Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Capítulo 9: El Peso de la Corona de Hielo

Kaelan Dragomir

El sueño no era un refugio. Era una cámara de tortura donde los recuerdos se vestían con la carnosa realidad del presente.

Estaba de vuelta en las frías bóvedas de Aethelgard, pero no en mi celda. Estaba en la Cámara de los Susurros, donde Orin me había escondido durante los primeros y más crueles años de la maldición. El aire olía a hierbas medicinales y a la humedad persistente de la piedra. Orin estaba arrodillado frente a mí, sus manos, que una vez habían blandido una espada con la fuerza de una tormenta, temblaban como hojas de otoño mientras intentaba encender una vela. La llama parpadeaba, débil, amenazando con apagarse con cada corriente de aire helado que se colaba por las grietas.

-La llama, mi príncipe- murmuró, su voz un quebrado susurro-. Concéntrese en la llama. El fuego está en la sangre. Siempre está.

-No puedo- forcejeé, mis propias manos, las de un adolescente aterrorizado, se aferraban a mis rodillas-. Solo siento el frío, Orin. Me está comiendo por dentro.

-No… no dejes que te gane- su respiración se convirtió en un silbido cortante. Levantó la mirada hacia mí y el corazón me dio un vuelco. La escarcha avanzaba por sus mejillas, formando un velo cristalino bajo sus ojos. Sus iris, antes de un azul vibrante, se estaban volviendo opacos, blanquecinos. -Usted es el legado de Keiran. La esperanza de nuestro pueblo…

-¡No quiero ser su esperanza!- estallé, la voz quebrada por el pánico y la rabia-. ¡Quiero que el frío se detenga! ¡Quiero que mis padres vuelvan!

La expresión de Orin no fue de decepción, sino de una pena infinita. -Lo sé, mi niño. Lo sé.

Extendió una mano hacia mi rostro. Sus dedos, al tocarme, estaban tan fríos como el mármol de una tumba.

-El fuego… está en la rabia…- tosió, y copos de nieve se formaron en sus labios-. Pero también… en el perdón. No… no para ellos…

Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad final.

-…Para ti…

Su mano cayó, golpeando el suelo de piedra con un sonido seco y hueco. Su cuerpo no se movió más. Los últimos vestigios de color se drenaron de su piel, dejando una palidez cerúsea. Y entonces, el frío que lo había consumido estalló hacia afuera. Una capa de hielo grueso y claro se extendió desde su cuerpo, trepó por mis piernas, mi torso, aprisionándome, ahogándome, convirtiéndome en otra estatua más en la galería de los condenados…

Me desperté con un jadeo ahogado, el corazón martilleándome en el pecho con un ritmo frenético y desbocado. El sudor frío empapaba mi frente, pero el terror del sueño era más helado que cualquier sudor. La oscuridad de nuestra cueva provisional era absoluta, pero podía sentir el frío de Orin en mis huesos, la sensación del hielo arrastrándose sobre mi piel.

-Kaelan.

Su voz no fue un grito, ni un susurro alarmado. Fue una afirmación serena en la oscuridad. Un ancla.

Jadeaba, intentando dominar la respiración, avergonzado de mi debilidad. -Es nada- logré articular entre dientes-. Un sueño. Nada más.

Oí el suave crujido de su manto mientras se movía. No encendió ninguna luz. Solo se sentó a mi lado, su presencia un calor tangible a centímetros de mí en la fría noche.

-No parecía "nada"- dijo, su voz baja para no quebrar el precario silencio de la noche.

La rabia, mi vieja y fiel armadura, surgió para protegerme. -¿Qué sabrás tú de mis sueños? ¿De mis pesadillas?

-Sé que gritaste el nombre de Orin- respondió ella, imperturbable. -Y sé que es el nombre del hombre que te crio después de… después de todo.

Su calma fue más efectiva que cualquier confrontación. El aire escapó de mis pulmones en un suspiro tembloroso. La fachada se resquebrajó, dejándome expuesto, desnudo ante ella y ante mí mismo.

-Lo estoy defraudando- la confesión salió de mí como un veneno purgado, amargo y necesario-. A él. A todos. Cada día que paso respirando, cada vez que esta maldición me doblega, los defraudo. Mi padre… Keiran…- El nombre se atascó en mi garganta-. Él nunca se habría rendido. Él habría encontrado una manera. Habría luchado hasta que su último aliento incinerara el cielo. Yo… yo solo me dejo arrastrar por la corriente, esperando a que el hielo me gane.

Guardé silencio, esperando su desdén. Esperando que confirmara lo que yo ya sabía: que era un sustituto pálido, un príncipe fracasado.

En su lugar, Lyria dijo: -Cuéntame de él.

La simpleza de la petición me desarmó por completo. -¿Qué?

-Tu padre. Keiran. No como el rey del que me hablaron. No como el monstruo. Cuéntame del hombre que te enseñó a domar el viento.

Nadie me había pedido eso. Nadie había querido saber. Para los suyos, era una bestia. Para los míos, un dios caído. Pero para mí… para mí solo era mi padre.

Y así, en la oscuridad protectora de la cueva, con la respiración de Lyria como único testigo, dejé caer la armadura.

-Era… terriblemente malo para contar historias- comencé, y un sonido que era casi una risa escapó de mis labios-. Sus historias de batallas siempre se convertían en lecciones sobre constelaciones o en la descripción del canto de un pájaro exótico que había visto. Mi madre se reía de él. Decía que un rey debía inspirar temor, no curiosidad.




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