La montaña del medio no parecía tener intención de facilitarles la vida.
Se llamaba, según descubrió Marcus en uno de sus libros, Pico Suspiro. El nombre no era poético: los antiguos viajeros que intentaban coronarlo solían quedarse sin aliento a medio camino y tenían que volverse, exhalando un suspiro de derrota. De ahí el nombre.
—Historias maravillosas —comentó Norlan, mirando la ladera empinada que tenían por delante—. Me hacen sentir muy optimista.
—Tú siempre estás optimista —dijo Marcus, acomodándose la mochila—. Es una enfermedad.
—Es un don.
Diago no participó en la discusión. Tenía los ojos fijos en la cima, donde una pequeña mancha oscura —quizá una roca, quizá una construcción, quizá nada— se distinguía contra el cielo despejado.
Allí arriba está ella, pensó. Allí arriba están las respuestas.
El caballo no pudo seguir.
Fue una decisión difícil, pero necesaria. El camino se volvió tan empinado que el pobre animal resbalaba a cada paso con su carruaje, y sus ronquidos de esfuerzo se parecían peligrosamente a los de una criatura al borde del colapso.
—No podemos obligarlo —dijo Marcus, acariciando el cuello del caballo con una ternura que Diago no le conocía—. Se va a matar.
—¿Y qué hacemos con él? —preguntó Norlan—. ¿Lo atamos a un árbol y esperamos que no se lo coman los lobos?
—No hay lobos en esta región —informó Marcus—. Hay zorros, jabalíes y una especie rara de hurón, pero lobos…
—¡Era una expresión! —protestó Norlan.
Decidieron desatar al caballo al que ya le habían puesto por nombre, Valiente, en un claro protegido, con suficiente agua y hierba, y continuaron a pie. Norlan se despidió del caballo como si fuera un familiar querido.
Valiente movió la oreja izquierda, que era su forma de decir "suéltame de una vez, pesado".
Emprendieron la ascensión con las primeras luces del alba.
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El primer tramo fue engañosamente fácil.
La ladera era inclinada pero transitable, con un sendero marcado por viajeros anteriores. Había restos de fogatas, latas oxidadas y, en un par de ocasiones, zapatos viejos colgados de las ramas.
—¿Para qué cuelgan zapatos en las ramas? —preguntó Norlan.
—Es una tradición de montañeros —explicó Marcus—. Cuelgan las botas viejas cuando compran unas nuevas.
—Para que los pájaros aniden en ellos —añadió Diago, más prosaico.
—También.
A media mañana, el sendero se volvió más angosto y escarpado. Aparecieron las piedras sueltas, las raíces traicioneras y, para desgracia de Norlan, la sensación de que el suelo se movía bajo sus pies.
—Me va a pasar —anunció Norlan, palideciendo.
—¿Otra vez? —preguntó Diago—. ¿Te puedes marear caminando?
—¡Mi estómago no entiende de medios de transporte! Si el suelo se mueve, yo me mareo.
—El suelo no se mueve —dijo Marcus—. Son tus piernas las que se mueven sobre el suelo.
—¡Eso es lo mismo pero con más palabras!
Diago aprovechó para consultar el mapa.
El mapa —la servilleta— no detallaba el Pico Suspiro. Pero Diago había desarrollado algo durante el viaje: un instinto. Sabía hacia dónde girar, qué piedra evitar, qué grieta podía ser un atajo.
—Por aquí —dijo, señalando un desvío que se internaba entre dos formaciones rocosas.
—¿Estás seguro? —preguntó Marcus, escéptico.
—No. Pero es lo que siento.
Norlan guardó la bolsa de emergencias sin usar —pequeño milagro— y lo siguió sin dudar.
—Si Diago lo dice, yo voy.
Marcus suspiró y fue detrás.
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El desvío era más duro pero más corto. Lo supieron porque, al cabo de una hora, se encontraron mirando un abismo.
Había un puente.
O lo que quedaba de un puente.
Tres tablones de madera podrida suspendidos sobre una grieta de unos veinte metros de profundidad. Al fondo, un arroyo apenas visible serpenteaba entre las rocas.
—Eso no es un puente —dijo Marcus—. Es un suicidio con vistas.
Diago se acercó al borde del abismo y probó el primer tablón con la punta del pie. Crujió, pero se mantuvo firme. Probó el segundo. Crujió más alto, pero aguantó. El tercero…
El tercero se partió por la mitad al menor contacto.
—Ya no son tres tablones —dijo Diago—. Son dos y medio.
—La mitad del tercero está colgando —apuntó Marcus—. Podríamos saltar.
—Podríamos saltar y caernos —dijo Norlan—. También podríamos volver por donde vinimos.
—Eso añadiría medio día —calculó Marcus.
Diago miró el abismo. Miró la grieta. Calculó distancias.
—Voy yo primero —dijo—. Si no me caigo, van ustedes. Si me caigo… bueno, ya saben.
—¿Saber qué? —preguntó Norlan, aterrorizado.
—Que me lloren con dignidad. Y que se queden con mi ración de pan.
Diago dio el primer paso.
El tablón crujió.
El segundo paso.
El tercer paso, ya sobre la mitad del tablón roto, fue un salto más que un paso. Diago voló por el aire un segundo eterno, con los brazos extendidos como un ave torpe, y cayó del otro lado con las rodillas temblorosas.
—¡Viva! —gritó Norlan.
—Bajo promedio —calificó Marcus—. Pero suficiente.
Le tocó a Norlan.
Norlan se acercó al borde, palideció, respiró hondo, y se acordó de que había dejado las bolsas de emergencias en la mochila.
Saltó.
Lo hizo mal, con los brazos agitándose como aspas de molino, y aterrizó de rodillas a un metro de Diago, pero aterrizó. La mochila se le abrió y las bolsas de emergencias rodaron por el suelo como frutas maduras.
—He llegado —dijo Norlan sintiendo el miedo en sus palabras—. ¿Hay aplausos?
—No —dijo Marcus desde el otro lado—. Espera a que pase yo.
Marcus fue el más elegante. No saltó: caminó sobre los dos tablones con una calma irritante, pisó la mitad del tercero con la punta del pie, y se impulsó justo lo necesario para caer suavemente junto a sus amigos.
—Leído en un libro —dijo, sacudiéndose el polvo de los pantalones.