Kaelan Dragomir
La sacudía entre mis brazos era la de un animal atrapado en una jaula invisible. Cada sollozo que le desgarraba el pecho resonaba en el silencio de la cámara abandonada, un eco desesperado de la verdad que acababa de destrozarla. El pergamino yacía a nuestros pies, sus palabras venenosas manchando el aire como una niebla tóxica.
Era un arma.
La revelación debería haberme hecho apartarme de ella. Debería haber sentido el instinto primal de destruir la amenaza que representaba para lo poco que me quedaba. En cambio, todo lo que podía sentir era una rabia silenciosa y glacial, no hacia ella, sino hacia la diosa que había sido capaz de una crueldad tan meticulosa. Selene no solo había matado a mis padres; había pervertido la propia esencia de su hija, convirtiendo el acto de creación en un acto de guerra.
Lyria se aferraba a mi túnica, sus dedos crispados, como si yo fuera la única ancla en el maremoto de su realidad deshecha. Sus lágrimas calaban la tela, un calor fugaz contra el frío perpetuo de mi piel.
—Lo siento —jadeaba entre sollozos, una y otra vez, como si la culpa fuera suya—. Lo siento, lo siento…
—Calla —murmuré, y mi voz sonó más áspera de lo que pretendía. No por ira hacia ella, sino por la impotencia que me corroía—. No tienes nada por lo que disculparte.
— ¡Soy la bomba que va a exterminar a tu gente! —gritó, apartándose bruscamente de mí. Sus ojos, enrojecidos y nadando en lágrimas, brillaban con un pánico frenético—. ¡Todo, todo lo que soy, está diseñado para destruirte! ¿No lo entiendes? ¡Mi sangre es tu veneno!
Se levantó tambaleándose, alejándose de mí como si yo fuera el que estaba contaminado.
—Cada elixir, cada lección, cada maldita palabra de aliento… era una mentira. —Su voz era un hilo quebrado de dolor—. Me criaron como un arma. Me pulieron, me afilaron… y me apuntaron hacia ti. No soy una persona, Kaelan. Soy un mecanismo. Un artefacto.
La vi desmoronarse de nuevo, esta vez contra un estante de piedra vacío, deslizándose hasta el suelo como un pelele. La desesperación en sus ojos era absoluta. Era el mismo vacío que había visto en los drakon que se rendían al frío. La rendición.
Algo dentro de mí se endureció. No podía permitirlo. No después de todo.
Me arrodillé frente a ella, ignorando el dolor punzante de mi costado. Agarré su barbilla con suavidad pero con firmeza, obligándola a mirarme.
—Escúchame, Lyria —dije, y cada palabra era un clavo que martillaba en la losa de su desesperación—. Selene puede haber forjado el metal, pero no forjó el temple. Ella te dio una misión, pero fuiste tú quien bajó la espada en las ruinas. Ella te enseñó a odiar, pero fuiste tú quien perdonó a Seraphine. Ella te creó como un arma, pero es tu voluntad la que decide contra quién se dirige.
Ella negó con la cabeza, las lágrimas resbalando por mis dedos. — ¿Y qué importa mi voluntad? Si lo que soy, lo que llevo dentro, puede activarse y destruir todo…
— ¿Y qué? —la interrumpí, mi voz se elevó, cargada de una intensidad que la hizo parpadear—. ¿Crees que yo no soy un artefacto? ¿Crees que esta maldición no es un mecanismo de destrucción lenta diseñado específicamente para mí? Mi cuerpo es mi prisión, Lyria. Mi sangre lleva el veneno del rencor de tu madre. Somos lo mismo. Dos caras de la misma moneda envenenada.
Sus sollozos amainaron un poco. Me estaba escuchando.
—Ella nos hizo a su imagen —continué, bajando la voz—. A mí, como víctima eterna. A ti, como verdugo final. Es su fantasía retorcida hecha realidad. Pero hay una grieta en su plan, Lyria. Una grieta que ella nunca anticipó.
— ¿Cuál? —susurró ella, su voz ronca por el llanto.
—Que los artefactos se encontraran —dije, soltando su barbilla para tomar sus manos, que estaban heladas y temblorosas—. Que la víctima y el verdugo se aliaran. Que compartiéramos esta… esta verdad envenenada. Ella nos unió con un hilo de odio, pero ese hilo se ha convertido en algo más. Algo que ella no puede controlar.
Lyria me miró, y por primera vez desde que había leído el pergamino, vi un destello de algo que no era pánico en sus ojos grises. Era confusión. Era… esperanza.
— ¿Qué podemos hacer? —preguntó, y en su voz no había resignación, sino una petición genuina.
—Lo que hemos estado haciendo —respondí—. Luchar. Pero ya no luchamos por separado. Ahora luchamos contra el diseño que ella hizo para nosotros. Tu sangre no es un arma, Lyria. Es tu sangre. Y mi corazón no es solo hielo. Es mi corazón. Le arrebataremos el control de su propio juego.
Me miró fijamente, estudiando mi rostro como si buscara un rastro de mentira, de falsa esperanza. Pero todo lo que había en mí era la fría y clara certeza de que teníamos que hacer esto. Juntos.
— ¿Cómo? —volvió a preguntar, su voz un poco más firme.
—No lo sé —admití, y fue una de las cosas más honestas que le había dicho—. Pero lo averiguaremos. Juntos. Prometí que Selene pagaría por lo que le hizo a mi familia. Y ahora… —mi mirada se posó en ella, en sus lágrimas secándose en mejillas pálidas—… ahora también pagará por lo que te ha hecho a ti.
Un sollozo final, más un suspiro que un quejido, escapó de sus labios. Se inclinó hacia delante, y esta vez no fue un colapso de desesperación. Fue un gesto de agotamiento, de entrega. Dejó que su frente descansara contra mi hombro.
—Estoy tan cansada —susurró.
—Lo sé —murmuré, rodeándola con mis brazos—. Yo también.
Permanecimos así, en el suelo polvoriento de la cámara abandonada, dos artefactos defectuosos y rebeldes en la oscuridad. El peso de su cuerpo contra el mío no era una carga. Era un recordatorio. Ya no éramos Kaelan, el príncipe maldito, y Lyria, la princesa arma. Éramos cómplices. Éramos aliados.
Y en la quietud compartida, con el fantasma de nuestros destinos manipulados acechando en las sombras, sentí cómo el último vestigio de mi desconfianza hacia ella se desvanecía, por algo más sólido, más peligroso y más esperanzador: una lealtad inquebrantable forjada en el yunque de una verdad compartida.