Corazón De Viajeros

Capítulo 12: La cima, la luna y una hermana.

Llegaron cuando la luna asomaba tras el pico oriental, enorme y anaranjada como un faro encendido en medio de la noche.

La cima del Pico Suspiro era una meseta plana, apenas del tamaño de una habitación pequeña, cubierta de hierba rara y rodeada de precipicios que se perdían en la oscuridad. El viento soplaba fuerte, helado, trayendo consigo el olor a roca mojada y a algo más: a leña quemada, a té recién hecho.

—Hay alguien aquí —susurró Norlan, agarrando instintivamente su bolsa de emergencias.

En medio de la meseta, junto a una pequeña fogata que parpadeaba protegida por un círculo de piedras, había una figura sentada.

Una mujer.

Vestía su capa negra que le cubría los hombros, pero ahora tenía la capucha baja, dejando ver su rostro a la luz danzante del fuego, su pelo castaño oscuro, recogido en una trenza desordenada. Rostro delgado, de facciones suaves pero con una dureza en los ojos que delataba una vida no fácil. Tendría veintiún años. Y cuando levantó la mirada hacia ellos, Diago sintió que el mundo se detenía.

Sus ojos eran como los suyos. Claros. De ese mismo azul grisáceo que había heredado de su padre.

—Hola, Diago —dijo ella, con una voz que combinaba la calma de quien ha esperado mucho tiempo y la emoción contenida de quien está a punto de romper—. He estado esperándote.

Diago no pudo hablar.

Se quedó paralizado a tres metros de la fogata, con la linterna temblando en la mano y el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado. Norlan y Marcus se detuvieron detrás de él, en silencio, expectantes.

—Tú eres… —empezó Diago, pero la voz le falló.

—Sofía —completó ella—. Tu hermana.

La palabra cayó en el silencio de la cima como una piedra en un estanque. Se expandió. Llenó todos los rincones. Diago sintió que le faltaba el suelo de repente, aunque sabía que estaba pisando tierra firme.

—No tengo hermana —dijo, y fue más una pregunta que una afirmación.

—La tenías. Solo que no lo sabías.

Sofía se puso de pie lentamente. Era más alta que él, o quizá era la impresión que daba su porte erguido, la seguridad de quien ha viajado sola y ha aprendido a no depender de nadie. Dio un paso hacia él.

—Nuestro padre… Bilton James… me tuvo a mí después. Con una mujer que vivía en la costa, al sur. Viajaba mucho, ya sabes cómo era. O cómo es. Sigue vivo. Sigue viajando.

—Lo sé —consiguió decir Diago—. Lo leí en tu carta.

—Bilton me llevó con él cuando yo tenía siete años. Me enseñó a leer mapas, a orientarme por las estrellas, a sobrevivir en la intemperie. Pero un día se fue sin más. Quizás no quería exponerme a más peligros...

Diago sintió un nudo en la garganta.

—Yo —dijo Diago—. Solo recuerdo su nombre. Y las historias que mi abuela me contaba.

—Nuestra abuela.

—Sí. Nuestra.

El viento sopló más fuerte, avivando la fogata. Las chispas subieron al cielo estrellado como pequeñas estrellas fugaces.

Norlan, que había estado conteniendo la respiración, exhaló ruidosamente.

—Bueno —dijo, con la voz un poco quebrada—. Esto es mucho más emotivo de lo que esperaba.

Marcus le dio un codazo.

—Déjalos hablar.

Sofía sonrió. Era una sonrisa pequeña, apenas un esbozo, pero transformaba su rostro. Perdía esa dureza de viajera solitaria y se volvía… humana. Cercana.

—Tengo algo de comida en mi mochila —dijo, señalando un hatillo de cuero apoyado contra una roca—. Pan duro, queso curado y una bota de vino que robé —corrigió—, que encontré en una taberna.

—Robaste vino —dijo Norlan, con admiración.

—Lo necesitaba para el frío.

—Yo también necesito vino para el frío. Y para el calor. Y para los martes.

Marcus puso los ojos en blanco, pero esta vez con cariño.

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Se sentaron alrededor de la fogata.

Sofía repartió el pan y el queso, y la bota de vino fue circulando de mano en mano. Norlan le dio un sorbo y tosió como si se hubiera tragado un sapo. Marcus bebió con moderación y asintió, aprobando la calidad. Diago apenas probó. Tenía demasiadas preguntas quemándole la lengua.

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Habían comido en silencio los primeros minutos. Norlan y Marcus se habían apartado discretamente hacia el borde del precipicio, fingiendo interés en las estrellas para dejar solos a los hermanos. Sofía y Diago se miraban de reojo, aún sin creerse del todo el uno al otro.

Fue Sofía quien rompió el silencio.

—Necesito explicarte lo de la cueva —dijo, con la voz grave, como quien va a confesar algo que le pesa—. Lo de la pista falsa. Y cómo encontré el diario.

Diago la miró fijamente. No había rabia en sus ojos. Solo curiosidad y un resto de desconfianza.

—Te escucho.

—Sé que te hice perder un día entero. Quizá dos. Sé que te llevé a una cueva vacía, a un cofre vacío, a una nota que decía "perdón, hermano". Y sé que estuvo mal.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Diago, sin acritud.

—Porque necesitaba saber cómo reaccionarías —respondió ella, mirándolo directamente a los ojos—. No solo si eras valiente o listo. Sino si eras de los que se rinden cuando las cosas no salen como esperan.

Diago arqueó una ceja.

—¿Y qué conclusión sacaste?

Sofía sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi de disculpa.

—Que no te rindes. Que te enfadas, que dudas, que te asustas. Pero no te rindes. Seguiste caminando. Eso… eso es lo que nuestro padre nunca supo hacer.

El nombre de Bilton quedó flotando en el aire.

—Nuestro padre se rendía —continuó Sofía, con un tono más bajo—. Cada vez que algo se torcía, cada vez que un mapa le fallaba o un camino se cerraba, se iba. No volvía a casa a intentarlo de otra manera. Se iba más lejos. Creo que por eso nos abandonó. Porque ser padre era demasiado difícil, y él no sabía cómo arreglarlo. Así que huyó.

Diago sintió un nudo en la garganta.

—Yo necesitaba saber —prosiguió Sofía— si tú eras igual. Porque si lo eras… si te rendías en la primera pista falsa… entonces no merecías el diario. Ni conocerlo a él. Ni conocerme a mí.




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