Durmieron mal.
No porque el suelo fuera incómodo —que lo era—, ni porque el caballo roncara como un abuelo con enfisema. Durmieron mal porque, alrededor de la media noche, algo despertó a Diago sin hacer ruido.
Abrió los ojos. La luna se había ocultado tras una nube, y la oscuridad era casi absoluta. Norlan roncaba a su derecha, abrazado a su mochila como si fuera un oso de peluche. Marcus, a su izquierda, susurraba algo en sueños sobre "coordenadas cartesianas erróneas".
Diago se quedó quieto, escuchando.
Al principio solo oyó el arroyo, el viento en los matorrales y algún insecto nocturno. Pero luego, muy lejos, algo más. Un crujido. No de rama seca cayendo sola. De pisada.
Alguien, pensó. O algo.
Se incorporó lentamente. Su mano buscó la pequeña navaja que llevaba en la cintura, más por costumbre que por valentía. Miró hacia la negrura del bosque. No vio nada. Pero supo que había algo. Esa certeza visceral que no necesita pruebas, la misma que tenían los antiguos cazadores antes de que la presa saltara.
El crujido se repitió. Más cerca. Luego, silencio absoluto.
Diago contuvo la respiración. Pasó un minuto. Dos. El viento cambió y la nube se apartó de la luna, bañando el claro con una luz pálida y mortecina.
No había nadie.
Pero en el borde del bosque, entre dos arbustos espinosos, algo brilló. Un reflejo metálico, pequeño, fugaz. Diago parpadeó y desapareció.
—¿Diago? —murmuró Norlan, despertándose sin razón aparente, como si tuviera un radar interno para cuando su amigo se ponía nervioso—. ¿Qué pasa?
—Nada —mintió Diago—. Vuelve a dormir.
Norlan lo miró con desconfianza, pero el sueño era más fuerte. En tres segundos volvía a roncar.
Diago no durmió más esa noche.
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Amaneció gris y húmedo.
Se sentaron los tres muchachos en un tronco seco mientras el conductor del carruaje desataba el caballo. Desayunaron pan duro con queso pasado y agua del arroyo que Marcus hirvió "por si acaso", aunque nadie supo decir si lo había hecho bien o solo había calentado agua sucia. Norlan se negó a subir al carruaje hasta después de haber caminado un trecho, con la esperanza de que el estómago se le asentara antes del próximo vaivén.
—Hoy solo he traído cuatro bolsas —informó, mostrando su previsión logística—. Ayer gasté más de lo previsto.
—Eres un estratega —dijo Marcus con admiración fingida.
—Gracias. Mi madre también lo dice.
Emprendieron la marcha. El camino se volvió más angosto, flanqueado por paredes de roca cubiertas de musgo y helechos. El carruaje apenas cabía. El caballo, que parecía haber aceptado su destino con estoica resignación, avanzaba a paso de caracol.
Unas horas después llegaron una construcción de piedra gris, medio devorada por la hiedra, con un techo de tejas rotas y una puerta de madera tan podrida que parecía un suspiro. No tenía campanario. No tenía vidrieras. Solo cuatro paredes, un arco de medio punto y, sobre la puerta, una inscripción borrada por los siglos.
—"Quien entra aquí…" —intentó leer Marcus, pero el resto era irreconocible.
—¿"Quien entra aquí, encuentra la muerte"? —sugirió Norlan, con un escalofrío teatral.
—O "quien entra aquí, encuentra paz". O "quien entra aquí, paga entrada". No lo sé. Las piedras no hablan.
—Algunas sí —dijo Diago en voz baja.
Se acercó a la puerta. Puso una mano sobre la madera carcomida. Sintió la textura áspera, la humedad, algo parecido a una pulsación muy tenue, como si el edificio respirara.
Empujó.
La puerta se abrió con un ruido largo y lastimero, como si despertara de un sueño de siglos. El interior era una sola nave vacía, con el suelo cubierto de hojas secas y excrementos de murciélago. Y en las paredes…
—Mapas —susurró Marcus.
Docenas de mapas. Pintados directamente sobre la piedra, desvaídos por el tiempo, casi borrados. Había costas que ya no existían, ríos que habían cambiado de cauce, ciudades con nombres olvidados. Y en el centro de todos ellos, una y otra vez, una misma palabra:
Corazón.
Norlan se quedó boquiabierto.
—Es… es impresionante —dijo, olvidándose de sus bolsas de emergencias.
Diago caminó despacio, rozando las paredes con la punta de los dedos. Los mapas parecían moverse bajo su tacto, como si la piedra conservara la memoria del pulso de quienes los trazaron.
—Esto es lo que buscaba la abuela —dijo en voz baja—. No el tesoro. Esto. Saber que existió alguien que dedicó su vida a dibujar caminos.
Se detuvo ante un mapa más grande que los demás. Representaba una cordillera de tres picos, y al pie, una X.
—Aquí —dijo Diago, señalando—. Las tres montañas. Es el mismo lugar.
—Entonces la servilleta no era un dibujo cualquiera —dijo Marcus, acercándose—. Era una copia. Alguien copió este mapa y lo llevó a tu abuela.
—O tu abuela lo copió de aquí —añadió Norlan.
Diago negó con la cabeza.
—Mi abuela nunca salió de su pueblo. Ni una sola vez.
—Entonces… ¿quién copió el mapa?
Se hizo el silencio. Hasta el viento pareció contener la respiración.
Y entonces, afuera, un ruido.
No de naturaleza. De metal contra piedra.
Los tres se giraron al mismo tiempo. Diago corrió hacia la puerta y asomó la cabeza. El claro estaba vacío. El caballo seguía atado, masticando algo con desgano. El carruaje seguía donde lo habían dejado.
Pero en el suelo, justo frente a la puerta, algo brillaba.
Diago se agachó y lo recogió. Era una hebilla de cinturón de metal negro, con un grabado diminuto: una flor de lis.
—Esto no es nuestro —dijo, mostrándoselo a Marcus.
—Una hebilla de mujer —dijo Marcus, examinándola—. Cara, además. Plata de ley.
—¿Una mujer? —preguntó Norlan, abriendo mucho los ojos—. ¿Nos sigue una mujer?
--O nos sigue alguien que usa hebillas de mujer-- respondió Marcus--.También podría ser un hombre con gustos refinados.