Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Capítulo 14: La Elección de la Marcada

Lyria Umbría

El amanecer se filtró por las grietas de las Cavernas del Alba como un ladrón, arrastrando consigo la fría realidad del nuevo día. Me desperté con los ojos hinchados y la garganta rasgada por los sollozos de la noche, pero la mente extrañamente clara. El peso de Kaelan dormido contra mí, su respiración tranquila y profunda, era un ancla que me impedía deslizarme de nuevo hacia el abismo del pánico.

Había llorado hasta no tener lágrimas. Había temblado hasta que los huesos me dolieron. Y en medio de ese colapso, sus palabras habían echado raíces.

«Ella te dio una misión, pero fuiste tú quien bajó la espada».

«Somos lo mismo. Dos caras de la misma moneda envenenada».

«Le arrebataremos el control».

Mientras la luz grisácea iluminaba los contornos polvorientos de la cámara, miré la marca en mi antebrazo. Las dos medias lunas entrelazadas. Siempre la había visto como un sello de honor, un recordatorio de mi destino divino. Ahora era la marca de un ganado, la etiqueta de un artefacto. El símbolo de la mentira más grande jamás contada.

Pero Kaelan tenía razón. Selene me había forjado, pero no controlaba mi voluntad. Ella había trazado un camino de destrucción, pero mis pies eran los que elegían cada paso.

Con un cuidado infinito, me deslicé de su lado, apoyándome en la pared para ponerme de pie. Mi cuerpo estaba pesado, mi espíritu, magullado, pero en el centro de mi ser ardía una pequeña y fría llama de determinación. No era la llama feroz de la guerrera fanática. Era la llama constante de alguien que ha tocado fondo y ha decidido empujarse hacia arriba.

Caminé hasta la entrada de la cámara y miré hacia el campamento. Los drakon comenzaban a moverse, fantasmas en su propio hogar. Algunos me lanzaban miradas cargadas de desconfianza, otros de simple curiosidad mórbida. Theron estaba sentado junto a una hoguera baja, sus viejos ojos observándome. No apartó la mirada.

Sabía lo que tenía que hacer. No era una elección impulsiva. Era la conclusión lógica, inevitable, de todo lo que había vivido, de toda la verdad que ahora cargaba sobre mis hombros.

Cuando Kaelan se despertó, encontrándome de pie en el centro de la cámara, ya había tomado mi decisión. Sus ojos ámbar, aún nublados por el sueño, se enfocaron en mí de inmediato, alertas.

—Lyria?

—No voy a ser su arma —dije, y mi voz sonó clara y firme, sorprendiéndome a mí misma—. No voy a ser el instrumento de tu exterminio, ni el de tu pueblo.

Él se incorporó lentamente, una mueca de dolor cruzando su rostro. — ¿Y cómo piensas evitarlo? ¿Escondiéndote? ¿Huyendo?

—No —negué con la cabeza, un gesto pequeño pero lleno de convicción—. Corriendo hacia la única cosa que podría darnos una respuesta. Hacia la única esperanza que tienes.

Su expresión se tornó confusa por un momento, y luego la comprensión iluminó sus ojos. —El Altar…

—El Altar de las Lágrimas —confirmé—. El lugar donde, según tu gente, un juramento drakon puede ser roto. Si hay algo en este mundo, algo de magia antigua o poder primordial, que pueda romper una maldición impuesta por una diosa… o desactivar un arma divina… es allí.

Se puso de pie, acercándose a mí. —Lyria, es una leyenda. Un cuento. Incluso si existe, no sabemos qué exige el ritual. Podría ser un sacrificio. Podría matarte.

— ¡Ya estoy muerta! —estallé, la emoción rompiendo por un momento la fría capa de mi determinación—. ¿No lo entiendes? Mi vida no es mía. Es un recurso en el plan de Selene. Si voy a morir, será en mis términos. Muriendo por algo. Por alguien. —Mi voz se quebró—. Por ti.

Las últimas dos palabras cayeran entre nosotros, cargadas de un significado que trascendía la lealtad o la gratitud. Era una admisión. Un reconocimiento de que, en algún lugar de este desastre, él se había convertido en algo más que un aliado, más que un príncipe al que debía proteger. Se había convertido en la razón por la que valía la pena luchar. Por la que valía la pena desafiar a una diosa.

Kaelan se quedó inmóvil, mirándome como si me viera por primera vez. No como la princesa de la Luna, ni como el arma viviente, sino como Lyria. La mujer que elegía su propio destino.

—Es una locura —murmuró, pero no era una negación. Era un reconocimiento de la enormidad de lo que proponía.

—Todo esto es una locura —repliqué, un atisbo de mi antiguo sarcasmo asomando—. ¿Qué es un poco más?

Una sonrisa lenta, torcida, se dibujó en sus labios. Era una sonrisa diferente. No estaba teñida de amargura o cinismo. Era… admiración.

—Está al norte —dijo, su voz recuperando el tono de mando, el del príncipe que planifica una campaña—. Más allá de las Montañas Aullantes. El viaje será duro. Más duro que todo lo que hemos enfrentado.

—Ya he enfrentado a mi madre y a mi propia naturaleza en un solo día —dije, sosteniendo su mirada—. Unas montañas no me asustan.

Theron se acercó entonces, su bastón golpeando suavemente el suelo de piedra. Había estado escuchando.

—El camino no es solo físico, niña —dijo, su voz grave—. Las Montañas Aullantes no reciben su nombre por el viento. Se dice que sus picos sacan a la luz los miedos más profundos de quienes osan cruzarlas. Y el Altar… el Altar exige un precio. Siempre exige un precio.

—Ya he pagado un precio —respondí, mirando la marca en mi brazo—. Con mi infancia. Con mi identidad. No tengo nada más que dar, excepto mi voluntad. Y esa, ahora, es solo mía.

Theron asintió lentamente, una chispa de algo que parecía orgullo brillando en sus ojos velados por la escarcha. —Entonces, el destino te sigue, Lyria de la Luna. Pero ahora, es un destino que tú misma has elegido. —Se volvió hacia Kaelan—. Y tú, mi príncipe. Tu pueblo se aferrará a cualquier atisbo de esperanza. Morwen usará esto en tu contra. Decirles esto… será como arrojar una piedra a un estanque congelado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.