Capítulo 4. Oscar
Me puse en contacto con Bernis tan pronto como entré en mi habitación. A la mujer que cayó justo a mis pies la atrapé en el último momento, ya casi rozando el suelo. Era ligera como una pluma. La llevé a mi habitación y la acosté en la cama. Diablos, ¿qué hago con ella? Mi cocinera Dafne estaba justo en la ciudad, hoy es día de mercado, y se había llevado a sus dos ayudantes de compras. Y no había más mujeres en el castillo. Solté un bufido y empecé a contactar a mi amigo.
—Bernis, maldita sea, ¿te estás burlando de mí? ¿Qué es este malentendido que me has enviado? —escupí veneno mientras caminaba furioso por la habitación.
¡Simplemente no podía quedarme quieto de la rabia y la desesperación! ¡Todo estaba perdido!
—Ha llegado una chiquilla desaliñada, sucia y asustada. Se cayó justo en el umbral. ¿Y esta es una verdadera artefactora? —le reclamaba a Bernis, que estaba sentado en silencio en su oficina de la capital (en la esfera de comunicación parecía aún más gordo y bigotudo) esperando a que se me pasara el berrinche.
Estaba furioso como una fiera. Al oír las palabras de la mujer diciendo que venía de parte de Bernis, al principio pensé que era una broma torpe y cruel. Útimamente, este tipo de bromas ocurrían a menudo en mi vida. Las burlas, las humillaciones, las punzadas de escarnio: todo eso se había convertido en parte de la realidad en la que empecé a vivir hace unos años. ¿Tal vez alguien se había enterado de mis planes maniáticos y de esta manera quería perjudicarme? Pero de eso solo lo sabíamos Bernis, Inga y yo. Si no confío en las personas que no me dieron la espalda en el momento de mi caída más baja, que me salvaron y me apoyaron, ¿entonces en quién? ¡Entonces ya podría meterme directamente la soga al cuello! Quizás lo hicieron por algún interés propio, pero no dejaron que muriera como un perro cuando estaba a un pelo de la muerte.
—Oscar, cálmate —hizo una mueca Bernis—. Es una de las mejores verdaderas. Discípula del mismísimo Evrard. Ya entiendes que ninguno de los maestros conocidos irá a tu rincón perdido. ¡Y yo (y tú también) tuvimos mucha suerte de que la chica aceptara ir a tu Krapitas! Tiene algunos problemas personales y buscaba trabajo fuera de la capital.
—¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! —no contuve mis emociones—. ¡En lugar de ocuparme de mis asuntos, tendré que hacer de niñera aquí! ¡Es solo una niña, que un demonio te coma el hígado!
—Es mitad feérica, Oscar, todos ellos tienen un aspecto juvenil —me tranquilizaba Bernis—. El maestro Evrard hablaba muy bien de ella. Al menos, es todo lo que pude encontrar en la capital. ¡No habrá nada más! ¡Adiós, Oscar!
Bernis guardó silencio un momento, sin apagar la esfera, y luego añadió de repente:
—Y, amigo mío, un consejo: reprime un poco tu ira. Al menos delante de ella. Después de todo, es una mujer. Recuerda la cortesía y los modales. ¡¿Y decide, de una vez por todas, si necesitas a un artefactor o no?!
Me desconecté al instante, que el diablo se lo lleve, porque sabía que iba a descargar mi furia con él y a romper otra esfera de comunicación. ¡Cosa que hice con éxito! Los fragmentos de la esfera yacían junto a la pared contra la que la había arrojado con irritación; de mi boca salían maldiciones, y mis manos... Mis manos empezaron a ennegrecerse.
¿Otra vez? Esta vez todo empezó por las yemas de los dedos. La negrura avanzaba hacia arriba, más y más; ya había cubierto media palma y con estrechos zarcillos se abría paso hacia las muñecas. Empecé a respirar profundamente, como me había enseñado el médico, y me fui calmando. Cedió un poco, pero las manchas en las manos permanecieron. Era como si hubiera metido las manos en tinta y esta se hubiera quedado en la piel. Pero la tinta no tiene brillo ni deja la piel satinada, ni convierte la mano casi en piedra. Donde aparecían las manchas, siempre sentía entumecimiento, o simplemente no sentía nada en absoluto. Menos mal que ahora no se han extendido más. En unos minutos, espero, desaparecerán, como ha ocurrido siempre. Espero con terror el momento en que esta plaga negra se quede para siempre en mi cuerpo. Eso significará el principio del fin de mi vida.
Me acerqué a mi cama, donde yacía la artefactora. Aún estaba inconsciente. Ropa pobre y sucia, un rostro juvenil manchado y muy pálido, profundas ojeras oscuras... Y todavía llevaba los zapatos puestos, a uno de ellos le faltaba el tacón. Seguramente caminaba cojeando. De repente recordé a la vieja campesina que casi atropello (¿o atropellé?) de camino al castillo. Diablos, ¡¿era ella?! ¡Maldición, así es! Está toda empapada y sucia, se ve que se cayó en un charco. ¡Pues que se aguante! ¡Hay que mirar por dónde se va! Y en fin, mañana mismo la enviaré de vuelta a la capital. ¡Me irrita! ¿Cómo sobrevive en este mundo si es tan frágil? ¡Se cae por allí, se cae por aquí! ¿Acaso tiene la enfermedad de las caídas? ¡Solo me faltaba una enferma en mi vida! ¡Mira qué pálida está! Da la impresión de que ha pasado hambre mucho tiempo, que ha estado siempre en la oscuridad y que ha realizado trabajos físicos pesados. Le tomé la mano y le miré la palma. ¡Sí! Los callos en las palmas eran viejos, encallecidos, como los que tiene alguien que hace el mismo trabajo monótono día tras día. Las uñas cortadas a ras, en absoluto siguiendo la última moda, sobre la que siempre me sermonea Clara intentando inculcarme buenos modales...
La chica suspiró de repente y abrió los ojos. Y yo, en ese momento, como un idiota retrasado, estaba de pie sosteniendo su mano entre las mías, examinándole las uñas. Menos mal que me había bajado la capucha sobre el rostro, si no, habría visto mi fisonomía otra vez y se habría desmayado de nuevo.