Kaelan Dragomir
La esperanza es una flor frágil que crece en el barro de la desesperación. La habíamos plantado en el corazón helado de las Cavernas del Alba, y durante dos días, Lyria y yo observamos cómo brotaban los primeros y tímidos brotes. No era una transformación radical, sino pequeños cambios. Un drakon que antes nos volvía la espalda, ahora asentía con la cabeza al pasar. Otro que compartía un poco de su ración escasa de agua. Theron se convirtió en nuestro heraldo no oficial, su voz anciana y respetada calmando los temores de los más escépticos.
Pero Morwen y sus seguidores eran la hierba mala que ahogaba esos brotes. Su desconfianza era un veneno que goteaba constantemente, envenenando los oídos de cualquiera que se atreviera a escuchar.
—Jugáis a ser héroes mientras nos condenáis —me espetó el segundo día, bloqueándome el paso cerca de los manantiales de agua dulce—. Cada momento que esa bruja lunar pasa aquí, atrae a la Orden como la carroña atrae a los buitres. Y vos les mostráis el camino.
—Ella no es una bruja —repliqué, conteniendo la ira que hervía bajo mi fría superficie—. Y si la Orden viene, lucharemos. Como siempre lo hemos hecho.
— ¡Lucharemos para morir! —rugió—. ¡Mientras vos corréis detrás de un cuento de hadas!
No respondí. Darle más combustible a su furia era inútil. Me di la vuelta y me alejé, sintiendo su mirada cargada de odio en mi espalda.
Lyria sentía la tensión. Se mantenía cerca de mí, su presencia una silenciosa declaración de lealtad que irritaba a mis enemigos y confundía a mis aliados. Por las noches, practicaba con Susurro de Luna, sus movimientos fluidos y mortales un recordatorio de lo que era, y de lo que se negaba a ser. La observaba, y en la determinación de su rostro, encontraba la fuerza para ignorar los susurros de Morwen.
Fue en la mañana del tercer día cuando la tensión estalló.
Estábamos en el borde del bosque que rodeaba el valle oculto, recogiendo suministros para el viaje. Lyria estaba unos metros más adelante, examinando la corteza de un árbol en busca de líquenes comestibles. El aire estaba tranquilo, cargado con el olor a tierra húmeda y pino.
Y entonces, el silencio se quebró.
No fue un sonido de la Orden. Fue un grito drakon, un aullido de traición y furia. Desde la cresta de la colina que dominaba el valle, Morwen y una docena de sus seguidores irrumpieron, sus rostros distorsionados por la rabia. No venían por mí.
Venían por ella.
— ¡La bruja huye! —gritó Morwen, blandiendo una lanza tosca—. ¡Va a traer a su gente! ¡Acabad con ella!
Lyria se volvió, sus ojos se abrieron de par en par al ver la carga. Por un instante, la vi paralizada, no por el miedo, sino por la tristeza. La tristeza de que, a pesar de todo, esto fuera el final.
— ¡Lyria! —grité, empujándola detrás de mí y desenvainando la espada corta que Theron me había dado. Era un arma pobre para un príncipe drakon, pero era todo lo que tenía.
El primer atacante se abalanzó sobre mí. Era un joven drakon, sus ojos velados por el miedo y el fanatismo. Bloqueé su golpe torpemente, el impacto resonando en mi brazo debilitado. El dolor en mi costado estalló como fuego. No tenía fuerza, no tenía poder. Solo tenía terquedad.
— ¡Id tras ella! —ordenó Morwen, embistiendo contra mí con su hacha.
Lyria no huyó. Con un grito de furia que era mitad guerrera lunar, mitad algo completamente suyo, desenvainó Susurro de Luna. La hoja plateada cantó al cortar el aire, desviando un golpe dirigido a mi espalda.
— ¡No los mates! —le grité, forcejeando con Morwen—. ¡Son nuestro pueblo!
— ¡Ya no son mi pueblo! —rugió Morwen, empujándome con una fuerza que me hizo retroceder—. ¡Son mi carga! ¡Y tú eres su fracaso!
La escena se convirtió en un caos de acero y gritos. Lyria se movía como un torbellino, usando el filo plano de su espada y la empuñadura para incapacitar, no para matar. Era una danza mortal de restricción, y cada movimiento que no era letal la ponía en mayor riesgo. Yo luchaba como podía, un titán caído forcejeando con sombras, cada respiración una cuchillada, cada movimiento una agonía.
Pero éramos dos contra doce, y uno de nosotros estaba al borde del colapso.
Vi la apertura. Morwen, en su furia por alcanzar a Lyria, dejó su costado expuesto. Con el último resto de mi fuerza, me abalancé, no con la espada, sino con el hombro, embistiéndolo y haciéndolo caer al suelo.
— ¡Corre, Lyria! —rugí, arrojándole mi espada para que la cogiera—. ¡Llévatela! ¡Al bosque!
Ella me miró, horrorizada. — ¡No!¡
— ¡Es una orden!
En ese momento de distracción, uno de los seguidores de Morwen, un drakon con un garrote nudoso, aprovechó para golpear a Lyria en la espalda. Ella cayó de rodillas con un grito ahogado.
Algo se rompió dentro de mí.
No fue la rabia. Fue el último dique que contenía el mar congelado de mi poder. El miedo a perderla, la furia por la estupidez de esta pelea, la desesperación absoluta… se unió en un grito silencioso que estalló desde lo más profundo de mí ser.
Ya no luchaba por mi pueblo. Luchaba por ella.
Un temblor recorrió el suelo. No fue fuerte, no fue el terremoto que mi padre podría haber convocado. Fue un sollozo de la tierra, un gemido de dolor. Una grieta delgada como un brazo se abrió en el suelo bajo los pies del drakon del garrote, haciéndolo perder el equilibrio y caer.
El aire a mí alrededor se espesó, el calor huyendo de él, remplazado por un frío que no era el de la maldición. Era mío. Era el frío del núcleo de un planeta muerto, del vacío entre las estrellas. La escarcha floreció en las hojas del suelo, trepó por las botas de mis atacantes. No los congeló, pero los ralentizó, sus movimientos se volvieron pesados y torpes, sus armas se volvieron frías al tacto hasta quemar.
Todos se detuvieron, mirándome con un terror renovado. No era el poder de un drakon. Era el poder de la maldición, torcido, doblado, usado no para mi destrucción, sino como un arma.