Lyria Umbría
El filo de mi espada, Susurro de Luna, cortó el aire gélido del amanecer con un silbido mortal. Cada movimiento era un ritual, una oración de acero y precisión. Giré, bloqueé, ataqué contra los postes de entrenamiento en el Patio de las Doncellas, el sonido del impacto seco contra la madera era el único latido de este lugar. A mi alrededor, otras guerreras de la Orden repetían los mismos ejercicios, un ejército de ecos perfectos. Éramos la voluntad de la Luna hecha carne. La justicia divina forjada en músculo y hueso.
Pero en el silencio entre golpe y golpe, él se colaba.
Siempre era el mismo sueño. No un sueño, sino una sensación. Frío. No el frío limpio de una noche invernal, sino un frío húmedo y desesperado que se pegaba al alma. Y ojos. Ojos del color del ámbar fundido, atrapados en una tormenta silenciosa de dolor. Los ojos del príncipe drakon.
«Son visiones, Lyria», me decía a mí misma, apretando el puño alrededor del mango de la espada hasta que me dolían los nudillos. «La Diosa te muestra a tu enemigo. Te permite sentir su debilidad para que puedas explotarla».
Esa era la verdad que me habían enseñado desde la cuna.
Un recuerdo, nítido como el hielo, acudió a mi mente. Era niña, tal vez de seis o siete años, temblando después de uno de esos primeros sueños. Corrí a los aposentos de mi madre, la Diosa Luna, Selene. Su belleza era aterradora, un esculpido en diamante y luz de luna, tan fría como reconfortante.
-Madre, soñé con un niño que llora- confesé, enterrando mi cara en su túnica, que olía a azúcar helado y noches eternas.
Sus dedos, frescos como el mármol, acariciaron mi cabello. -Ese no es un niño, mi pequeña luz. Es una semilla de maldad. Los drakon son bestias que se visten de orgullo. Asesinaron a los abuelos que nunca conociste. Su príncipe es el último de esa estirpe podrida, y tu sueño es un recordatorio de tu destino: extirparlo.
-¿Por qué llora, entonces?
-Porque incluso las bestias sienten autocompasión cuando se les acaba el tiempo- respondió, su voz serena como un lago congelado -. No dejes que su dolor te engañe. El hielo de tu corazón de guerrera es tu mayor fortaleza.
Ese "hielo" se había forjado aquí, en estos patios. A los diez años, el Comandante Valerius, la mano ejecutora de mi madre, me enseñó a sostener una daga. A los doce, ya había derrotado a cadetes mayores. A los quince, mi primera misión: eliminar a un hechicero drakon renegado. Recuerdo la sensación de la sangre caliente en mis manos, el ocho de azufre y poder moribundo. Valerius me puso una mano en el hombro. «Lo has hecho bien, Alteza. Cada monstruo que caiga te acerca a tu gran propósito».
Ahora, a los diecinueve, ese gran propósito había llegado.
-La Diosa te requiere, princesa.
La voz de Valerius me sacó de mis pensamientos. Lo seguí a través de los corredores de cristal y plata del Santuario Lunar, donde las paredes reflejaban una imagen que a veces sentía ajena: una joven de pelo plateado y ojos grises, demasiado solemnes para su edad. La guerrera perfecta. La hija obediente.
El trono de mi madre era un cúmulo de lunas crecientes entrelazadas de hielo perpetuo. Bajo su pie, el mundo parecía detenerse.
-Lyria- dijo, y su voz era una caricia y una orden- . Llega el momento de tu consagración. El príncipe drakon, Kaelan, se esconde en las Ruinas de Eldrin, el antiguo nido de su raza. La maldición que pesa sobre él lo ha debilitado. Es una sombra de lo que su pueblo fue.
Una imagen de aquellos ojos ámbar, llenos de una vida intensa y dolorosa, cruzó por mi mente. ¿Una sombra? En mis sueños, su agonía era tan palpable…
-Tu misión es simple- continuó ella, y en sus ojos plateados vi un destello de algo antiguo y feroz- . Penetra en Eldrin, encuentra al príncipe y decapítalo. Con su muerte, la maldición se consumará y el poder de los drakon se extinguirá para siempre. La Luna reinará suprema.
«Decapítalo». Las palabras resonaron en el salón, frías y simples. Pero en mi interior, algo se estremeció. ¿Era miedo? ¿Duda? No. No podía ser. Era la emoción de la cacería, nada más.
-No fallaré, madre.
-No- ella sonrió, una curva fina y perfecta en sus labios- . Porque llevas mi sangre. Y porque estás marcada para esta tarea.
Al decir esto, con un gesto casi negligente, hizo que la manga de mi túnica de entrenamiento se retirara, revelando la marca en mi antebrazo: dos medias lunas entrelazadas formando un círculo. El mismo símbolo que, según me dijo, era la señal de que yo era la elegida para destruirlos.
Al salir del santuario, me encontré con Seraphine, mi compañera de armas y la más cercana que tenía a una amiga. Su rostro, normalmente sereno, estaba pálido.
-¿Es cierto? ¿Partes hoy a por el príncipe drakon?
-Sí. Es el fin de una guerra que ha durado demasiado.
Ella bajó la voz. -Lyria, los exploradores dicen que las ruinas… respiran. Que la maldición no solo lo debilita a él, sino que ha corrompido el lugar. Ten cuidado.
Su preocupación me irritó. -El poder de la Luna me protege, Seraphine. No hay oscuridad que pueda contra él.