Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Capítulo 7: El Umbral de la Libertad

Kaelan Dragomir

El bosque se desvaneció a nuestras espaldas como un sueño agridulce. Cada paso era una puñalada de fuego en mi costado, un recordatorio constante de mi debilidad y de la decisión que Lyria había tomado. Había enfrentado a su propia gente. Por mí. La idea era tan absurda que rozaba lo profético.

Caminábamos en un silencio cargado. No era el silencio incómodo de los primeros días, ni el tenso de la desconfianza. Este era un silencio compartido, el de dos personas que han visto derrumbarse el mundo a sus pies y solo se tienen el uno al otro en los escombros.

El aire comenzó a cambiar. El aroma a humedad, musgo y decadencia que había impregnado las ruinas de Aethelgard durante una década empezó a diluirse. Un viento diferente, cargado de olores lejanos a tierra seca, a hierbas silvestres y a algo que había olvidado por completo: espacio abierto, se colaba entre los árboles cada vez más dispersos.

-Estamos cerca del borde- murmuró Lyria, su voz quebrando el silencio como un cristal delicado. Era la primera vez que hablaba desde el enfrentamiento con Seraphine.

Asentí, sin aliento para más. Mi cuerpo suplicaba por descansar, pero algo más profundo, una chispa enterrada bajo toneladas de hielo y cenizas, me impulsaba a seguir adelante.

Y entonces, lo vimos.

Los árboles se abrieron de repente, como una cortina apartándose para revelar el telón de un nuevo acto. Ante nosotros, la tierra descendía en una suave ladera hacia un vasto valle bañado por la luz cegadora del sol de la mañana. No era el paisaje yermo y gris que rodeaba las ruinas. Aquí la vida, tenaz y rebelde, se aferraba con uñas y dientes. Manchas de verde intenso salpicaban la llanura, y un río serpenteaba como una cinta de plata bajo un cielo infinitamente azul.

Me detuve en seco, la respiración atrapada en mi garganta.

El sol.

Durante años, solo lo había visto a través del velo de niebla perpetua y pesadumbre que Selene había tejido alrededor de mi prisión. Pero esto… esto era distinto. Era cálido. Tangible. El calor en mi piel no era el fugaz préstamo de Lyria; era un abrazo antiguo y olvidado. Un abrazo que no pedía nada a cambio.

Por un instante, solo un instante, el frío en mi pecho se retrajo. No fue un retroceso violento o forzado, sino un suspiro de alivio, como si un puño helado se hubiera abierto ligeramente. No era la cura, ni de lejos, pero era… posibilidad.

Mis padres, Keiran y Elara, me habían hablado de este mundo. De sus colores, sus olores, su inmensidad. Lo había olvidado. O quizás, me había rendido a la idea de que nunca volvería a verlo.

-¿Kaelan?

La voz de Lyria me sacó del trance. Me volví hacia ella. Estaba de pie un poco detrás de mí, su cabello plateado ondeando suavemente con la brisa. Pero no miraba el valle. Me miraba a mí.

Y en sus ojos grises, no vi a la asesina, ni a la princesa, ni a la hija de mi enemiga. Vi a alguien que estaba presenciando algo igual de monumental. Estaba viendo cómo una parte de mí, la parte que creía muerta, volvía a respirar.

Sin pensarlo, extendí la mano hacia ella. Un gesto instintivo, tan ajeno a mí como la esperanza que brotaba en mi pecho.

Ella titubeó. Sus ojos bajaron a mi mano abierta, luego volvieron a los míos. La duda cruzó su rostro, la sombra de su adoctrinamiento luchando contra la evidencia de sus ojos. Había roto con su pasado, pero sus cadenas mentales eran más difíciles de soltar.

Finalmente, con una lentitud que delataba la enormidad del acto, deslizó su mano en la mía.

Su tacto fue electrizante. No por la magia o la maldición, sino por la simple, abrumadora verdad del contacto. Era cálida, viva. Y en ese momento, no era la hija de Selene. Era Lyria. La mujer que había bajado la espada. La que había perdonado. La que ahora me ofrecía su mano en el umbral de un mundo nuevo.

-Es… grande- dijo ella, su voz apenas un suspiro, mientras su mirada finalmente se perdía en el valle.

-Sí- fue todo lo que pude responder. Porque no hablaba solo del valle.

La solté, sintiendo la pérdida de su calor de inmediato, pero el fantasma de su tacto permaneció. No podíamos permitirnos ese lujo, esa vulnerabilidad, por mucho tiempo.

-El Altar de las Lágrimas está al norte- dije, mi voz recuperando algo de su firmeza habitual, aunque sin el filo del cinismo-. A través de ese valle y más allá de las Montañas Aullantes.

Ella asintió, serena. -Entonces, es hacia el norte.

Antes de empezar a descender, Lyria se volvió una última vez. Sus ojos se posaron en la línea oscura y quebrada del bosque que ocultaba Aethelgard. No había anhelo en su mirada, ni tampoco odio. Había… aceptación. Era la mirada de alguien que cierra una puerta para siempre, sabiendo que lo que queda atrás es solo el eco de una vida que ya no le pertenece.

Esa simple acción, ese último vistazo a los restos de todo lo que había conocido, selló algo entre nosotros. Ella había quemado sus naves. No por mí, no todavía, pero sí por la verdad que yo representaba. Y en ese acto de fe monumental, encontré una fuerza que creía extinta.

-¿Qué hay?- preguntó, al notar mi mirada fija en ella.




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