Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Prólogo

¨Cuando el amor de un rey rompió el equilibrio cósmico, solo el odio entre sus herederos podrá restaurarlo…o destruirlo todo¨

Hace 500 años atrás.

El Nido del Dragón, el palacio aéreo de los drakon, colgaba entre las cumbres del Monte Aethel como una corona de piedra estelar y fuego ancestral. Aquella noche, sin embargo, la fortaleza más enigmática del mundo se había convertido en ruinas de traición y odio.

Keiran Dragomir, Rey de los Drakon, yacía de rodillas, su poder sobre los elementos inertes bajo el peso de una pena insoportable. A su lado, su amada Elara, la reina humana, respiraba con dificultad, el brillo de su vida apagándose como una estrella ante la fría luz de la Diosa Luna, Selene, quien flotaba en el centro del trono.

-te ofrecí la eternidad a mi lado, Keiran- dijo Selene, su voz un canto mortal que helaba el aire- Y tú despreciaste mi amor por una humana insignificante. Ahora contempla el precio de tu desaire.

Un rayo de luz plateada, frío y afilado como una daga de hielo, atravesó el corazón de Elara. No hubo grito, solo un suspiro, y luego… se desvaneció en un millar de motas de polvo luminoso que la brisa nocturna se llevó para siempre.

El rugido de Keiran partió el cielo. El fuego brotó de sus manos, la tierra tembló, pero la luz de Selene era una prisión impasible.

-Tú fuerza se desvanece, Rey Caído. Y así será para toda tu especie- declaró la Diosa, y sus ojos se posaron en el pequeño niño de pelo negro que observaba todo paralizado , desde atrás de un pilar- El corazón de tu hijo, y el de todo drakon de sangre pura se convertirá en piedra helada. Latido a latido, su fuego interior se apagará, su dominio sobre los elementos se quebrará y su poder se marchitará como una flor en invierno. Serán sombras de lo que fueron, condenados a tiritar en la oscuridad que merecen-

Con un gesto, un frío penetrante emanó de Selene y se ensartó en el pecho del pequeño Kaelan. El niño gimió, agarrando su pequeño torso, donde un patrón de escarcha en forma de dos medias lunas entrelazadas se marcó sobre su piel.

-Pero la condena no será rápida- susurró Selene con una sonrisa dulce y terrible- será lenta. Y solo se romperá con un calor tan intenso que pueda descongelar un corazón de hielo: el amor verdadero de la sangre de quien lo odia.

Antes de que la Diosa pudiera consumar su obra, un grupo de los drakon más leales, encabezados por el anciano consejero Orin, irrumpió en la sala. Mientras algunos se sacrificaban conteniendo el poder de la Diosa, Orin tomó al niño que ya empezaba a tiritar de frío en sus brazos.

-corred- gritó Keiran con sus últimas fuerzas, su propio aliento convertido en nube de hielo-mantenedlo a salvo-el rey miró a los ojos a sus hijos y susurró- te amo Kaelan, siempre.

Orin saltó por el balcón abierto, transformándose en su forma drakon menor con el niño aferrado a su espalda, desapareciendo en la oscuridad de las montañas mientras el Nido del Dragón y el último rey de los Drakon, sucumbían al silencio helado de la Luna.

El príncipe había sido condenado a un invierno eterno en su propio pecho, pero una chispa de esperanza, tan frágil como el hielo mismo, había sido plantada. Su destino dependía de la misma enemiga que, sin saberlo, llevaba el fuego capaz de devolverle la vida.




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