Corazón De Viajeros

Capítulo 7: Remedios imposibles

Parte 2

Al siguiente día, madrugaron más por las ganas que por el sueño. El sol aún no asomaba del todo cuando ya estaban frente a la estación de carruajes de Puerto Viejo, con las mochilas a cuestas y el mapa desdoblado sobre una piedra.

—El siguiente punto está al otro lado de la sierra —dijo Diago, señalando una línea ondulada en la servilleta—. Llegar a pie nos llevaría tres días. Pero hay un carruaje que sale en una hora y nos deja al pie del camino de montaña en medio día.

—Carruaje —repitió Norlan, y su rostro trigueño palideció ligeramente.

—Carruaje —confirmó Marcus con una sonrisa maliciosa—. Tirado por caballos. Con ruedas. Que rebotan.

—Ya sé lo que es un carruaje —gruñó Norlan, ajustándose la bolsa de emergencias al cinto—. Solo pido que el camino sea recto.

El camino no fue recto.

El carruaje era una caja de madera oxidada montada sobre dos ruedas desiguales, arrastrada por un caballo flaco que parecía haber visto tiempos mejores. El conductor, un anciano con un solo diente y un parche en el ojo, les cobró tres monedas de cobre a cada uno y les advirtió: "El camino está lleno de baches. Agárrense fuerte".

Norlan se agarró al asiento con ambas manos. Marcus sacó un libro. Diago miró el paisaje.

Los primeros diez minutos fueron tolerables. El carruaje crujió, el caballo trotó, y la costa quedó atrás entre brumas matutinas. Pero luego llegaron al camino de tierra, y entonces comenzó el calvario.

Tuc. Tuc. Tuc.

Cada piedra era un latigazo. Cada bache, un pequeño terremoto. Norlan comenzó a moverse de un lado a otro como una gelatina en un plato inclinado. Su rostro pasó del trigueño saludable al verde oliva en cuestión de segundos.

—¿Estás bien? —preguntó Diago.

—Perfectamente —dijo Norlan con la boca apretada—. Solo… cerraré los ojos… un momento…

Marcus cerró el libro y observó a su amigo con preocupación científica.

—Tiene los labios morados —dictaminó—. Eso es síntoma de mal de tierra, mal de mar, o de haber comido demasiado queso en la taberna.

—No fue el queso —dijo Norlan, y luego añadió, más bajo:— Fueron dos quesos.

El carruaje dio un salto particularmente violento.

—¡La bolsa! —gritó Diago.

Norlan ya la tenía en las manos. Era una bolsa de tela impermeable, con una correa que cruzaba su pecho, lista para ser desplegada en cualquier emergencia. La abrió con un movimiento rápido y se refugió en ella durante largos segundos.

Marcus y Diago miraron hacia otro lado, por respeto.

Cuando Norlan reemergió, pálido y sudoroso, Marcus ya había rebuscado entre sus libros y sostenía uno abierto con una ilustración medieval.

—Aquí dice —anunció Marcus, poniendo voz de profesor— que el mal de movimiento se cura con raíz de jengibre, reposo absoluto y mirar el horizonte fijamente.

—No tenemos jengibre —señaló Diago.

—Ni reposo, porque el carruaje no para —añadió Norlan, aferrado a la bolsa.

—Entonces usaremos el método empírico —dijo Marcus, y pasó a la página siguiente—. Aquí hay un remedio popular de un libro de aventuras del siglo pasado. Dice: "Para aliviar el mal de carruaje, colóquese una rodaja de limón bajo la lengua, cántese una canción de marineros y concéntrese en la respiración".

Norlan lo miró con odio sincero.

—¿Tú ves algún limón aquí, Marcus?

Marcus cerró el libro.

—No. Pero puedo cantar una canción de marineros.

—¡No cantes nada! —gritaron Diago y Norlan al unísono.

El carruaje volvió a saltar. Norlan agarró la bolsa con más fuerza y apoyó la frente contra la ventana. El vidrio temblaba.

—¿Sabes qué? —dijo Norlan, con la voz temblorosa—. La próxima vez que hablemos de aventuras, yo propongo que vayamos caminando. Aunque nos duelan los pies. Aunque haya serpientes. Aunque tenga que cargar a Marcus. Cualquier cosa menos este infierno sobre ruedas.

El carruaje siguió traqueteando. Diago, con la servilleta en el bolsillo, miró por la ventana las montañas que se acercaban lentamente.

Siguieron avanzando. El camino se hizo más estrecho, y el caballo empezó a andar más despacio, como si cada paso fuera una derrota personal.

Al atardecer, encontraron un claro junto a un arroyo para acampar. El conductor ató el caballo a un árbol, donde inmediatamente se echó a dormir de pie, cosa que Marcus aseguró que era "técnicamente imposible" pero que el caballo hacía con una naturalidad pasmosa.

Montaron la tienda. Marcus leyó en voz alta un pasaje sobre las estrellas del hemisferio sur y lo confundió todo, señalando constelaciones que no existían. Diago, mientras tanto, extendió el mapa sobre una piedra plana y lo estudió a la luz de la luna.

—Hay algo en este mapa —murmuró—. Algo que no estamos viendo.

—¿Como qué? —preguntó Norlan, con la cara manchada de hollín.

—No lo sé. Pero lo sabré cuando lo vea.

Marcus se acercó. Puso una mano en el hombro de Diago.

—Esa es la confianza que te faltaba —dijo en voz baja—. La que siempre tuviste pero no sabías.

Diago asintió, sin decir una palabra.

—Buenas noches, Norlan —dijo Diago.

—Buenas noches, jefe.

Afuera, el caballo suspiró en sueños. Y las estrellas brillaban junto a la Luna.




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