Kaelan Dragomir
El mundo se había reducido a la punta de esa espada.
Susurro de Luna. El nombre me vino a la mente como un fragmento de un sueño ajeno, una de esas migajas de conocimiento que a veces se colaban en mi conciencia durante sus pesadillas. Y ahora, esa hoja plateada, tan fría como el corazón de quien la empuñaba, titilaba a un palmo de mi garganta.
La había sentido acercarse. No como una amenaza física, sino como un cambio en la presión del aire, una alteración en la sinfonía de desesperación que cantaban las piedras. En mis sueños, era una silueta de luz y determinación. En la carne, era… más. Más real. Más mortal. El viento jugueteaba con hebras de su cabello plateado, y sus ojos, del color de una tormenta inminente, estaban fijos en los míos con una intensidad que casi podía sentirse.
«Mátame», pensé, proyectando la orden hacia ella con toda mi fuerza. «Hazlo y libera a ambos de esta farsa».
Pero su brazo, ese brazo entrenado para el asesinato perfecto, no se movió. Solo tembló levemente. Y en sus ojos, por un instante que duró una eternidad, no vi el odio fanático que esperaba. Vi confusión. Y algo peor: reconocimiento.
-¿No vas a hacerlo, Princesa de la Luna?- mi voz sonó áspera, un crujido de hielo quebradizo- . ¿Después de tanto viajar? Tu diosa madre debe estar impaciente.
Parpadeó, como si mis palabras la hubieran sacado de un trance. -Cállate, monstruo.
-¿Monstruo?- Un esbozo de sonrisa amarga se dibujó en mis labios-. Los monstruos rara vez se dejan encadenar para ser sacrificados. Eso es más propio de corderos.
Un ruido lejano, el sonido metálico de armaduras y voces ásperas, resonó en los pasadizos de las ruinas. La Orden. Habían seguido su rastro.
El momento se quebró. La confusión en sus ojos se disipó, reemplazada por la urgencia. Bajó la espada, pero no la envainó.
-No son mis seguidores- dijo, más para sí misma que para mí-. Son… otros.
-El Comandante Valerius y sus mastines- completé, disfrutando el destello de sorpresa en su rostro-. Tu madre nunca confió en que tuvieras el estómago para terminar el trabajo. O quizás… el plan siempre fue que ellos te atraparan in fraganti con el monstruo. Una tragedia lamentable. La valiente princesa, asesinada por la bestia a la que fue a dar caza.
Vi cómo la idea se abría paso en su mente, sembrando la semilla de la duda. Era un riesgo, jugar con la desconfianza hacia su propia gente, pero era la única carta que tenía.
-Mientes- susurró, pero sin convicción.
-¿Mis cadenas mienten?- tiré de mis brazos, y el hielo crujió, mordiendo mi carne-. ¿Este frío que me devora miente? Tu madre es muchas cosas, Lyria, pero no tonta. Eres un peón en un juego que no entiendes.
Las voces se acercaban. Ella miró hacia la entrada de la cámara, luego hacia mí. El conflicto la desgarraba. Podía verlo, era como observar una tormenta formarse en sus ojos grises.
-¿Por qué debería creerte?- preguntó, su voz apenas un hilo de sonido.
-Porque sientes lo mismo que yo- la miré fijamente, desafiándola a negarlo-. El frío. No solo el de esta habitación. El que llevamos dentro. Es el mismo. Y los sueños… son el mismo.
Esa vez, fue como si le hubiera clavado una daga. Retrocedió un paso. Era la primera vez que alguien nombraba en voz alta la conexión que nos atormentaba.
-No sabes nada de mis sueños.
-Sé que sueñas con este lugar- dije, bajando la voz-. Sueñas con el frío. Y sueñas con mis ojos. Igual que yo sueño con tu luz. Es la maldición, Lyria. Nos une tanto como nos condena.
El sonido de los pasos era inminente. No había más tiempo.
-Puedes entregarme a ellos y cumplir tu misión como una buena hija- dije, con la última brizna de mi orgullo-. O puedes preguntarte por qué una diosa todopoderosa necesita recurrir a trampas y mentiras para que su propia hija cumpla una orden simple.
Ella cerró los ojos por un segundo. Cuando los abrió, había una determinación férrea en ellos, pero era diferente. No era la obediencia ciega de antes. Era una elección.
Con un movimiento rápido y preciso, no hacia mi garganta, sino hacia las cadenas de hielo que me sujetaban, descargó un golpe con la espada. Susurro de Luna cortó la escarcha maldita como si fuera cristal fino, y las cadenas se hicieron añicos.
Una oleada de alivio y dolor simultáneo me recorrió. La circulación regresó a mis miembros adormecidos con una punzada de agujas de fuego. Me puse de pie, tambaleándome, mi cuerpo débil y quebradizo después de tanto tiempo inmóvil.
-Esto no significa que crea tu palabra, drakon- dijo ella, esgrimiendo la espada entre su cuerpo y el mío-. Significa que las preguntas de Valerius me resultan más peligrosas que tus mentiras por ahora.
-Qué conmovedora muestra de confianza- musité, frotándome los antebrazos para generar calor.
-Si intentas algo, te mato- añadió, con una frialdad que, irónicamente, me recordó a su madre.
-Prometido.
Los primeros soldados irrumpieron en la cámara. Sus rostros mostraban sorpresa al verme libre, y luego una furia inmediata.