Tenía los dos, perfectamente sanos.

—No eres "El Tuerto" —dijo Diago.

—No —respondió ella, y esbozó una media sonrisa—. "El Tuerto" le decían a mi padre.

—¿Y tú quién eres? —preguntó Marcus, con desconfianza.

Ella guardó la espada en su funda, se acercó a los tres y los miró uno por uno. Cuando sus ojos se encontraron con los de Diago, él sintió un escalofrío que no supo explicar. Algo en aquella mujer le resultaba extrañamente familiar, aunque estaba seguro de no haberla visto nunca.

—Pueden llamarme Sombra —dijo ella—. Y si buscan "El Corazón del Viajero", llevan tres días de retraso. Porque yo también lo busco.

El silencio se hizo espeso.

Norlan apretó su bolsa de emergencias como si fuera un arma.

—¿Eres una rival? —preguntó, con voz temblorosa pero valiente—. ¿Una enemiga? ¿Una villana con espada y todo?

Sombra rió. Fue una risa genuina, casi cálida.

—Soy una viajera. Como ustedes. Y tengo mis propias razones para encontrar ese tesoro. Pero no soy su enemiga… al menos todavía.

Diago dio un paso adelante, interponiéndose entre ella y sus amigos.

—Ese mapa era de mi abuela —dijo con firmeza—. Y "El Corazón del Viajero" es cosa de mi familia.

Sombra lo miró largamente. Por un instante, sus ojos se suavizaron, y algo cruzó su rostro que Diago no supo identificar. ¿Curiosidad? ¿Reconocimiento? ¿Pena?

—La familia —repitió ella, en voz baja—. Siempre la familia.

Sin añadir nada más, se giró, recogió su capa y se dirigió a la puerta trasera de la habitación, la que daba a un callejón.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.