Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Capítulo 8: Tierras de Nadie

Lyria Umbría

Caminar junto a él era un recordatorio constante de todo lo que había perdido y todo lo que no sabía.

El sol, ese astro del que solo conocía leyendas distorsionadas que lo pintaban como un ojo ciego y cruel, se revelaba ahora como una fuente de vida. Su calor era diferente al de la fría luz lunar que me había criado. Este calor calaba los huesos, disolviendo una tensión que ni siquiera sabía que cargaba. Cada paso que nos alejaba de las ruinas de Aethelgard era un paso más lejos de la sombra alargada de mi madre.

Kaelan cojeaba a mi lado, su silueta una línea de dolor y terquedad contra el vasto paisaje. Su respiración era un sonido sibilante y controlado, un esfuerzo consciente por no mostrar debilidad. Yo, a mi vez, luchaba por no mostrar la turbación que sentía. El mundo era demasiado grande, demasiado brillante, demasiado ruidoso. Los insectos zumbaban, los pájaros trinaban en la distancia, el viento susurraba secretos en un idioma que no entendía. En la Corte Lunar, el silencio era una disciplina. Aquí, el caos era la norma.

-El sol… no quema- murmuré, sin poder contenerme. La observación sonó ridículamente ingenua.

Kaelan lanzó un resoplido que podría haber sido una risa ahogada o un gemido de dolor. -No. Al menos, no hoy. Es primavera. En verano, este valle se convierte en un horno. Tu madre, supongo, preferiría que te creyeras que su luz es la única tolerable.

-Mi madre -dije, con más aspereza de la que pretendía- no es el tema de conversación.

-Todo se reduce a ella, Princesa- replicó él, esquivando una roca con un movimiento torpe-. Tu presencia aquí, mi maldición, esta… caminata encantadora. Es el legado de Selene.

Avanzamos en silencio durante un rato, siguiendo el curso de un arroyo. La necesidad práctica pronto superó la incomodidad.

-Tu herida- dije finalmente, señalando su costado-. El vendaje necesita ser cambiado. Hay que evitar la infección.

Él se detuvo, apoyándose en una piedra grande. Su rostro estaba pálido, perlado de sudor. -¿Y tú tienes más de esos… ungüentos mágicos de la Luna?

-Tengo conocimientos de sanación que no dependen de la magia de mi madre- respondí, sacando un pequeño frasco de agua y lo que quedaba de mi túnica rasgada-. Hierbas, presión, limpieza. Son principios universales.

Su mirada fue de escepticismo, pero asintió. -Como quieras.

Me acerqué, el ritual ya familiar. Mientras deshacía el vendaje viejo, manchado de sangre seca, no pude evitar notar la textura de su piel bajo mis dedos. Caliente, a pesar del frío interno que lo acosaba. Marcada por antiguas cicatrices que contaban historias de una vida antes de la maldición. Él mantuvo la mirada fija en el horizonte, pero su mandíbula estaba apretada. Era extrañamente íntimo, este acto de cuidado. Una transacción silenciosa donde yo ofrecía alivio y él ofrecía una vulnerabilidad que sé que le costaba un océano de orgullo.

-¿Duele?- pregunté, aplicando el agua para limpiar la herida.

-Solo cuando respiro- fue su respuesta seca.

Una sonrisa casi, casi, se dibujó en mis labios. La ahogué de inmediato. ¿Estaba… bromeando? ¿El príncipe maldito, arrogante y sombrío, tenía un atisbo de humor?

Al terminar, me tendió su cantimplora. -Bebe. No hemos encontrado agua fresca en horas.

La tomé, nuestra piel rozándose por un instante. El gesto era práctico, pero sentí un eco del mismo reconocimiento que había visto en sus ojos en el borde del valle. Esto no era una alianza forzada. O ya no lo era completamente. Era una cooperación nacida de la necesidad, sí, pero también de un entendimiento tácito de que éramos los únicos refugiados de una guerra que nos había usado como peones.

Al caer la tarde, encontramos una cueva poco profunda para resguardarnos. Encendí un pequeño fuego, un acto que me hizo sentir extrañamente poderosa. Yo, que solo conocía la luz fría y prestada de la Luna, estaba dominando una chispa de calor terrenal.

Kaelan observaba las llamas, su rostro inescrutable. -Mi padre- dijo de repente, su voz baja- decía que el fuego era el elemento más traicionero. Podía dar vida o quitarla. Calentar un hogar o reducir un reino a cenizas. Todo dependía de la mano que lo guiara.

Lo miré, sorprendida por la oferta voluntaria de un recuerdo. -¿Y qué decía tu madre?

Él se quedó quieto por un momento. -Ella decía que incluso en la ceniza, hay nutrientes para que crezca algo nuevo. -Su mirada se encontró con la mía a través del fuego-. Creo que… ella habría intentado entenderte. En lugar de… bueno.

-En lugar de mandar a su hija a decapitarte- completé en voz baja.

-Algo así.

El silencio que siguió no fue incómodo. Estaba lleno del crepitar de las llamas y del peso de las vidas que no habíamos tenido. Yo, criada en el frío para ser un arma. Él, criado en el calor para ser un rey, solo para ser convertido en un símbolo de la ruina.

-¿Era feliz?- pregunté, sin pensar. -¿Tu infancia?

Kaelan desvió la mirada hacia la oscuridad que se cernía fuera de la cueva. –Sí- respondió, y la palabra sonó como una reliquia preciosa y frágil-. Hasta que no lo fue. ¿Y la tuya?




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