Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Capítulo 16: Prisioneros del Pasado

Lyria Umbría

La tierra se abrió bajo nuestros pies literalmente. La "cueva del deslizamiento" no era más que una grieta oculta tras una cortina de enredaderas, que descendía en una pendiente pronunciada de piedra suelta y raíces retorcidas. Nos deslizamos por ella en una cascada de guijarros y tierra, ciegos por la oscuridad y la urgencia. Arriba, los gritos de la batalla entre los drakon de Morwen y la Orden de Luna se mezclaban en una cacofonía de traición y violencia.

Kaelan cayó pesadamente al fondo, un montón de extremidades y jadeos doloridos. Yo aterricé a su lado, Susurro de Luna aun firmemente empuñado. La oscuridad era casi absoluta, solo rota por el tenue resplandor de mi espada.

— ¿Puedes continuar? —pregunté, poniendo una mano en su hombro. Temblaba, y su piel estaba fría como la muerte.

—No… no tengo opción —jadeó él, intentando incorporarse.

El sonido de armaduras resonando en la grieta sobre nosotros nos heló la sangre. Nos habían visto entrar.

— ¡Por aquí! —gritó una voz que reconocí al instante. Seraphine.

—Rápido —urgí a Kaelan, ayudándole a ponerse de pie.

Corrimos, o más bien, nos arrastramos a través de un estrecho túnel natural. La respiración de Kaelan era un silbido agonizante en la oscuridad, cada paso un suplicio. Yo lo guiaba, mi mano en la suya, tirando de él cuando sus piernas flaqueaban. El sonido de la persecución era un eco constante a nuestras espaldas, un recordatorio de que el tiempo se agotaba.

El túnel desembocó en un sistema de cavernas más amplio, donde un río subterráneo fluía con un murmullo profundo. La corriente era fría y rápida.

—Tenemos que cruzarlo —dijo Kaelan, apoyándose en la pared rocosa—. Es nuestra única oportunidad de cortar el rastro.

Asentí, sin aliento para hablar. Pero cuando me volví hacia él, vi que su mirada estaba fija en algo detrás de mí. En la otra orilla, emergiendo de otra boca de túnel, había más soldados de la Orden. Estábamos rodeados.

— ¡Lyria, por la Diosa, suelta al monstruo y ríndete! —gritó Seraphine desde atrás, su voz cargada de una desesperación furiosa.

Kaelan me miró, y en sus ojos no había miedo, solo una resignación fatalista. —Es el fin, Princesa. Sálvate a ti misma. Es lo lógico.

— ¡Ya he renunciado a la lógica! —le espeté, colocándome a su lado, espada en ristre.

Los soldados se acercaban por ambos lados, formando un semicírculo mortal a la orilla del río. Valerius estaba entre los de atrás, su rostro una máscara de triunfo cruel.

—Toma a la princesa con vida —ordenó—. Al drakon, no importa en qué estado quede.

En ese momento de máxima tensión, Kaelan se irguió con la última chispa de su orgullo. —No me subestimes, humano.

Concentró su mirada en el techo de la caverna, justo sobre la cabeza de los soldados que se acercaban por el otro lado del río. Un sudor frío brotó en su frente, y una gota de sangre escapó de su nariz. No era el poder convulsivo de antes, sino un esfuerzo concentrado y agonizante.

Una estalactita, del tamaño de un brazo, se quebró con un chasquido seco y se precipitó hacia abajo, estrellándose justo frente a los soldados y haciéndolos retroceder por el impacto y la lluvia de esquirlas. No los mató, pero los detuvo.

El esfuerzo, sin embargo, fue la gota que colmó el vaso para Kaelan. Sus ojos se dieron vuelta y sus piernas cedieron. Lo agarré justo antes de que cayera al agua, pero su peso muerto era demasiado para mí.

— ¡Kaelan!

En ese momento de distracción, Seraphine y dos soldados se abalanzaron. Uno me agarró por el brazo que sostenía la espada, otro me inmovilizó por la espalda. Seraphine, con lágrimas de rabia y frustración en los ojos, me arrebató Susurro de Luna.

—Lo siento, Lyria —susurró, y su voz estaba quebrada—. Lo siento.

Valerius se acercó entonces, mirando a Kaelan, que yacía inconsciente en mis brazos, con desprecio.

—Atadlos —ordenó—. Separados.

Me arrancaron de Kaelan. Luché, grité, maldije, pero era inútil. Sus manos inertes se deslizaron de mis brazos mientras dos soldados lo arrastraban lejos, río arriba. A mí me llevaron en la dirección opuesta, río abajo, hacia una salida que dejaba entrar la luz del día.

— ¡Kaelan! —grité una última vez, antes de que una capucha áspera me cubriera la cabeza y el mundo se volviera negro.

Desperté en una celda.

No era una prisión convencional. Era una cueva natural cuyas paredes habían sido pulidas y en las que se habían incrustado barras de un metal plateado y frío que reconocí al instante: Acero Lunar, imbuido con la magia de Selene. Su mera proximidad hacía que mi piel se erizara y me sentía débil, como si me estuvieran drenando lentamente.

No había camas, ni sillas. Solo piedra fría y las barras relucientes. A través de ellas, podía ver un corredor igualmente tallado en la roca. Estábamos en un puesto de avanzada de la Orden, una base oculta en las montañas.

Pasaron horas, o quizás solo minutos. El tiempo perdía su significado en la oscuridad y la desesperación. ¿Estaba Kaelan vivo? ¿Lo habían ejecutado ya? La idea me provocaba un dolor físico, un vacío en el pecho que rivalizaba con el frío del Acero Lunar.

Finalmente, se oyeron pasos. Valerius entró en el corredor, seguido de Seraphine, que evitaba mi mirada.

—Princesa —dijo Valerius, su voz era tan fría y pulida como las barras de mi celda—. Qué… decepcionante regreso.

— ¿Dónde está Kaelan? —pregunté, ignorando su comentario. Mi voz sonó ronca por la deshidratación y los gritos.

—El monstruo está seguro. Por ahora. —Se paseó frente a mi celda—. Tu madre está consternada, Lyria. Profundamente consternada. Pero es misericordiosa. Te ofrece una oportunidad de redención.

—No quiero su redención.

—Oh, pero la necesitas —replicó él, deteniéndose para mirarme fijamente—. Porque verás, hemos decidido que el Arma del Alba necesita… un catalizador para activarse. Un evento desencadenante de sufrimiento extremo. La muerte del príncipe drakon, en tus brazos, debería ser más que suficiente.




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