Amaneció con un sol tímido que se asomaba entre las nubes como si no terminara de decidirse a salir.
Diago despertó envuelto en la manta de Sofía —ella se la había prestado sin que él se diera cuenta, cubriéndolo mientras dormía—. Tenía el diario de su padre apretado contra el pecho, como si temiera que fuera a escaparse en sueños.
A su alrededor, el campamento en la cima del Pico Suspiro era un desorden controlado. Norlan roncaba junto a las brasas apagadas de la fogata, abrazado a su mochila. Marcus estaba ya despierto, sentado en una roca, leyendo uno de sus libros a la luz tenue del amanecer. Sofía no estaba.
Diago se incorporó de golpe.
—Tranquilo —dijo Marcus sin levantar la vista del libro—. Salió a estirar las piernas. Dijo que quería ver el sol salir desde el borde este. No se ha ido.
—No pensé que se hubiera ido —mintió Diago.
—Mientes mal. Es un defecto que tienes.
Diago se frotó los ojos. El sueño aún le pesaba en los párpados, pero había algo más: una sensación extraña, como si la realidad hubiera cambiado mientras dormía. Tenía una hermana. Un diario. Un padre que quizá seguía vivo en algún rincón del mapa.
—¿Has leído algo interesante? —preguntó, señalando el libro de Marcus.
—Sobre el norte. La región a la que vamos se llama El Valle de las Nieves Eternas. No es que nieve todo el año, sino que el nombre es poético. O eso dice el autor.
—¿Y tú qué crees?
—Creo que los nombres poéticos suelen esconder lugares horribles. Cala del Paraíso es un peñasco lleno de medusas. Monte de la Esperanza es un volcán activo. Y ese valle seguramente está lleno de osos o de bandidos o de osos bandidos.
—Eres un optimista, Marcus.
—Soy un realista. Los optimistas se mueren jóvenes. Los realistas se mueren viejos y aburridos.
Diago sonrió. Se levantó, estiró los brazos y se acercó al borde de la meseta. El valle se extendía abajo, verde y dorado, con el río que habían seguido durante días serpenteando entre las colinas como una cinta de plata. Al norte, más allá de otras cordilleras, se adivinaba una mancha blanca en el horizonte.
—¿Eso es nieve? —preguntó.
—A esta distancia es imposible saberlo —dijo Marcus, que se había acercado sin hacer ruido—. Podría ser nieve. O una nube baja. O un gigante albino durmiendo boca arriba.
—Cada día me preocupas más.
—Es parte de mi encanto.
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Sofía regresó media hora después, con el pelo suelto y húmedo de rocío, las mejillas sonrosadas por el frío del amanecer. Traía una rama de romero silvestre en la mano.
—Es para darle sabor a la comida —dijo, arrojándosela a Norlan, que acababa de despertarse y la recibió en la cara—. Buenos días, hermanito.
Norlan escupió hojas.
—No soy tu hermanito. Soy Norlan. El amigo gordito que se marea.
—Ya lo sé. Por eso te he traído romero. Dicen que calma el estómago.
—¿Quién lo dice?
—Yo. Ahora.
Norlan olisqueó la rama con desconfianza, pero la guardó en su mochila junto a las bolsas de emergencias.
—Gracias —gruñó, con una ternura mal disimulada.
Desayunaron las sobras de la noche anterior: pan duro mojado en agua tibia, queso pasado y unos frutos secos que Sofía había guardado en un frasco de vidrio.
—Hoy empezamos el descenso —anunció Sofía, extendiendo el pergamino sobre una piedra plana—. Bajaremos por la cara norte del Pico Suspiro. Es más empinada, pero nos ahorra dos días de camino.
—¿Empinada, empinada? —preguntó Norlan, palideciendo.
—Empinada como la frente de Marcus —dijo Sofía, y Diago soltó una carcajada.
—No tengo la frente empinada —protestó Marcus.
—La tienes un poco inclinada hacia atrás —confirmó Norlan, vengándose del romero.
—Es la forma de mi cráneo, no es una cuestión de…
—Andando —cortó Diago, enrollando el pergamino—. Hablamos de frentes en el camino.
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El descenso fue tan duro como Sofía había anunciado.
La cara norte del Pico Suspiro era una sucesión de terrazas rocosas, cada una con un desnivel de un par de metros, que obligaba a saltar o a deslizarse por pequeñas rampas de piedra suelta. Norlan sudaba a chorros. Marcus resbaló dos veces y se salvó de milagro de caer al vacío agarrándose a un arbusto. Diago iba en medio, con el diario de su padre bien sujeto dentro de la camisa, rozándole el pecho como un segundo latido.
Sofía iba delante, ágil como una cabra montés, señalando los peligros antes de que ellos los vieran.
—Ahí hay una piedra suelta. Ahí una raíz traicionera. Ahí una víbora.
—¿Una víbora? —gritó Norlan, saltando hacia atrás.
—Estaba bromeando.
—¡NO ES GRACIOSO!
—Para mí sí.
Diago sonrió. A pesar del cansancio, a pesar del miedo, a pesar de las agujetas que empezaban a formarse en sus piernas, sonreía. Tenía una hermana que bromeaba con víboras. Tenía dos amigos que lo seguían a ninguna parte sin pedir explicaciones. Tenía el diario de su padre.
No estaba seguro de encontrar a Bilton James al final del camino. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que el camino ya valía la pena por sí mismo.
A media tarde, alcanzaron un collado donde el viento soplaba menos y había un pequeño manantial. Aprovecharon para beber agua, lavarse la cara y descansar un rato.
Sofía se acercó a Diago mientras Marcus repartía las últimas provisiones.
—¿Estás bien? —preguntó, en voz baja.
—Sí —respondió él—. Cansado, pero bien.
—Me refiero a lo de nuestro padre. A tener una hermana de repente. A todo.
Diago guardó silencio un momento.
—Extraño —admitió, al fin—. Pero no mal extraño. Extraño como cuando aprendes una palabra nueva y de repente la ves en todas partes. Como si siempre hubiera estado ahí y yo no la hubiera visto.
Sofía asintió.
—Esa es una buena forma de decirlo.
—Mi abuela decía que las familias no se construyen solo con sangre. Que también se construyen con caminos compartidos.