Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Capítulo 11: El Relato de la Traición

Kaelan Dragomir

La decepción en el rostro de Theron era un espejo de la que sentía tallada en mis propios huesos. Morwen y sus seguidores se habían retirado, pero su desprecio permanecía en la caverna como un veneno residual. Lyria se mantenía cerca de la entrada de la cámara que Theron nos había cedido, su presencia era una espina para mi pueblo y un recordatorio silencioso de mi fracaso para protegerlos. La había traído aquí, a este santuario, y todo lo que había conseguido era avivar las llamas de la discordia.

-No podías haber esperado una bienvenida con vítores, mi príncipe -murmuró Theron, siguiendo mi mirada. Su viejo cuerpo se acomodó con dificultad en un asiento de piedra junto a una mesa baja y rudimentaria.

-No esperaba vítores -repliqué, la amargura tiñendo mis palabras—. Esperaba… fe. Un atisbo de la fuerza que una vez tuvimos.

—La fe es un lujo para quienes tienen esperanza —respondió el anciano, sus dedos, deformados por el frío y la edad, acariciando la superficie áspera de la mesa—. Y nuestra esperanza se congela un poco más cada día que pasa.

Lyria se movió, cruzando los brazos. —Usted fue consejero de su padre —dijo, su voz era un susurro respetuoso pero firme en la penumbra—. ¿Qué habría hecho Keiran en nuestro lugar?

Theron la miró, y por primera vez, no vi el reflejo automático de Selene en sus ojos. Vio a la joven que estaba frente a él. —Keiran… —suspiró, y el nombre sonó a reliquia sagrada—. Keiran creía en el poder de la verdad, incluso cuando era dolorosa. Creía que un rey no debe gobernar sobre mentiras convenientes.

Se inclinó hacia adelante, con un quejido de esfuerzo, y tomó un objeto que descansaba en un nicho excavado en la pared de la cueva. Era un orbe de cristal oscuro, del tamaño de un puño, opaco y cubierto de polvo.

—Durante años, después de… lo que sucedió —continuó, limpiando el polvo con la manga—, busqué respuestas. Reuní los últimos fragmentos de nuestro poder, los sueños atrapados en el éter de los que murieron demasiado rápido para que el hielo los consumiera por completo. Los atrapé aquí.

Lyria dio un paso adelante, intrigada. — ¿Qué es?

—El Ojo de Aethelgard —dije yo, reconociendo el artefacto de las lecciones de historia que detestaba de niño—. Puede contener memorias. Impresiones.

—Así es —asintió Theron—. Y contiene la última memoria del Nido del Dragón la noche en que cayó. La noche en que tus padres murieron, Kaelan.

Un frío que no tenía nada que ver con la maldición me recorrió la espalda. Siempre había creído saber lo que sucedió. Selene, en un arrebato de ira celosa, había arrasado el palacio. Una tormenta de poder divino. Una muerte rápida, casi limpia, en su furia homicida. Pero la expresión en el rostro de Theron decía otra cosa.

—Siempre te dijimos que fue un ataque de ira —murmuró el anciano, y su voz tembló—. Pero la ira es un fuego. Lo que sucedió… fue un acto de hielo. Premeditado. Frío.

Con manos temblorosas, Theron pasó sus dedos sobre la superficie del orbe y susurró unas palabras en la antigua lengua drakon. El cristal oscuro comenzó a brillar con una luz interior, tenue al principio, luego más intensa. Niebla y sombras giraron en su interior, coalesciendo en una escena.

La imagen se aclaró. El Gran Salón del Trono. No estaba en llamas. Estaba cubierto de escarcha. Mi padre, Keiran, estaba de pie frente a su trono, mi madre, Elara, a su lado, aferrándose a su brazo. No había miedo en sus rostros, sino una determinación feroz. Y frente a ellos, no un ejército, sino una sola figura: Selene.

Pero no era la diosa distante y serena de las estatuas. Su rostro estaba demudado por una rabia tan pura que era aterradora. Sin embargo, sus movimientos eran calculados, precisos.

«Te ofrecí todo, Keiran», dijo la voz de Selene, un cuchillo de hielo en la calidez del salón. «La eternidad. Un poder que esta… su mirada despreciativa recorrió a mi madre… mortal no puede ni concebir. Y la despreciaste. La despreciaste por eso».

«Te ofreciste a ti misma, Selene», replicó mi padre, su voz era el fragor de una montaña. «Nunca te ofreciste a mi pueblo. Nunca entendiste que el verdadero poder no es dominar, sino proteger. Elara me mostró eso. Y por eso la elegí a ella».

El rostro de Selene se convirtió en una máscara de odio absoluto. «Si no puedes ser mío, no serás de nadie».

No hubo un rayo de poder. No hubo un grito de guerra. Selene extendió una mano y, lentamente, como un veneno extendiéndose por las venas del mundo, el frío comenzó a emanar de ella. No era el frío del invierno. Era la ausencia de todo calor, de toda vida. La escarcha trepó por las piernas de mi madre.

*«Keiran…», susurró Elara, y su voz estaba llena de dolor, pero no de miedo.

Mi padre rugió, y el fuego estalló a su alrededor, un muro de llamas destinado a protegerla. Pero el frío de Selene era demasiado. Era el frío del vacío entre las estrellas, el fin de todas las cosas. El fuego de mi padre se apagó, chisporroteando, vencido no por un poder mayor, sino por una antítesis absoluta.

No

Vi cómo la luz se apagaba en los ojos de mi madre. Cómo su cuerpo no caía, sino que se desvanecía, convertido en millares de motas de hielo que el viento se llevó. No hubo cuerpo que llorar. No hubo tumba a la que rendir honores. Solo… nada.




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