Corazón De Viajeros

Capítulo 6: La duda y el abrazo.

El pueblo costero amaneció envuelto en una niebla salada que se pegaba a la piel como un recuerdo húmedo. Las gaviotas gritaban desde los tejados de pizarra, y el olor a pescado frito y alquitrán continuaba entre las calles empedradas.

Diago no había pegado ojo en toda la noche.Estaba sentado en el borde del muelle, con los pies colgando sobre el agua oscura, mirando la servilleta manchada de vino que había cambiado su vida solo unos días atrás. El mapa seguía allí, con sus líneas torcidas y sus manchas violáceas. Pero ahora algo había cambiado.

Alguien más lo buscaba.

El día anterior, en la taberna "El Pulpo Dormilón", un tabernero de barba desgreñada les había dicho sin darle importancia:

—Ah, sí. Una mujer. Vino preguntando por el mismo sitio. Ropa de cuero negra, el rostro medio tapado. No habló mucho, pero pagó en monedas de oro. Eso no se ve todos los días por aquí.

Norlan había casi escupido su sopa.

—¡Una rival! —había susurrado con los ojos como platos—. ¡Tenemos una rival!

Marcus, más cauto, había anotado en su libreta: "Mujer. Cuero negro. Oro. ¿Aliada o enemiga?"

Diago, en cambio, no había dicho nada. Había pagado la cena con las pocas monedas que le quedaban y se había ido al muelle a pensar.

Y allí seguía ahora, al amanecer, con el mapa en las manos y un nudo en el estómago.

—¿Y si no soy el indicado?

La pregunta le había estado royendo las entrañas desde que salió del pueblo. Pero ahora, con la noticia de la mujer misteriosa, se había vuelto un alarido interno.

¿Y si solo es una pérdida de tiempo? pensó, arrugando la servilleta sin querer. ¿Y si estoy exponiendo a mis amigos?

Diago recordó las palabras de su abuela: "El miedo es solo el mapa que aún no sabes leer." Pero aquello no se sentía como un mapa. Se sentía como un muro.

—¿Planeas tirarte al agua o solo vas a quedarte ahí con cara de funeral?

Diago giró la cabeza. Era Marcus, de pie detrás de él, con una taza humeante en cada mano y su inseparable libro bajo el brazo.

—No tengo cara de funeral —murmuró Diago.

—Claro que sí. Pareces un personaje de esas novelas tristes que mi madre leía. El héroe melancólico que se lamenta antes del segundo acto.

Diago casi sonrió. Casi.

Marcus se sentó a su lado y le tendió una taza. Era café caliente, amargo y con un poso espeso en el fondo. Igual que el de la panadería de Don Renzo. Por algún motivo, eso le dolió.

—Escucha —dijo Marcus después de un largo sorbo—. Te he observado toda la noche desde la ventana de la posada. Norlan roncaba como una fiera herida, así que no podía dormir. Te he visto. Aquí. Sentado. MIRANDO el mapa como si el mapa fuera a hablar.

Diago guardó silencio.

—Dime qué te pasa —pidió Marcus. No era una orden. Era una invitación.

Diago apretó la taza entre las manos. El calor del café le quemaba los dedos, pero no lo soltó.

—¿Y si no soy el indicado para esto? —soltó por fin, con la voz más quebrada de lo que quería—. ¿Y si esto es solo exponernos, gastando lo poco que tenemos, arriesgándo nuestras vidas... para nada?

Marcus no respondió de inmediato. Eso era lo que Diago más temía: el silencio. Porque Marcus siempre tenía una respuesta. Y si no la tenía...

—Mi madre —dijo Marcus al fin— tuvo un sueño toda su vida. Quería abrir una librería. No una grande, una pequeña, con una mecedora y una lámpara amarilla. Ahorró durante años. Trabajó de sol a sol. Limpió casas, cosió ropa, vendió pasteles en el mercado.

Diago lo miró. Marcus nunca hablaba de su madre.

—Y un día —continuó Marcus— le dio por hacer números. Calculó cuánto le faltaba, cuántos años más tendría que trabajar, cuánto viviría después. Y se dio cuenta de que tal vez... tal vez nunca llegaría. Que podía ahorrar hasta los huesos y morirse antes de abrir aquella puerta.

—¿Y qué hizo? —preguntó Diago en voz baja.

—Nada —dijo Marcus, y su voz tembló apenas—. Se sentó en el patio de nuestra casa y lloró. No abrió la librería. Se quedó con las manos vacías. Y luego se enfermó...y la perdí. Nunca supo lo que se siente al entrar en un lugar que es solo tuyo.

El silencio del muelle se hizo denso.

Marcus se volvió hacia Diago. Sus ojos, normalmente tan analíticos, ahora estaban brillantes y desnudos.

—No te quedes con las manos vacías, Diago. Aunque el tesoro no exista, aunque la mujer de cuero nos gane, aunque todo esto termine en nada... por lo menos habremos ido. Habremos caminado. Habremos intentado leer ese mapa que tu abuela te dejó.

Diago sintió algo romperse dentro de él. No era tristeza. Era otra cosa. Era como si una cuerda demasiado tensa durante años hubiera decidido, por fin, aflojarse.

Sus ojos se llenaron de agua. Parpadeó, y las lágrimas rodaron calientes por sus mejillas.

—No quiero ser como tu madre —susurró Diago.

—No lo serás —dijo Marcus, y su voz también se rompió—. Porque estás aquí. Porque tienes un mapa. Porque nos tienes a nosotros, aunque Norlan se marea y yo sé más de libros que de caminos.

Se miraron un segundo. Y entonces, sin decir nada más, se abrazaron.

Fue un abrazo torpe, de esos que empiezan con una palmada en la espalda y terminan con los brazos apretando fuerte, como si soltarse fuera a romper algo frágil.

—Oye —dijo una voz ronca detrás de ellos.

Era Norlan. En camisón, despeinado, con su bolsa de emergencias colgando del hombro y los ojos aún pegados por el sueño.

—Me desperté y no estaban —dijo Norlan, y luego, al verlos abrazados y llorando, su cara cambió—. ¿Pasa algo malo? ¿Se murió alguien? ¿Por qué no me llamaron?

Diago soltó a Marcus, se secó las mejillas con la manga y esbozó una sonrisa temblorosa.

—No ha pasado nada malo —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Todo lo contrario.

Norlan los miró a uno y a otro, desconfiado.

—¿Seguro? Porque tengo la bolsa. Si hay una emergencia emocional, también sirve. Tengo pañuelos. Y caramelos. Los caramelos curan todo.




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