Corazón feroz

Capítulo 1. Agatha

Capítulo 1. Agatha

—Vive allí, detrás de la colina, al doblar lo verá enseguida —me indicó una mujer bajita y regordeta, meciendo a un niño pequeño a su lado. A sus espaldas se alzaba una casita blanca y pulcra con puertas y contraventanas pintadas, murmuraba un jardín cuidado y ordenado, y unos macizos de flores exuberantes deleitaban la vista con sus coloridos retazos. Toda ella era tan pulcra y limpiecita, como si hubiera salido de una estampa pastoral. Y el pueblecito entero resultaba en cierto modo festivo y acogedor.

El niño, regordete y de mejillas sonrosadas, me miraba con curiosidad, chupándose el pulgar y dando saltitos al compás de los movimientos de su madre, lo que hacía que un largo moco que asomaba de su nariz amenazara con gotear directamente sobre el delantal blanco e impoluto de la mujer.

—Pero no vaya a verle ahora, mejor vaya por la tarde, cuando el sol se pone, entonces se vuelve más amable.

—¿Por qué? —pregunté intrigada.

Nunca había oído que el humor de una persona cambiara según el momento del día.

—Tal vez porque en la oscuridad no se le ve la cara. Aunque siempre va encapuchado. Y casi nunca enciende la luz. De los espejos ni hablemos. Y el castillo a las afueras, ya lo verá. Antes era hermoso, luminoso, allí se celebraban bailes, recepciones, y ahora... —la mujer hizo un gesto de desolación con la mano, y el moco de la nariz del pequeño por fin se estampó contra su pecho.

—¡Muchas gracias! —dije, agarré mi pesada maleta y me puse en marcha por el camino hacia la colina indicada.

Llegué a la pequeña ciudad de Krapitas, olvidada tanto por los buenos como por los malos demonios, hoy a mediodía, cuando el sol estaba casi en el cénit y hacía un calor sofocante. El anciano jefe de estación abrió la boca de par en par y dejó caer su disco blanco, golpeado por el tiempo y el óxido, con el que daba paso al tren, al ver que se detenía y una pasajera bajaba al andén. Era una estación «por petición», los trenes casi nunca paraban aquí. En la capital ni siquiera querían venderme el billete, pues no encontraron el nombre de la ciudad de Krapitas en la lista de paradas. Tuve que discutir larga y tediosamente, llamar al jefe de estación, quien, tras largas comprobaciones con un empleado mayor y respetable, por fin autorizó que me expidieran el billete. Como resultado, el tren con servicio «por petición» se marchó apenas unos minutos antes de que yo consiguiera el documento de viaje. Por eso tuve que esperar hasta altas horas de la noche, cuando salía el siguiente. Y hete aquí que ahora, tras llegar por fin a esta remota y perdida región, estaba terriblemente cansada, hambrienta, enfadada, privada de sueño, y además había roto un tacón al pisar un enorme bache en el andén, de los cuales había una infinidad. Ahora cojeaba como un pato, balanceándome de un lado a otro. ¡No podía ir descalza! Aunque esa idea acudía a mí cada vez con más frecuencia.

Apretando los dientes y maldiciendo todo en el mundo, en especial al motivo de mi llegada, el *net* Luminai, rodeé la colina y vi, por fin, el castillo.

La maleta se me cayó de las manos y me quedé petrificada, hechizada por la sorpresa. ¡Era increíble!

El castillo se alzaba sobre una eminencia, rodeado por todos lados por un foso bastante profundo; hacia las altas puertas en forma de arco conducía un ancho puente colgante de madera, que ahora estaba bajado. Frente al foso se divisaban incluso los restos semiderruidos de una barbacana*. Una alta muralla de piedra con cuatro torres ceñía el castillo por todos sus flancos, y las aspilleras, con sus estrechas aberturas negras, me recordaban a los nidos de aves estrafalarias. Se le podía llamar incluso fortaleza. Pues sus sólidas y bien conservadas fortificaciones permitirían incluso ahora, cuando Sterantion lleva mucho tiempo sin librar ninguna guerra con nadie, mantener una buena y exitosa defensa.

Más allá, tras las murallas, se erguían numerosas torres altas (conté doce, luego me perdí, volví a contar y resultaron ser trece), que eran increíblemente esbeltas y afiladas. El castillo me recordaba a los palacios quiméricos de las hadas mágicas, sobre los que a menudo nos leía por las noches en nuestra infancia la segunda niñera de guardia, Zofra, cuando estaba de buen humor.

Agarrando la maleta, como hechizada, eché a andar por el camino hacia el castillo, admirando su belleza elegante y misteriosa.

—¡Fuera del camino! —escuché una voz masculina, fuerte y enfadada.

Casi al instante pasó volando a mi lado un jinete sobre un alto caballo negro, rozándome apenas con su flanco caliente. Incluso sentí la brisa acariciando mi mejilla: el estribo de la silla pasó a una distancia peligrosa de mi cabeza. Me asusté, me aparté bruscamente, pisé mal con el pie cuyo zapato no tenía tacón y caí de lado en el camino, dentro de un enorme, profundo y sucio charco que, al parecer, no se secaba allí nunca, y que tras la lluvia de ayer se había llenado de un lodazal verde y fangoso.

El jinete del caballo ni siquiera miró atrás. Su montura salvó rápidamente la distancia hasta el puente del castillo, retumbó sobre el entarimado de madera y se adentró por las puertas abiertas de la fortaleza. Lo seguí con una mirada envidiosa; a mí todavía me quedaba andar y andar toda esa distancia.

Toda empapada, cubierta de barro apestoso, salí del charco y, para empezar, me puse en pie y solté con ganas un buen repertorio de maldiciones, todas las palabrotas que me sabía (¡y en mi reserva, tras diez años de estancia en el orfanato de Santa Gertrudis, había muchísimas!), y luego, limpiándome a duras penas con el dobladillo de mi vestido, volví a arrastrarme por el camino hacia el castillo. Ahora, además de cojear como un pato sin un tacón, el agua pestilente chapoteaba en mis zapatos. En cambio (¡ja, ja!), ya no hacía tanto calor, pues estaba empapada de pies a cabeza. ¿Qué se le va a hacer? En algo malo siempre se puede encontrar algo bueno...



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En el texto hay: amor y odio, rey cruel, siente_el_amor

Editado: 17.06.2026

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