Lyria Umbría
El silencio que siguió a la visión en el orbe era más pesado que cualquier cadena. El fantasma del crimen de Selene se cernía en la cámara, una presencia tangible que envenenaba el aire. Kaelan se había convertido en una estatua de hielo viviente, su perfil cortante como tallado en diamante negro. La rabia que siempre había llevado consigo se había transformado en algo mucho más peligroso: una calma mortal, un propósito glacial que prometía una tormenta de consecuencias.
Yo, por mi parte, luchaba por no desmoronarme. Las imágenes de la reina Elara desvaneciéndose en nada, del rey Keiran congelado en su agonía… no eran las de monstruos. Eran las de una familia destruida por los celos patológicos de mi madre. Todo lo que me habían enseñado, todo el odio que me habían inculcado, se basaba en una mentira colosal.
—Necesito… aire —murmuré, sin poder soportar el peso de sus miradas, la de Kaelan cargada de un dolor recién horneado y la de Theron, llena de pena.
Salí de la cámara y me adentré en las profundidades de las Cavernas del Alba, buscando un rincón donde el sufrimiento no fuera tan palpable. Pero era inútil. El dolor estaba tallado en las paredes, congelado en las estatuas de hielo, susurrado en los jadeos de los drakon moribundos. Había traído a Kaelan a casa, y todo lo que había hecho era mostrarle la profundidad de su infierno con una claridad brutal.
En un pasadizo lateral, más alejado del campamento principal, encontré una pequeña cámara que parecía una biblioteca o un escritorio abandonado. Estantes de piedra vacíos se alineaban en las paredes, cubiertos de polvo y telarañas. Pero en un rincón, un arcón de madera vieja y reforzada con metal parecía haber resistido el paso del tiempo y la decadencia. Una curiosidad morbosa, un deseo de encontrar algo, cualquier cosa, que pudiera ayudar, me llevó hasta él.
La tapa estaba pesada, pero cedió con un crujido sordo. En su interior, protegidos por una tela encerada, había varios pergaminos. Algunos se deshicieron al tocarlos, pero otros, escritos en una tinta resistente y en el lenguaje drakon, permanecían legibles. Mi conocimiento del idioma era básico, fruto de lecciones para entender las tácticas del enemigo, pero podía descifrar lo suficiente.
La mayoría eran registros de suministros, listas de nombres… las tristes reliquias de una civilización en extinción. Pero uno, enrollado y atado con una cinta de cuero negra, parecía diferente. Lo desplegué con cuidado sobre una piedra plana que hacía las veces de mesa.
Eran diagramas. Esquemas complejos de lo que parecía un artefacto, una especie de báculo o catalizador coronado por una esfera de cristal. Al principio, no entendí lo que estaba viendo. Luego, mis ojos captaron las anotaciones al margen, escritas en un lenguaje que conocía demasiado bien: el alto lenguaje de la Corte Lunar. Eran anotaciones de mi madre.
«…la esencia drakon robada del Templo del Sol es inestable, pero sirve como base perfecta…»
«…el catalizador requiere un componente único, un ser que actúe como puente entre la esencia lunar y la drakon…»
«…solo la sangre de mi propia línea, portadora de mi esencia pero moldeable, puede contener el poder sin ser consumida…»
El corazón comenzó a latirme con fuerza en el pecho. Una sensación de pavor, frío y familiar, empezó a trepar por mi espina dorsal. Seguí leyendo, mis dedos temblando sobre el pergamino antiguo.
«…no es un arma que se empuña, es un ritual. La sangre de la portadora no activa el mecanismo… ES el mecanismo. Su esencia vital, su propia alma, será el combustible que purifique el mundo de la plaga drakon. Un sacrificio final y perfecto…»
Las palabras bailaban frente a mis ojos. «Portadora». «Su esencia vital». «Sacrificio final».
No. No podía ser.
Busqué frenéticamente en el arcón, volviendo pergaminos, hasta que mis manos encontraron otro, más pequeño y grueso. Era un diario personal, y la escritura, aunque drakon, era más apresurada, más desesperada. Las anotaciones hablaban de espías, de robos, de experimentos secretos en la Corte Lunar. Y entonces, lo vi. Un párrafo, subrayado con ira:
«…Selene no busca un arma. Busca crear el catalizador viviente perfecto. Ha criado a su propia hija, la princesa Lyria, no como una guerrera, sino como un recipiente. Su sangre es la llave, pero no para abrir una cerradura, sino para detonar una explosión que extinguirá toda la magia drakon de raíz. La niña es una bomba de relojería divina, y no lo sabe…»
El mundo se detuvo.
El aire escapó de mis pulmones. El pergamino cayó de mis manos inertes y se enrolló en el suelo polvoriento.
No era la portadora del arma.
Yo era el arma.
Cada gota de mi sangre, cada latido de mi corazón, no era mío. Era un componente, un recurso. Mi vida entera, mi entrenamiento, mi "destino"… todo era una farsa elaborada para llevarme al lugar correcto, en el momento correcto, y activarme. Como se activa una trampa.
Un sonido escapó de mis labios, un quejido ahogado de animal herido. Me llevé las manos a la boca, ahogando un grito. La habitación giraba a mí alrededor. Los recuerdos se precipitaron, cada uno envenenado por esta nueva verdad.
Los elixires amargos que me daban de niña "para fortalecerme". Las lecciones sobre control mental "para enfocar mi poder". La marca en mi brazo, que siempre me dijeron que era un símbolo de mi destino para destruirlos… era una etiqueta. La marca de un artefacto.
Selene no me había criado como una hija. Me había fabricado como un instrumento de genocidio. Y mi misión de matar a Kaelan… no era el objetivo final. Era el catalizador. Tal vez su muerte, o mi proximidad a él en el momento cumbre, sería lo que "activaría" el mecanismo que yo llevaba dentro.