Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Capítulo 17: El Legado de Keiran y Elara

Kaelan Dragomir

La oscuridad era diferente aquí. No era la oscuridad familiar y decadente de las ruinas de Aethelgard, ni la fría penumbra de las Cavernas del Alba. Esta era una oscuridad cargada de intención, pulida por manos humanas y reforzadas con su odio. El Acero Lunar de las barras de mi celda emitía un zumbido bajo, casi imperceptible, que se infiltraba en mis huesos y agravaba el frío interno de la maldición. Cada respiración era un esfuerzo, cada latido del corazón una batalla perdida contra el hielo que ahora se cerraba alrededor de él con una ferocidad renovada.

Habían arrojado mi cuerpo inconsciente a esta tumba de piedra después de separarme de Lyria. Su grito, desgarrado y desesperado, aún resonaba en mis oídos. ¿Estaba viva? ¿Estaba herida? La impotencia era un veneno más amargo que la propia maldición.

Valerius me había visitado brevemente. Su discurso había sido predecible: la misericordia de la Diosa, la inevitabilidad de mi destino, la purificación del mundo. Sus palabras eran moscas zumbando alrededor de un cadáver. Lo único que importaba era lo que había dicho después, con una sonrisa de triunfo cruel: "La princesa está a salvo. Y mañana, su dolor al presenciar tu fin será la chispa que encienda la purga final de tu estirpe".

Así que ese era el plan. No solo matarme. Usar mi muerte para activar el arma que era Lyria. Convertir nuestro vínculo, la misma conexión que había sido mi único consuelo, en el instrumento de la aniquilación de mi pueblo.

La desesperación quiso ahogarme. Había luchado, había sobrevivido, había llegado a creer, contra toda lógica, que podríamos encontrar una manera. Y todo había sido en vano. Morwen tenía razón. Yo era un fracaso. Había defraudado a mi padre, a mi madre, a Orin, a mi pueblo… y ahora, a Lyria.

Me dejé caer contra la pared fría, cerrando los ojos. El frío de la maldición era ahora una presencia tangible, un parásito que celebraba su victoria final. Ya no luchaba contra él. Era más fácil rendirse. Dejar que el hielo ganara. Así, al menos, mi muerte no serviría para su macabro ritual. Moriría como un drakon, dueño de mi propio final.

«Un rey debe proteger todas las formas de vida en su reino, Kaelan. Incluso las que no entendemos del todo».

La voz de mi padre, Keiran, surgió de la memoria con una claridad que me dejó sin aliento. No era el eco lejano de un recuerdo, sino una presencia vívida, como si estuviera allí, en la celda, conmigo.

Abrí los ojos, esperando ver solo piedra. Pero por un momento, solo un instante, vi su silueta imponente, su rostro severo pero no falto de calidez, sus ojos que todo lo veían fijos en mí.

« ¿Te rindes, hijo?», preguntó la voz en mi mente, no con decepción, sino con una curiosidad profunda.

« ¿Qué más puedo hacer?», le respondí en silencio, con la rabia de un niño frustrado. «Lo he intentado todo. He luchado. Y mi lucha solo ha empeorado las cosas. Mi pueblo está dividido. Lyria… Lyria va a ser destruida por mi culpa. Es mejor que el frío me gane ahora».

La imagen de mi madre, Elara, se materializó a su lado, su rostro suave y lleno de una tristeza infinita. « ¿Crees que el frío es una salida, mi amor?», susurró. «El frío no es más que otra forma de prisión. La rendición no te libera, Kaelan. Te encarcela para siempre».

« ¿Y qué quieren que haga?», grité internamente, la desesperación rompiendo los diques. « ¡No tengo poder! ¡No tengo fuerza! ¡Soy una sombra de lo que fuiste, padre! Tú… tú nunca te habrías rendido».

Keiran se acercó, su presencia llenando la celda. « ¿Crees que no conocí la desesperación?», dijo, su voz era el fragor de un glaciar moviéndose. «El día que Selene me dio su ultimátum, elegir entre mi pueblo y tu madre… fue el día más oscuro de mi vida. Cada fibra de mi ser, entrenada para la guerra y el deber, me gritaba que cediera a la Diosa para salvar a los drakon. Pero tu madre…» Su mirada se volvió hacia la imagen de Elara, y en sus ojos hubo un destello del mismo asombro del que me había hablado. «…tu madre me recordó que un reino sin amor, sin compasión, sin la voluntad de proteger hasta lo más frágil, no es un reino que valga la pena salvar. Es solo un pedazo de tierra. Rendirse habría sido fácil, Kaelan. Elegir el amor… eso fue lo más difícil que he hecho. Y lo más valiente».

Elara extendió una mano etérea. «Tu fuerza nunca estuvo en tu poder sobre los elementos, hijo mío. Esa era la armadura. Tu verdadera fuerza está aquí». Tocó mi pecho, justo sobre el corazón helado. «En tu capacidad de amar. De perdonar. De levantarte una vez más, incluso cuando no queda nada. Eso es lo que heredaste de nosotros. No el trono. No el poder. El coraje de amar en un mundo lleno de odio».

Las lágrimas, calientes y liberadoras, llenaron mis ojos. No eran lágrimas de autocompasión, sino de comprensión. Ellos no me veían como un fracaso. Veían al niño al que habían amado, al hombre en el que me había convertido, luchando contra una carga que ningún ser debería cargar.

«Lyria…», susurré.

«Ella también eligió el camino más difícil», dijo mi madre. «Eligió la verdad sobre la lealtad ciega. Eligió protegerte sobre cumplir su destino. Es un espíritu tan valiente como el tuyo, Kaelan. No la subestimes. Y no la abandones ahora».

La imagen de mis padres comenzó a desvanecerse, pero sus palabras resonaban en cada partícula de mí ser, más cálidas que cualquier fuego drakon, más poderosas que cualquier maldición.

«El legado de Keiran y Elara no es un reino de piedra», fue la última voz de mi padre, un susurro que se fundía con la oscuridad. «Es la chispa de amor que llevas dentro. Avívala. Y prende el mundo con ella».




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