Lyria Umbría
El aire cambió días antes de que viéramos la entrada. Una pesadez se instaló en la atmósfera, un frío que no era del todo natural y que se colaba entre los árboles como un aliento venenoso. Kaelan se volvió más silencioso, si eso era posible. Su andar, que había ganado un tenue vigor bajo el sol, recuperó la cautela de un animal que huele a su depredador.
-Estamos cerca- dijo una tarde, deteniéndose en la cima de una colina pelada.
Abajo, en un valle oculto entre montañas cuyas cumbres parecían garras negras rasgando el cielo, se alzaba una formación rocosa que parecía más una cicatriz que un refugio. Era la entrada a las Cavernas del Alba, uno de los últimos bastiones de los drakon, según me había explicado. No había torres, ni murallas, solo una boca oscura y ancha flanqueada por dos colosales estalagmitas que se inclinaban la una hacia la otra como ancianas cansadas.
Al acercarnos, la sensación de frío y desesperanza se intensificó, haciéndose casi palpable. Y entonces, los vi.
No eran los ejércitos de bestias aladas de mis pesadillas. Eran sombras. Figuras encorvadas alrededor de fogatas que apenas desprendían calor, envueltas en harapos y pieles. Algunos, los que aún conservaban algo de su forma, alzaron la cabeza a nuestro paso. Sus ojos, del ámbar característico de su raza, no brillaban con el fuego del odio, sino con el vacío del hastío y una curiosidad mustia. La piel, que en Kaelan aún mantenía un rastro de su tono dorado original, en muchos de ellos estaba pálida, casi translúcida, marcada por un entramado de venas azuladas. El aire que exhalaban formaba espesas nubes de vapor en el aire gélido.
Eran los restos de un pueblo. Mi pueblo enemigo. Y estaban muriendo.
Ninguno dijo una palabra, pero el silencio era más elocuente que cualquier grito. Sus miradas se posaban en Kaelan con una mezcla de veneración y una pena tan profunda que me costaba sostenerla. Y luego, esas mismas miradas se deslizaban hacia mí. Y entonces, el vacío se llenaba de un reconocimiento instantáneo y de un odio tan puro y justificado que sentí que me golpeaba físicamente.
-Es la hija de la Luna- susurró alguien, una mujer con un niño tembloroso aferrado a sus faldas. La voz no era una acusación, era una declaración de hecho, cargada de un dolor demasiado grande para la rabia.
Kaelan se detuvo, erguido a pesar de su cojera. Su voz, cuando habló, resonó con una autoridad que no le había oído antes, una chispa del rey que debió ser.
-Lyria está bajo mi protección- anunció, y sus palabras cortaron el aire gélido como un cuchillo-. Es gracias a ella que estoy aquí, y es con ella que buscaremos romper esta maldición.
Un murmullo, bajo y descreído, recorrió el campamento. Un drakon más grande que los demás, con cicatrices que le entrecruzaban los brazos y un brillo de fanatismo en sus ojos blanquecinos, se interpuso en nuestro camino. Morwen. Kaelan había mencionado su nombre con desprecio. El líder de los que creían que toda esperanza era una herejía.
-¿Traes el lobo al redil, mi príncipe?- preguntó Morwen, y su tono era peligrosamente respetuoso-. ¿La cachorra de la que nos mató para que termine el trabajo?
-Ella no es su madre, Morwen- replicó Kaelan, con una paciencia que parecía gastada-. Y tiene la marca, igual que yo. El destino…
-¡El destino nos condenó!- rugió Morwen, y varios drakon a sus espaldas murmuraron su acuerdo-. ¡Y tú traes el instrumento de esa condena a nuestro último refugio! ¿Es este tu gran plan? ¿Rendirnos ante ella?
-Mi plan es sobrevivir- cortó Kaelan, y por primera vez, dejó que su propio frío, el frío de su ira, impregnara el aire-. Algo que tú pareces empeñado en evitar. Ahora, apártate.
La tensión era un cable a punto de romperse. Morwen no se movió. Sus ojos se clavaron en mí, y sentí el impulso primario de empuñar Susurro de Luna. Pero ¿contra qué? ¿Contra este esqueleto viviente, consumido por el mismo dolor que su príncipe?
Fue entonces cuando una figura se separó de las sombras cerca de la entrada de la caverna. Un drakon anciano, tan encorvado que casi caminaba en cuatro patas, apoyado en un bastón nudoso. Su piel era como pergamino viejo y sus ojos ámbar estaban velados por una capa de escarcha permanente. Avanzó hacia nosotros con una lentitud dolorosa.
-Morwen-dijo el anciano, y su voz era el crujir de la nieve bajo el pie-. El príncipe ha hablado. Nuestra lealtad es a su sangre, no a tu amargura.
Morwen fulminó al anciano con la mirada, pero retrocedió un paso, su protesta ahogada en un gruñido.
El anciano se volvió hacia mí. No había odio en su mirada, solo una curiosidad antigua y un pesar infinito.
-Bienvenida a las Cavernas del Alba, hija de la Luna –dijo-. O lo que queda de ellas. Soy Theron. Fui… consejero de su padre, una vez. -Sus ojos pasaron de mí a Kaelan, y una chispa de algo que pudo ser amor se encendió en sus profundidades heladas-. Veo que el mundo aún guarda sorpresas. Entrad. El frío de la noche no perdona.
Kaelan asintió con la cabeza en un gesto de respeto y agradecimiento. Al pasar junto a Morwen, sentí su odio como una lanza en el costado.
El interior de la caverna era vasto y reverberante. Pequeñas hogueras parpadeaban en nichos tallados en la roca, iluminando escenas de una miseria desgarradora. Familias acurrucadas para compartir el poco calor que tenían. Guerreros cuyas manos, una vez capaces de esculpir montañas, temblaban ahora al sostener un cuenco de caldo aguado. Y luego, en los rincones más oscuros, vi las estatuas.