MILAGROS
Cielo tenía todo preparado para el desayuno, no tenía ganas de comer, solo quería ver al CEO e irme del país. Observaba a Cielo con una sonrisa se movía de un lado a otro atendiendo a las niñas con esa naturalidad que me demostraba que es bueno escoger a tus amigas en la infancia, son para toda la vida y entre ellas, a pesar de todo también entra Abril.
Mientras tanto, guardaba la laptop, los bocetos que realicé en la madrugada cuando el sueño no llegaba y todo lo que necesitaba. La cita se había pautado para hoy, y me sentí aliviada cuando la secretaria me contactó y me informó que su jefe no había podido llegar.
Lo que dijo Lea no salía de mi cabeza. Si ella pensaba así…, era porque Lía le dijo algo de lo que escucho el día que la encontré detrás de mí. Pero eso no tenía sentido, era imposible. Lía nunca había dicho una palabra.
—Mila, en serio. Yo puedo quedarme con ellas —dice Cielo—, las niñas quieren ir al parque y así aprovechamos para visitar a mis padres, que mueren por conocerlas.
Niego de inmediato.
—Conozco a mis hijas…, y más a esta —le digo, llenando de besos a Lea, que tiene la boca completamente llena de panqueques.
—¡Mami, no respiro! —protesta y la suelto, entre risas—, puedo ir contigo y Lía se queda con tía.
Lía niega rápido, muy decidida.
—Ay, malvada. ¿No te gusta estar conmigo? —Cielo hace pucheros exagerados.
Lía, en respuesta, coloca su manito encima de la de ella. No dice nada, pero el gesto lo dice todo.
—Ya entendí, ya entendí —resopla Cielo—, bueeh, yo iré a...
Una voz masculina, fuerte y con acento italiano, atraviesa la casa antes de que el dueño aparezca.
—¡Te dije que si no atendías las llamadas vendría por ti! ¿¡Dónde estás!? ¡Y no me preguntes cómo entré! Vamos, mi algodón de azúcar. Yo te perdoné por confundirme con mi hermano gemelo. Perdóname, lo siento, fuí un perro, pero es culpa de…
Cielo se queda roja. Literalmente roja y Aitor entra a la cocina y el aire cambia. Me sonríe y pasa la mano por su cabello despeinado.
Dios, este hombre parece un dios griego. Rubio casi blanco, barba rojiza, sus ojos azul claro y manos llenas de tinta. Traje azul oscuro y la corbata mal hecha, como si se la hubiera arrancado en el camino.
Claramente no lo está pasando bien.
—Damon… —le digo con calma—, todos dicen eso. Y aun así son dueños de sus actos.
Bajo a las niñas de las butacas.
—¡Tío! —grita Lea y se lanza a abrazarle las piernas. Aitor baja la mirada sorprendido—, el príncipe de mi tía es lindo —añade, Lea y sus ojos brillan mirando sus manos.
Él sonríe y le acaricia el cabello con cuidado.
—Son más hermosas en persona, bambinas (niñas) —dice—, hola, Mila. Hace mucho tiempo sin verte.
Me abraza y Cielo carraspea fuerte.
—Desde que éramos adolescentes, creo yo —respondo, sonriendo con un poco de nostalgia.
Cielo carraspea otra vez, cambia el peso de un pie a otro. Lía solo observa, no se acerca.
—Amor…, perdóname. Me pongo de rodillas si quieres. Hablemos. No pasará más. Solo bailé con ella, no pasó nada más, lo juro.
Cielo levanta la barbilla.
—Quiero verte hacerlo.
Aitor mira a las niñas, luego a mí. Sus mejillas están rojas, quién viera a este titán.
—En serio, amor… — dice apenado.
—No te veo.
Lea aplaude emocionada y cargo a Lía.
—Los dejo. Creo que sobramos aquí. Cielo, nos vemos, te envío sí.
—¡No, no, mami! —grita Lea—, ¡se pondrá de rodillas, quiero ver!
Aitor se ríe.
Cuando ya vamos saliendo de la casa, escucho la risa de Cielo y tragó el nudo que me impide respirar y miro a mis niñas y las llenó de besos. Lía se queja, y subimos al coche que me envió el jefe.
<<Yo también soy feliz. De otra manera; siendo mamá>> pienso mientras conduzco.
Las miro por el espejo. Mis pequeñas observan la ciudad con emoción, minutos después llegamos y Lea baja del coche justo cuando estoy quitándole el cinturón de seguridad a Lía. Ni siquiera me da tiempo de ver bien dónde estoy parada, solo alcanzo a notar lo enorme que es todo; vidrios, acero, mármol.
Me pone nerviosa y no entiendo.
—¡Lea! —grito y corro detrás de ella con Lía en brazos y mi cartera colgándome del hombro como puedo.
Lía me agarra la cara de pronto y señala su barriga con urgencia.
—¿Comieron algo dulce? —le pregunto, alarmada—, Dios… ¿Jarabe?
Su carita está casi verde y asiente.
Perfecto, Una descontrolada y la otra con dolor de estómago. Respiro hondo, siento a Lía en una de las sillas del pasillo y miró alrededor buscando a Lea, le doy un poco de agua y miro los pasillos son gigantescos, hombres y mujeres de traje van y vienen. Las paredes están llenas de imágenes de equipos cardíacos, monitores.
No quiero verlos. Todos me recuerdan a Ian.
—¡Lea! —La consigo y estira la mano para tomar unos panecillos del escritorio de una chica.
—¡Oh, qué bella, niña! —Se inclina un poco—, tiene los ojos del jefe…, mira, Renata.
La mujer detrás de ella carga varias carpetas. Nos mira de arriba abajo. Levantó la barbilla sin darme cuenta y arquea una ceja, clava la mirada en Lea y sonríe con falsedad.
—Mmm…, sí —dice—, pero, mi amor, los tiene más lindos.
<<Tu amor será un gordo panzón y pelón>> grito mentalmente. Ella se da media vuelta y se va pavoneándose, como si el pasillo fuera una pasarela.
—Grr… —murmuró entre dientes—, de la patada encontrarme mujeres así.
Lea aprovecha el descuido y agarra mas panecillos
—Lo siento —digo rápido a la chica.
—Tranquila —responde sonriendo.
Lea va con su hermana como si nada.
—Dime —añade—, ¿necesitas algo o buscas a tu esposo? Si trabaja aquí, dime su nombre y con gusto lo llamaré.
—No, no tengo esposo —respondo demasiado rápido.
Saco la laptop con manos torpes.
—Tengo una cita…, soy la diseñadora de peluches terapéuticos. Me informaron de una reunión y…
Editado: 29.01.2026