Kaelan Dragomir
El frío era lo único que quedaba de mi reino.
No el frío de la montaña, ese era un viejo amigo. Este era un frío nuevo, un huérfano miserable que se había instalado en mis huesos, en mi sangre, y sobre todo, en el hueco que una vez albergó mi corazón. Aquí, en lo que los humanos llamaban con sorna las Ruinas de Eldrin, el silencio era tan profundo que podía oír el lento y agonizante latir de mi propio pecho. Un tic… tic… tic… de hielo formándose donde antes rugía el fuego.
Aethelgard, el Nido del Dragón, ya no era una corona entre las nubes. Era un cadáver de piedra, un esqueleto gris devorado por la escarcha de la Diosa Luna. Desde la estrecha ventana de mi prisión, veía las torres desmochadas, los puentes colgantes rotos meciéndose como lianas muertas. El viento, que antes me traía los rumores de todo el reino, ahora solo susurraba historias de perdición. Ya no sentía la Tierra, su respiración profunda bajo mis pies, solo piedra muda y helada. El fuego… el fuego se había apagado en mí hacía mucho tiempo.
Todo por el corazón helado de una diosa despechada.
Mis carceleros humanos, con sus armaduras de acero barato, pasaban por fuera de la puerta reforzada. Sus risas eran clavos en mi orgullo.
-¿Crees que tu diosa se apiadará de ti cuando el Príncipe Escarcha finalmente se quede quieto?-escupió uno a través de la rejilla.
No le contesté. ¿Para qué? Ellos solo eran herramientas. La mano que empuñaba el cuchillo era la de Selene.
La puerta se abrió con un chirrido y entró Roric, el capitán de la guardia. Era el único que no se mofaba. En sus ojos solo había un desprecio profesional y antiguo.
-Tu celda es más lujosa que la tumba de mi padre, monstruo- dijo, dejando un cuenco de agua y un trozo de pan duro- Aun no entiendo por qué la Orden no te ejecuta y acaba con esto.
-Quizás- murmuré, mi voz era un susurro ronco por la falta de uso -esperan que lo haga yo mismo y les ahorre el trabajo.
Roric esbozó una sonrisa tensa. -El Altar de las Lágrimas no se manchará con tu suicidio, drakon. Solo con tu sacrificio. O con el de la persona correcta.
Me volví hacia la ventana, ignorándolo. Sus palabras, sin embargo, encendieron una brasa de un recuerdo que el frío no había logrado congelar.
«Un corazón de drakon es como la forja de un volcán, Kaelan», decía mi padre, Keiran, su mano, cálida y poderosa, sobre mi pequeño hombro. Estábamos en la Gran Terraza, viendo cómo los dragones menores surcaban el cielo crepuscular. «Late con el fuego de la creación. Nunca permitas que ese fuego se apague, hijo. Es el legado de nuestra gente».
Yo, con la inocencia de mis diez años, le pregunté: « ¿Y si se apaga?».
Mi madre, Elara, se acercó, su risa era el sonido más cálido que conocía, un milagro de humanidad en un palacio de inmortales. Me tomó la cara entre sus manos. «Eso no pasará, mi amor. Porque el fuego se alimenta de amor, de familia, de memoria. Y nosotros te amamos más que a todas las estrellas del cielo».
Ahora, esas manos eran polvo, y su amor era un fantasma que atormentaba mis sueños. Selene no solo les arrebató la vida; envenenó cada recuerdo hermoso con el ácido de su ausencia.
La maldición no solo me alcanzó a mí. Como un virus, se extendió por toda nuestra estirpe. Recuerdo el rostro de Orin, mi leal consejero, el hombre que me salvó la noche del asesinato de mis padres. Lo vi envejecer cien años en uno. Su piel, una vez dorada y tersa como la de todos los drakon, se volvió pálida y quebradiza como pergamino. El fuego de sus ojos se apagó, reemplazado por un brillo vidrioso y frío.
-Mi príncipe - murmuró con su último aliento, sus dedos, ya blancos por la escarcha, aferrándose a los míos- , el frío… me llama. Perdón… no pude… proteger…
No pudo terminar. Su cuerpo no murió, no exactamente. Se convirtió en una estatua de hielo y carne, una escultura grotesca de la derrota, que yace todavía en una de las salas bajas del palacio, un monumento a mi fracaso. Como él, cientos. Nuestro pueblo, los amos de los elementos, se redujo a un puñado de fantasmas tiritando entre las ruinas de su propia gloria, esperando que su príncipe maldito encontrara una salida.
Y yo, ¿qué hice? Me dejé capturar. Después de años de luchar, de esconderme, de ver a los míos caer uno a uno, la desesperanza fue un veneno más lento pero igual de efectivo que la maldición. Cuando los soldados de la Orden de Luna me rodearon, ya no quedaba fuego en mis venas para luchar. Solo un cansancio infinito. Y la fría y traicionera esperanza de que, tal vez, en esta prisión, el final llegaría más rápido.
El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo las ruinas de tonos sangrientos. La temperatura, ya gélida, descendió aún más. Un escalofrío violento me recorrió la espalda. Era la maldición, haciendo su trabajo. Cada noche, el frío profundizaba su agarre.
Cerré los ojos, aferrándome al recuerdo del calor de la forja de mi padre, al sonido de la risa de mi madre. Eran leña mojada en un hogar extinguido, pero era todo lo que tenía.
Entonces, como un eco en una cueva profunda, lo sentí. No un sonido, sino una presencia. Una conciencia en los límites de la mía, tan fría como la mía, pero de una pureza plateada y cortante. Lyria.