Parte 3.
Salieron de la cueva del eco en silencio.
No era un silencio cómodo, de esos que a veces compartían los tres cuando miraban las estrellas o escuchaban el río. Era un silencio pesado, cargado de preguntas que nadie se atrevía a formular.
Norlan caminaba el último, arrastrando los pies y sujetando su mochila con las dos manos como si fuera un niño pequeño al que acababan de regañar. Marcus iba delante de él, con el libro cerrado bajo el brazo y la mirada fija en el suelo. Diago abría la marcha, con la nota del cofre apretada en el puño.
"Perdón, hermano."
La palabra le daba vueltas en la cabeza como un tábano en verano.
Hermano.
Él no tenía hermano. No tenía hermana. Había crecido solo en aquella casa humilde, con su abuela como única familia. Su padre se había ido antes de que él aprendiera a hablar. Su madre había muerto cuando él era apenas un bebé. La abuela siempre le había dicho que no quedaba nadie más.
Entonces, ¿quién me llama hermano?
Acamparon al pie de un peñasco, a media hora de la cueva. Nadie tuvo hambre. Norlan ni siquiera mencionó las bolsas de emergencias. Marcus dejó el libro dentro de la mochila, sin abrirlo. Diago se sentó aparte, con la espalda apoyada en la roca, y miró el fuego que no se habían molestado en encender.
—No podemos quedarnos aquí paralizados —dijo Marcus al fin, rompiendo el silencio—. Tenemos que decidir qué hacemos.
—¿Qué podemos hacer? —respondió Norlan, con una voz que no era la suya—. Nos han engañado. El diario no está. Hemos viajado días para encontrarnos con un papel que dice "perdón, hermano". Eso es todo. Un papel.
—No es solo un papel —intervino Diago, sin dejar de mirar las sombras—. Es una pista. Alguien nos está siguiendo. Alguien que sabe quiénes somos. Alguien que quizá también conoce a mi padre.
—¿Y eso qué importa? —preguntó Norlan, con un deje de amargura que Diago nunca le había oído—. Tu padre te abandonó. A ti, a tu abuela... ¿Por qué iba a importar lo que supiera alguien que se parece a él?
El golpe fue certero. Diago sintió las palabras de Norlan como una bofetada.
—Porque… —empezó, pero no supo cómo terminar.
Marcus se sentó a su lado.
—Diago —dijo, en voz baja, sin la ironía de siempre—. ¿Qué no nos estás contando?
Diago suspiró. Sacó la hebilla de plata del bolsillo y la sostuvo frente a la tenue luz de la luna creciente. La flor de lis brilló débilmente.
—Mi abuela me cantaba una canción cuando era niño. "Duerme, mi niño, que el viento trae historias de tierras lejanas…"
Marcus abrió los ojos.
—¿La cantaba solo tu abuela?
—Eso creía. Hasta aquella noche.
El silencio se hizo más denso, más pesado.
—Crees que quien nos sigue es verdaderamente tu hermana —dijo Marcus, sin preguntar, afirmando.
—No lo sé —respondió Diago—. Pero esa canción no la conoce cualquiera.
Norlan se levantó de golpe.
—Entonces tenemos que encontrarla. Ir tras ella. Preguntarle quién es y por qué nos ha engañado.
—¿Y si es peligrosa? —preguntó Marcus.
—¿Y si no? —respondió Norlan—. ¿Y si es la única que puede decirnos dónde está tu padre?
Diago alzó la vista. Sus ojos claros brillaron con algo que no era rabia ni tristeza. Era determinación.
—Mañana al amanecer seguimos el rastro —dijo—. Dejó pisadas. Dejó esa nota. Dejó la hebilla. Quiere que la encontremos. Quiere que la sigamos.
—¿O quiere llevarnos a otra trampa? —dijo Marcus.
—Puede. Pero es lo único que tenemos.
Norlan asintió con energía.
—Entonces mañana, a primera hora, la cazamos.
—No la cazamos —corrigió Diago, con una sonrisa triste—. La encontramos. Y le pedimos explicaciones.
—Y si no quiere darlas…
—Entonces la convenceremos.
Marcus abrió la mochila y sacó la lupa.
—Bien. Haremos como en los libros. Seguiremos las pistas, como sabuesos. Pero sabuesos con poca comida y peor humor.
—Nuestro estilo —dijo Norlan, y por primera vez en horas, esbozó una sonrisa.
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Durmieron poco y mal, pero amanecieron con un propósito renovado.
Diago inspeccionó el terreno alrededor del campamento. Encontró más pisadas. Siempre del mismo pie, siempre de la misma bota fina, siempre alejándose hacia el norte, hacia el corazón de las montañas.
—Va hacia las tres cumbres —dijo, señalando los picos que se alzaban en el horizonte—. Hacia el lugar del mapa.
—¿El que ella misma dijo que era falso? —preguntó Marcus con escepticismo.
—Quizá nos mintió para despistarnos. O quizá nos mintió dos veces, diciéndonos que era falso cuando en realidad es verdadero. O quizá…
—Me duele la cabeza —lo interrumpió Norlan—. Vamos a donde tengamos que ir, pero vamos ya.
Regresaron a donde habían dejado el carruaje, Ensillaron al caballo, sin pensar dónde estría su dueño. Norlan subió al carruaje con las bolsas de emergencias bien sujetas y una expresión de estoica resignación y continuaron el camino, esta vez hacia las Tres colinas.
Marcus iba conduciendo.
—Hoy solo llevo tres —dijo Norlan, mostrando el arsenal—. He racionado.
—Eres un héroe moderno —dijo Marcus.
—Lo sé.
El camino se volvió más empinado a medida que se acercaban a las montañas. Los árboles desaparecieron, sustituidos por matorrales rastreros y rocas grises cubiertas de líquenes. El aire se enfrió. El cielo se tiñó de un azul tan intenso que parecía falso.
Al caer la tarde, encontraron otra nota.
Estaba clavada en un arbusto seco, en un sobre de papel grueso, con el nombre de Diago escrito en la parte delantera.
"Para Diago James."
Diago rasgó el sobre con manos temblorosas. Dentro, una carta breve, escrita con la misma letra caligráfica.
"Diago:
Sé que me sigues. Sé que tienes preguntas. No puedo respondértelas todas todavía, pero mereces saber la verdad.
Tu padre está vivo. Yo lo vi hace dos meses. Está viejo y enfermo, pero sigue viajando.