Amaneció con un sol que parecía empeñado en achicharrar todo lo que se movía.
Diago había dormido mal otra vez, pero esta vez no fue por los ruidos nocturnos ni por la presencia "invisible" que los seguía. Fue por el sueño. Un sueño recurrente que lo atormentaba desde que salieron de Puerto Hondo.
Soñaba con una mujer vestida de negro.
No veía su rostro, solo su silueta, su capa larga, el brillo de una hebilla en su cinturón, la flor de lis. Caminaba delante de él, siempre unos pasos más allá, y cada vez que Diago extendía la mano para tocarla, ella desaparecía entre la niebla.
—¿Estás bien? —preguntó Marcus, que ya estaba preparando el desayuno (pan tostado en una piedra caliente y agua del día anterior, tibia y con sabor a cuero)—. Tienes ojeras de murciélago.
—Murciélago con ojeras —corrigió Norlan, que amanecía con más energía de la que le correspondía después del mareo del día anterior—. Es una especie rara.
—No es gracioso —dijo Diago, frotándose los ojos—. Soñé con ella otra vez.
—¿Con la sombra? —preguntó Norlan, bajando la voz.
—Con la mujer de negro. La que nos sigue.
Marcus y Norlan intercambiaron una mirada que Diago no supo interpretar. Preocupación, quizá. O quizá solo incredulidad.
—Llevamos días viendo sombras donde no hay nada —dijo Marcus, con suavidad—. Puede que el cansancio…
—No es el cansancio —lo cortó Diago—. Ayer vi una pisada. Hoy dejará algo más.
Norlan se encogió de hombros.
—Pues si deja algo, que sea pan.
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La mañana transcurrió sin incidentes.
El camino se volvió más llano conforme se acercaban a las montañas —paradoja geográfica que Marcus atribuyó a "la erosión selectiva" y Norlan a "un milagro del caballo"—. El animal, por cierto(guiado por su conductor flacucho de un solo diente), había recuperado algo de brío y trotaba con una dignidad que rayaba lo cómico, consciente de que era la única criatura del grupo que no vomitaba ni discutía sobre mapas.
Norlan vomitó solo dos veces en toda la jornada, un récord personal que celebró con un trozo de queso y una danza que imitaba vagamente a un ave zancuda.
—Estoy mejorando —dijo—. Pronto podré viajar sin bolsas.
—Eso es como decir que pronto podré volar —murmuró Marcus—. Es teóricamente posible, pero estadísticamente improbable.
—Deja de leer libros y empieza a creer.
—Creo en los datos.
—¡Los datos también se equivocan!
Diago los dejó discutir. Le gustaba oírlos pelear por tonterías. Le recordaba a cuando eran niños y discutían sobre quién había tirado la piedra que rompió el ventanal de la escuela (había sido Norlan, siempre Norlan, pero él lo negaba con una convicción digna de un embajador).
Al caer la tarde, llegaron a un cruce de caminos.
El mapa —la servilleta— indicaba que debían girar a la izquierda, hacia un valle angosto flanqueado por acantilados rojizos por donde ya no podía pasar en carruaje. Diago notó algo extraño.
Junto al cruce, clavada en un poste de madera, había una nota.
Estaba doblada en cuatro partes, sujeta con una piedra para que el viento no la levara. El papel era grueso, de buena calidad, y en el centro alguien había escrito con letra clara, casi caligráfica:
"El corazón no está en las montañas. Gira a la derecha. Encontrarás la cueva del eco. Allí, está lo que buscas."
Ni firma ni dibujo. Solo esas palabras.
Marcus tomó la nota, la giró entre sus dedos, la olió.
—Papel nuevo. Tinta reciente. Esto lo escribió alguien hace… ¿un día? ¿Dos?
—Alguien que sabe lo que buscamos —dijo Norlan, con la voz temblona—. Alguien que ha estado aquí antes que nosotros.
Diago no dijo nada. Leyó la nota otra vez. Luego otra.
—¿Y si es una trampa? —preguntó Marcus—. ¿Y si alguien quiere desviarnos?
—¿O si es alguien que quiere ayudarnos? —sugirió Norlan, optimista empedernido.
Diago cerró los ojos. Recordó el sueño. La mujer de negro caminando delante de él, siempre unos pasos más allá. La flor de lis brillando en la oscuridad.
—¿Y si es ella? —dijo en voz baja—. ¿La que nos sigue? ¿Por qué nos daría una pista?
—Quizá no le importamos —dijo Marcus—. Quizá solo le importa el diario. O quizá es una trampa, y quiere que vayamos a la cueva para encontrarnos con algo peligroso.
—O algo valioso —insistió Norlan.
Diago volvió a leer la nota. El corazón no está en las montañas.
—La abuela siempre decía que el corazón se encuentra donde menos se espera —murmuró.
—Entonces —dijo Marcus—. ¿Izquierda o derecha?
—Derecha —decidió Diago, guardándose la nota en el bolsillo junto a la hebilla de plata—. Vamos a la cueva del eco.
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La cueva del eco no era una cueva.
Era una hendidura en la pared del acantilado, tan estrecha que apenas cabía una persona, y tan profunda que la luz del sol no llegaba al fondo. Olía a tierra húmeda y a murciélago, y cada paso que daban se multiplicaba en un eco que parecía burlarse de ellos.
—¿Eco? —probó Norlan.
—Eco… eco… eco… —respondió la pared.
—¡Me encanta!
Avanzaron con cuidado. Diago iba primero, con la navaja en la mano y la respiración contenida. Marcus detrás, con el libro cerrado bajo el brazo y los ojos bien abiertos. Norlan el último, con una bolsa de emergencias ya preparada "por si el eco le daba náuseas".
—El eco no da náuseas —susurró Marcus.
—¿Tú has estudiado el efecto del eco en el estómago humano?
—No, pero…
—Pues eso. No sabes.
Fueron adentrándose en la oscuridad. La luz del exterior se fue apagando hasta convertirse en un punto lejano, y tuvieron que encender una linterna de aceite que Marcus había tenido la previsión de empaquetar.
La cueva se ensanchó de repente. Formaba una cámara circular de techo alto, con estalactitas que colgaban como dientes de piedra. Y en el centro…
—Una mesa —dijo Norlan, asombrado.
Una mesa de madera, vieja pero sólida, con cuatro patas y un tablero cubierto de polvo. Sobre la mesa, algo.