Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Capítulo 6: El Peso de la Espada

Lyria Umbría

El sonido de sus respiraciones, aún entrecortadas pero más regulares, era el único sonido en la arboleda silenciosa donde nos habíamos refugiado. Kaelan dormitaba, apoyado contra el tronco de un viejo roble, su rostro menos pálido que horas antes. La imagen de su colapso en la torre, la desesperación en sus ojos mientras el frío lo consumía, seguía grabada a fuego en mi mente. Le había salvado la vida. De nuevo.

Y cada vez que lo hacía, una parte de mi antigua vida, la Lyria que era una extensión de la voluntad de su madre, se desmoronaba un poco más.

Apreté el puño alrededor del mango de Susurro de Luna. La hoja plateada, que tantas veces había anhelado clavar en el corazón de un drakon, ahora descansaba inerte a mi lado, su filo manchado de tierra y no de sangre drakon. ¿Qué estaba haciendo? ¿Quién era yo, si no la espada de la Diosa Luna?

Un crujido, demasiado preciso, demasiado humano, rompió el silencio del bosque. No era un animal. Era el sonido de una bota pisando una rama con cautela.

Me puse en pie de un salto, Susurro de Luna levantada en un instante, mi cuerpo adoptando una posición de combate antes de que mi mente terminara de procesar la amenaza. Kaelan se despertó sobresaltado, una mueca de dolor distorsionando su rostro al moverse demasiado rápido.

De entre los árboles, surgieron tres figuras con armaduras de plata bruñida. La Luz de la Luna. Mi gente. En el centro, con el rostro oculto tras un yelmo con el emblema de la media luna, una figura delgada y letal que conocía demasiado bien. Seraphine.

Mi corazón, que había estado latiendo con una cacofonía de duda y confusión, se detuvo en seco. Seraphine. Mi compañera de entrenamiento. La única a la que, en los fríos pasillos del Santuario, había considerado cercana a una amiga.

-Lyria- dijo la voz de Seraphine, fría y cortante como el acero de su espada-. La Orden te busca. Se dice que la bestia te tiene hechizada.

-No es una bestia, Seraphine- respondí, y mi voz sonó extrañamente calmada-. Y mi voluntad es mía.

Seraphine se quitó el yelmo. Su rostro, normalmente sereno, estaba marcado por la decepción y una furia contenida. Sus ojos, del mismo gris que los míos, me escudriñaron, pasando de mi rostro a Kaelan, que se había puesto de pie con esfuerzo, apoyándose en el árbol.

-Mírate- escupió, y su desprecio era un látigo-. Protegiendo a la escoria que mató a nuestros hermanos. ¿Qué te hizo, Lyria? ¿Qué mentiras te susurró para volverte contra los tuyos?

Kaelan emitió un sonido bajo, un bufido de desdén. -Los míos yacen convertidos en estatuas de hielo, niña. ¿Cuántos de los tuyos he matado yo personalmente?

-¡Cállate, monstruo!- gritó uno de los otros soldados, blandiendo su lanza.

-No- dije yo, bajando mi espada pero manteniéndome firme entre ellos y Kaelan-. Él no es tu enemigo hoy.

Seraphine me miró fijamente, y en sus ojos vi cómo cualquier atisbo de esperanza se extinguía. -Entonces es verdad. Has elegido su lado.

-He elegido ver la verdad- repliqué, y cada palabra era un clavo en el ataúd de mi vida pasada-. La que nos han ocultado.

-La única verdad es que ese drakon es el último de su estirpe maldita y debe ser eliminado-declaró Seraphine, adoptando una posición de ataque-. Y tú, princesa caída, estás en nuestro camino. Por última vez, ¡apártate!

Lo vi en sus ojos. No había vuelta atrás. Para ella, yo ya era tan monstruo como Kaelan. Una traidora. Una hereje.

Kaelan se irguió a mi lado, su debilidad palpable, pero su orgullo intacto. -No hace falta que lo hagas, Princesa- murmuró, solo para mí-. Puedes entregarme. Quizás te perdonen.

Lo miré de reojo. Sus ojos ámbar no mostraban miedo, sino una resignación antigua. Como si siempre hubiera esperado que esto terminara así. Esa aceptación de su destino, ese sacrificio final, fue lo que rompió los últimos diques de mi indecisión.

-Ya es demasiado tarde para eso- susurré.

Y entonces, Seraphine atacó.

Su espada, una hermana de la mía, se abalanzó sobre mí con la velocidad y precisión que solo años de entrenamiento conjunto pueden otorgar. Nuestras hojas chocaron con un sonido de cristal quebrando la paz del bosque. Fue un sonido desgarrador, el sonido de mi propio mundo partiéndose en dos.

-¡Vamos!- le grité a Kaelan, mientras bloqueaba un segundo golpe de Seraphine.

Él no discutió. Se volvió y se adentró cojeando en el bosque, con los otros dos soldados persiguiéndolo de inmediato. Confiaba en que, incluso herido, podría eludirlos el tiempo suficiente.

Mi batalla, sin embargo, estaba aquí. Contra mi pasado.

Seraphine y yo éramos parejas iguales. Cada golpe, cada bloqueo, era un espejo de nuestro entrenamiento. Conocía cada uno de sus movimientos, y ella los míos. Pero yo luchaba con un peso nuevo en el corazón, y ella con una rabia pura que la hacía imprudente.

-¡Te lavó el cerebro!- gritó ella, lanzando una estocada que desvié con un movimiento circular de muñeca.

-¡Me abrió los ojos!-repliqué, contraatacando y obligándola a retroceder-. ¡Pregúntate por qué Selene nunca nos contó sobre la reina humana! ¡Pregúntate por qué su sangre es roja como la nuestra!




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