Corazón feroz

Capítulo 2. Oscar

Capítulo 2. Oscar

Me irritaba increíblemente este hombre, me daban ganas de agarrar ese maldito predictor y metérselo directamente en su desdentada boca, que cotorreaba sin callar ni un instante. Apenas me contenía, sintiendo que las manos ya me temblaban y se cerraban en puños, mientras un velo rojo me nublaba la vista.

—Y si abre la tapita justo por aquí, net Luminai, verá una pequeña muesca. Todos consideran que esta muesca es un defecto y una astilladura, pero no es así en absoluto, se lo aseguro. Porque aquí debería ir una cuerdecita muy fina, casi como un cabello, que pone en marcha todo el mecanismo. En realidad, casi nunca se rompe, porque está hecha de un material especial, y además reforzada mágicamente. Pero todo puede pasar, ya veo que su predictor se ha caído, así que podría ser que las piezas de dentro se hayan torcido en alguna parte, y esta cuerdecita...

—¿Lo va a arreglar o no? —interrumpí su interminable monólogo, sintiendo que en unos segundos más el artefactor abandonaría este mundo con una enorme brecha en su cabeza calva y brillante.

—Bueno, cómo decirle —alargó el hombre, sin mirarme en absoluto y sin sospechar que se encontraba a un paso de la muerte—. Esas piezas hace mucho que no se fabrican. Los materiales exclusivos hay que comprarlos en la capital. Si lo encargamos ahora, la espera puede ser de medio año o un año, porque entre que lo encuentran, lo sintonizan con las corrientes de nuestro lugar y lo envían... Un verdadero artefactor, por supuesto, lo haría rápido, pero todos ellos, ya sabe, trabajan en la capital.

—Lo entiendo —exprimí de mí mismo, agarré el predictor del mostrador y salí rápidamente de esa maldita oficina.

Viento, que me esperaba atado junto a la valla, resopló, mirándome de reojo con su negro y brillante ojo. Me quedé un rato a su lado, acariciando su flanco lustroso y tranquilizándome.

Necesitaba a un artefactor como el agua, porque las herramientas se rompían en el momento más inesperado y las cosas que necesitaba quedaban inservibles. ¡En cuanto empezaba a pensar que ya veía el final de mi trabajo, todo se iba al garete, porque fallaba alguno de los primeros elementos y había que, los demonios se lo lleven, empezar todo desde el principio!

Bernis, a quien había acudido hacía como un mes, prometió interceder, preguntar entre sus conocidos, pero no garantizaba nada.

—Ya entiendes, Oscar, que esos especialistas valen su peso en oro. A los verdaderos artefactores se los puede contar con los dedos de la mano. Y es poco probable que alguien quiera ir a un rincón tan perdido como tu Krapitas.

—¡Pagaré el doble! —gruñí, sintiendo cómo la desesperación me envolvía con una niebla negra.

—Ellos ya de por sí no pasan apuros allá. La capital es la capital. Pero intentaré pensar en algo —dijo Bernis y desapareció primero, porque probablemente no quería escuchar mis maldiciones, que ya se escapaban de mis labios.

Después de aquello me quedé mirando un largo rato la esfera de comunicación, viendo en ella tan solo mi rostro lleno de cicatrices, deformado por su forma esférica y desdibujado en el cristal, y pensaba que debía acabar con todo aquello. «Oscar —me dije a mí mismo—, ¿a quién quieres engañar? No vas a conseguir nada. ¡Te das de cabezazos contra la pared y todo es en vano! Tu destino es vivir hasta el tiempo que se te ha asignado y expirar en este lugar olvidado por todos los dioses». Y quedaba poco tiempo. Casi nada. Si no encuentro a un artefactor, la muerte es inminente. Y así podría discutir un poco más con el destino. Como dicen, la esperanza es lo último que se pierde. Yo moriré justo después de su muerte.

Metí el predictor roto en la alforja junto a la silla, desaté al caballo y salté a la montura. El caballo presintió mi estado de ánimo y arrancó hacia adelante por el camino, a un galope que me hacía silbar los oídos. La capucha que llevaba en la cabeza salió volando, pero no me la coloqué, estaba demasiado irritado y furioso. Me daba igual cómo cotillearían luego los chismosos sobre mi fisonomía desfigurada, qué epítetos y metáforas usarían, cómo negarían con la cabeza con fingida compasión y chasquearían la lengua. Ya me había acostumbrado. Casi.

A veces recuerdo aquellos tiempos en los que, lleno de belleza y grandeza, podía ordenar que se hiciera cualquier cosa que se me antojara; con un solo movimiento de mi ceja castigaba o perdonaba, con una sola mirada podía hacer feliz a alguien o ahogarlo en la desgracia. ¿Me arrepentía de aquello? No lo sé. Probablemente no. Algo en mi alma se había quebrado definitiva y permanentemente, e incluso si ahora todo volviera atrás, yo no sería el mismo de entonces. El vacío y la oscuridad se habían apoderado de mi corazón para siempre. No me convertí simplemente en el canalla común, incluso un poco perezoso, que era entonces, me convertí en un canalla cruel y cínico, en una escoria que había comprendido su lugar, al igual que un perro comprende su lugar en la caseta y vuelve allí, apaleado por su amo.

El velo rojo que me nublaba los ojos se disipó un poco, pero la rabia, la irritación contra el mundo entero no me abandonaban; eran mis buenos amigos desde hacía muchos años, descansando como cicatrices sobre mi corazón, semejantes a las marcas que ahora adornaban mi rostro, antaño hermoso.

Viento volaba como el viento, siempre comparo así el galope de mi caballo, al que amaba más que a todas las personas juntas. Acaso también amaba así a Héctor, porque él no me traicionará, no me abandonará, como siempre hace la gente. Todos sin excepción. No conocía a personas que no hubieran cedido en algo en la vida, siempre se las podía sobornar, intimidar, obligar... Todos llevan dentro la semilla de la traición y el engaño, todos mienten, fingen, aceptan compromisos dudosos, teniendo para ello un montón de excusas.



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En el texto hay: amor y odio, rey cruel, siente_el_amor

Editado: 25.06.2026

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