Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Capítulo 4: El Primer Descongelamiento

Lyria Umbría

Sus palabras cortaron más profundo que cualquier espada. "Los sueños… son el mismo."

El aire escapó de mis pulmones como si me hubieran golpeado en el estómago. Me quedé inmóvil, arrodillada en la tierra fría de la cueva, mis manos -manchadas con su sangre- aún posada sobre el vendaje improvisado en su costado. Kaelan yacía con los ojos cerrados, el esfuerzo de la huida, la herida y su confesión lo había arrastrado a la inconsciencia. Pero su declaración permanecía viva en la oscuridad, un espectro que se negaba a desaparecer.

¿El mismo frío? ¿Los mismos sueños?

Durante años, esas visiones nocturnas habían sido mi vergüenza más íntima, la prueba de una debilidad que no me podía permitir. Los ojos de ámbar ardiente en la penumbra, la sensación de una pérdida abismal que no me pertenecía, el eco de un dolor que se enredaba en mi alma como una hiedra venenosa… ¿habían sido reales? ¿No eran pesadillas proféticas enviadas por mi madre, sino ecos de su tormento? La idea era tan revolucionaria que sentía que el suelo bajo mis pies se resquebrajaba.

Mi adoctrinamiento se alzó como un muro de acero en mi mente. ¡Es una estratagema! ¡El susurro de un drakon para nublar tu juicio con lástima! Me repetí el mantra una y otra vez, buscando refugio en la certeza que me habían inculcado. Pero la evidencia era tangible, imposible de ignorar. La herida en su costado -una herida que yo misma estaba tratando-gritaba una verdad diferente. Los monstruos no se interponían ante una espada destinada a otro. Los monstruos no mostraban una vulnerabilidad que te atravesaba el corazón con un dolor agudo y ajeno.

Con manos que intentaban en vano no temblar, terminé de anudar la última tira de tela. La sangre, tan roja y terriblemente humana como la mía, había empapado el lienzo. Ya no podía negar lo que mis ojos veían. Aparté la mirada de su cuerpo yacente, sintiendo una confusión que me mareaba, y por primera vez me permití observar nuestro refugio forzado con verdadera atención.

La cueva era un lugar miserable. Pequeña, húmeda, olía a tierra mojada y a desesperación. El sonido monótono del agua filtrándose en alguna grieta oculta marcaba el ritmo de un réquiem. Kaelan, incluso en su sueño agitado, tiritaba. No era el escalofrío de la fiebre, sino un temblor profundo y antinatural que parecía nacer de lo más hondo de sus huesos. El frío de la maldición. Nuestro frío, según sus palabras.

Una ráfaga de viento gélido se coló por la entrada, haciendo danzar de manera amenazante la pequeña esfera de luz lunar que flotaba entre nosotros. La llama titiló, proyectando sombras fugaces sobre el rostro de Kaelan. Por un instante que me detuvo el corazón, no vi al príncipe drakon orgulloso y herido. Vi al niño de mis sueños, asustado, solo, clamando en silencio en la oscuridad.

La compasión fue un impulso traicionero, un instinto que Selene habría ordenado extirpar de mí con un cuchillo ardiente. Pero su voz en mi mente, antes un mandato claro, ahora sonaba distorsionada, como un eco lejano y lleno de estática.

Un suspiro tembloroso se escapó de mis labios. Con movimientos lentos, casi rituales, me quité el manto exterior, grueso y forrado de piel de lobo invernal. No era mucho, pero era todo lo que tenía que pudiera ofrecerle. Con una cautela que sentí ridícula -¿por qué tanta delicadeza con una bestia?-, lo extendí sobre su torso, cubriendo la herida y sus brazos. Él se estremeció al contacto de la tela, un gruñido ronco escapando de entre sus labios entreabiertos, pero no despertó.

Sin embargo, los tiritones continuaban, cada vez más violentos, como si su cuerpo luchara una batalla interna contra un invasor de escarcha. La temperatura en la cueva parecía descender varios grados con cada espasmo. Vi con horror cómo sus labios, ya pálidos, adquirían un tinte azulado siniestro. La maldición no descansaba. Trabajaba en silencio, consumiéndolo desde dentro, y yo era testigo impotente de su lenta ejecución.

«El frío… es el mismo».

La memoria de sus palabras me golpeó con la fuerza de un mandoble. Sin pensarlo, impulsada por un pánico visceral que no entendía y una empatía que me aterraba, me acurruqué a su lado en el suelo duro. Rodeé sus hombros con mis brazos, ignorando el dolor de mis propios músculos cansados, y presioné mi cuerpo contra el suyo, buscando transferirle mi calor, mi vida, mi maldita sangre de semidiosa que ahora era su único talismán contra el hielo. Él se puso rígido al instante, todo su cuerpo alerta. Sus ojos se abrieron de par en par, desorientado y lleno de una desconfianza feroz y ancestral.

-¿Qué estás haciendo?- su voz era áspera, un susurro cargado de sospecha, dolor y algo más… ¿incredulidad?

-Cállate- logré articular, con una voz que pretendía ser firme pero que sonó quebrada-. Estás… helado. La maldición te está ganando.

Luchó por un momento, un último y débil acto de orgullo drakon. Su brazo intentó apartarme, pero no tenía fuerza. Era el forcejeo de un hombre ahogándose. Un temblor más profundo, uno que parecía sacudir su misma alma, lo recorrió de la cabeza a los pies, y luego, como si una cuerda invisible se hubiera cortado, una parte de la tensión abandonó sus músculos. Su cuerpo, pesado y frío, se hundió contra el mío. Su cabeza, con su cabello oscuro y enmarañado, se inclinó hacia mi hombro, encontrando un apoyo que ni él ni yo creímos posible. Su aliento, frío como la escarcha de la mañana, me rozó el cuello, y contuve un sollozo.




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