Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Capítulo 5: Fantasmas en la Piedra

Kaelan Dragomir

El calor era lo primero.

No el feroz abrazo de la forja drakon, ni el sol en lo alto del Monte Aethel. Era un calor pequeño, tenaz, que se aferraba a mi costado como un animalito herido. Era su calor. Lyria.

La había sentido moverse, levantarse con cuidado para no despertarme. Pero yo no dormía. No realmente. El dolor en mi costado era un latido sordo y persistente, una compañía más familiar que el alivio. Y el frío, ese maldito frío interior, nunca se iba del todo. Solo retrocedía, como una marea venenosa, ante el calor que ella me prestaba.

Abrí los ojos un poco. Ella estaba de pie cerca de la entrada de la cueva, su silueta recortada contra el gris plomizo del amanecer. Me observaba, sus brazos cruzados como si se estuviera conteniendo de algo. De rajarme la garganta, probablemente. O de volver a acercarse. No podía descifrarla.

-No muerdas, Princesa- murmuré, y mi voz sonó como grava-. Aún no.

Ella se tensó, pero no apartó la mirada. -Pensé que estabas inconsciente.

-Es lo preferible. Pero el dolor es un maestro insistente. -Intenté incorporarme y una punzada de fuego blanco me recorrió el torso. Contuve un gemido, apretando la mandíbula. Patético.

-No te muevas- dijo ella, y fue una orden, no una sugerencia. Avanzó un paso, deteniéndose a una distancia segura. Sus ojos grises recorrían mi cuerpo vendado, mi postura encorvada. Evaluando. Siempre evaluando. -¿Puedes caminar?

-¿Preocupada por tu trofeo? -Una sonrisa torcida se dibujó en mis labios-. No temas. Incluso a medio congelar, mi orgullo me obliga a mantenerme en pie frente a la hija de mi verdugo. Sería de muy mala educación caer ahora.

Un destello de irritación cruzó su rostro. Bien. La irritación era algo sólido, comprensible. Era el silencio pensativo, la duda en sus ojos, lo que me resultaba desconcertante.

Con un esfuerzo que me dejó temblando y bañado en un sudor frío, logré ponerme de pie, apoyándome en la pared rugosa de la cueva. El mundo giró un momento antes de asentarse. A través de la entrada, más allá de Lyria, el paisaje se extendía yermo y gris. Pero no era eso lo que me detuvo la respiración.

Era la silueta. A lo lejos, contra el cielo pálido, la forma quebrada de la Aguja del Anochecer se alzaba como un dedo acusador. Una de las torres menores de Aethelgard. Mi torre.

-Por aquí- dije, mi voz más áspera de lo que pretendía.

Ella siguió mi mirada. -¿Eso es…?

-El lugar donde mi padre me enseñó a domar el viento -la interrumpí, la amargura trepando por mi garganta como una hiedra-. O lo intentó. Yo solo quería que me enseñara a usar la espada. Como un guerrero de verdad.

Sin esperar su respuesta, salí cojeando de la cueva. Cada paso era una agonía, pero el tirón de ese lugar, de ese recuerdo, era más fuerte. Sentí, más que vi, que Lyria me seguía, su presencia una sombra silenciosa a mis espaldas.

El camino estaba en ruinas, literalmente. Bloques de piedra estelar, que una vez flotaron en patrones armoniosos, yacían esparcidos como huesos de un gigante. La vegetación se había apoderado de las grietas, pero era una vegetación mustia, marchita por la misma decadencia que empapaba el aire. El frío de la maldición era más denso aquí, como si las propias piedras exudaran el rencor de Selene.

Llegamos a la base de la aguja. La puerta de arco de piedra estaba desencajada, pero aún en su marco. Empujé, con el hombro, con el último resto de mi fuerza. Cedió con un gemido quejumbroso.

Dentro, el polvo danzaba en los haces de luz débil que se filtraban por las ventanas rotas. Era una sala circular, amplia. En el centro, un mosaico en el suelo representaba el gran árbol del mundo, sus raíces de plata y sus hojas de esmeralda. Ahora estaba agrietado y cubierto de suciedad. Pero en las paredes…

En las paredes, los tapices, aunque polvorientos y rasgados, aún mostraban su grandeza. Dragones de hilo de oro volando sobre océanos de seda azul. Constelaciones bordadas con perlas diminutas.

-Keiran… ¿era tu padre? -la voz de Lyria, baja y casi reverente, resonó en el silencio.

Asentí, sin poder hablar. Mis ojos se posaron en el tapiz más grande, detrás de donde una vez estuvo su trono de observación. Mi madre, Elara, estaba bordada allí. No como una reina distante, sino riendo, con una mano extendida hacia un colibrí de joyas que se posaba en su dedo. Mi padre, Keiran, no estaba a su lado en esa imagen. Estaba un poco más atrás, observándola con una expresión en sus ojos drakonianos que había aprendido a reconocer mucho después: asombro. Puro, absoluto asombro.

-Ella… le encantaban las cosas pequeñas -dije, y la voz me falló. Cerré los ojos, y por un momento, el frío retrocedió, vencido por el calor de un recuerdo.

«Míralo, Kaelan», decía mi madre, su voz un susurro melodioso junto a mi oído. Señalaba el colibrí. «Tan frágil. Un suspiro lo barrería. Y sin embargo, su corazón late más rápido que el de cualquier drakon. Es un recordatorio. La verdadera fuerza no siempre es tamaño o poder. A veces es… perseverancia. Es negarse a dejar de latir».

Mi padre se acercó entonces, poniendo una mano pesada y cálida sobre mi hombro. «Tu madre ve lecciones en todo lo que brilla, hijo», dijo, pero su voz estaba llena de afecto. «Pero tiene razón. Un rey debe proteger todas las formas de vida en su reino, no solo las más fuertes. Incluso las que no entendemos del todo».




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