MILAGROS
Lea estaba encima de Anastasia, dejándola sin extensiones.
—¡No, Lea! ¡No! ¡Suéltala! —intentaba agarrarla, pero era imposible— ¡Lea, basta!
Estaba furiosa, roja, con los dientes apretados y los puños pequeños llenos de cabello rubio.
—¡No te metas con mi hermana! —gritaba en pausas, con cada jalón—, ¡no te metas con los niños! ¡Esas cosas no se dicen!
Mi madre reía llevándose una mano al pecho.
—Ya, ya está bien, Lea — le decía mi madre entre risas, pero mi padre no se reía.
Él conocía ese carácter. Lo reconocía demasiado bien. Por fin logró despegar a Lea de encima de Anastasia. Se retuerce, patea el aire, quiere volver.
—Yo…, yo… —tartamudeo pero nada me sale.
Cielo ya tiene a Lia en brazos. La sostiene firme, contra su pecho. Mi hermanito mira la escena con los ojos como platos.
—Kenox —dice Cielo sin perder la calma—, anda. Mete todo en las maletas de tu hermana. Nos vamos a mi casa, haremos pijamada.
Mi hermano no pregunta nada. Asiente y corre escaleras arriba.
—¡Amorcito! —chilla Anastasia acomodando su cabello—, ¿viste lo que me hizo esa salvaje? ¡Ay, mi cabello! Dios mío, mírame cómo me dejó…
Gael solo sonríe de lado.
—Eso te pasa por boca suelta.
Mi respiración está agitada, Lea aún se sacude en mis brazos.
—Lo siento, Ana, por esto —digo con voz firme—, pero te lo advierto una sola vez. No vuelvas a repetir eso delante de mis hijas. La próxima no será Lea la que reaccione. Lia tiene autismo—continúo—, no por eso es extraña. No vuelvas a referirte a ella con esas palabras. Respeta y por una vez, mantén tu lengua quieta.
Miró a Lucía. Está rígida, confundida. Me acerco despacio y la abrazo con un brazo, mientras sigo sujetando a Lea con el otro.
—Todo está bien —le susurro—, ¿sí?
Asiente.
Kenox vuelve con las maletas rodando detrás de él. Cargo mejor a Lea y mi madre se acerca, me abraza fuerte y largo.
—Estoy orgullosa de ti, cariño —me susurra al oído—, piénsalo…, él también lo estaría. Tenemos que decírselo.
No respondo. Salgo de la casa con Cielo a mi lado. El aire frío me golpea el rostro. Kenox guarda las maletas y me despido con un beso rápido, le digo que luego regreso.
—¿Ella sabe defensa personal? —pregunta Cielo, mirando a Lia.
Lia asiente desde sus brazos.
—Sí —respondo—, mi pequeña Lea es la niña que protege a su hermanita…, y a su mami.
Lea levanta el rostro de mi hombro. Está lleno de lágrimas. Pensó que la regañaría, pero no iba a hacerlo, ya ha tenido mucho por hoy.
—Te quiero, mami… —susurra, rompiéndose en mis brazos. La abrazó más fuerte—, lo siento. ¿Me perdonarán? Me porte mal y ahora no nos van a querer
— Si lo harán, y si no, mi amor es demasiado grande para ti, para ambas…
IAN BLACK
No debería llamar, pero necesito mi móvil. Es una buena excusa para hacer una visita, pero no quiero meterla en problemas a esa pequeña demonia. Marco mi propio número y al segundo tono contesta, una voz gruñona e infantil:
— ¿Quién molesta?
Sin querer, sonrió de lado. Un gesto que no recuerdo haber hecho en años.
—Hola, Lea—digo con calma—, soy yo, Ian Black.
Silencio al otro lado.
—¿Cómo supiste que era yo? —responde, ofendida—, soy…, soy una ladrona, no soy Lea. ¡Soy una ladrona!
Suelto una risa y me callo cuando la persona a mi lado se mueve.
—Te descubriste sola, pequeño demonio —murmuró—, sé que eres tú, Lea. Devuélvemelo. Tengo cosas importantes ahí.
—No —responde sin dudar—, oye, me das la clave. Quiero jugar con Lia y no puedo.
Aprieto la mandíbula.
—No te estoy preguntando —gruño—, iré por él. Me robas el móvil y encima me pides la clave.
—Sí —dice tranquila—, ¿cómo piensas que juegue, señor estirado?
Respiro hondo. No debería seguir esta conversación.
—¿Dónde está tu madre? —pregunto—, es tarde.
¿Qué me importa si está despierta? Nada. No debería importarme.
—Durmiendo —baja la voz—, cansada. Lloró mucho, tía Cielo está con ella en su habitación.
El pecho me da un golpe como si alguien me oprimiera desde adentro.
—¿Están en casa de tu tía Cielo?
Algo me dice, que estas niñas tienen muchos años conociendo a Cielo, ella sabía de ellas y del paradero de Mila, este Aitor me escuchara. Él debe saberlo también, lo sé.
—Sí —dice—, le jalé los pelos a Anavívora por meterse con mi hermana y nos fuimos.
¡Ja! Si lo hizo, se lo merece.
—¿Y tu hermana? —preguntó, bajando la voz sin darme cuenta.
—Aquí —susurra—, escuchando todo. Dice que si le puedes dar la clave.
—¿Lia no habla o sí?
Silencio.
—No —responde, sin mucha seguridad—, pero yo la entiendo.
—¿Qué hacen despiertas a esta hora? —pregunto.
No quiero colgar. Quiero seguir escuchándolas.
—La cuido —responde Lea—, soy la hermana mayor. Yo siempre la cuido y también a mi mami. Así que aléjate de ella.
Exhalo por la nariz, son gemelas. Nadie me dice qué hacer ¿qué le pasa a estos niños de hoy en día?
—¿Siempre hablas tanto? —gruñó, intentando recuperar el control.
—Sí y no llames más.
—Devuélveme el teléfono.
—Después…
—¿Después de qué?
—Después de que respondas algo y con la verdad. No me mientas. Soy una niña muy inteligente.
Cierro los ojos.
—Claro —digo—, como tú digas. ¿Qué quieres saber?
—¿Por qué tienes mis ojos?
El aire se me queda atrapado en la garganta.
—¿Cómo?
—Tus ojos —dice—, grises. Como los míos y los de Lia, eres el único que los tiene igualitos — No respondo—, ni mi mami, ni mis abuelos, nadie. Ni el amigo tonto de mi mami. Solo tú.
Aprieto el móvil.
—Sabes mi mami usaba algo aguado en los ojos, pero no eran reales como los míos o los tuyos —continúa—, pero se enfermó y no pudo usarlos más.
—¿El amigo tonto? —digo, desviando la conversación quiero saber más de ese tipo—, ¿Joseph? ¿Es su novio de verdad?
Editado: 08.01.2026