Lyria Umbría
La noche se arrastró como un animal herido, cada minuto un latido agonizante hacia el amanecer. Me mantuve acurrucada en el rincón más alejado de las barras de Acero Lunar, no por la debilidad que infligían, sino por concentración. El plan que había comenzado a formarse en mi mente era una locura, una apuesta desesperada que dependía de cosas que no podía controlar. Pero era lo único que tenía.
Valerius creía que el Acero Lunar me había neutralizado. Suponía que, sin mi magia lunar, era solo una mujer. Se equivocaba en lo fundamental. No era una mujer cualquiera. Era la hija de una diosa y, lo que era más importante, había sido entrenada por los mejores guerreros y estrategas de la Orden. Conocía sus tácticas, sus rutinas, su arrogancia.
Y conocía mi propio cuerpo mejor de lo que nadie lo había conocido.
El Acero Lunar suprimía la magia activa, los hechizos, las invocaciones. Pero ¿y la magia pasiva? ¿La esencia misma de lo que era? Mi sangre, mi herencia, no era un hechizo que pudiera ser disuelto. Era un hecho. Y un hecho, como me enseñaron en la guerra, puede ser un arma si se sabe cómo usarlo.
Cerrando los ojos, me adentré en mí misma, en ese lugar silencioso y profundo donde residía el eco del poder de Selene. No intenté convocarlo. No intenté moldearlo. Solo lo observé. Era como un lago de plata quieta y fría, dormido bajo la influencia del Acero Lunar. Pero no estaba muerto.
Recordé las palabras de Kaelan en la biblioteca abandonada. «Tu sangre no es un arma, Lyria. Es tu sangre». Y también recordé lo que Theron había dicho sobre el Arma del Alba: que mi esencia vital sería el combustible.
No para la destrucción. No esta vez.
Me concentré no en el poder en sí, sino en la vida que representaba. En el calor de mi cuerpo, en el latido de mi corazón, en el mismo forcejeo de mis células por sobrevivir en esta celda helada. Me concentré en el recuerdo del sol en mi piel, del calor de Kaelan a mi lado, de la feroz determinación de protegerlo.
No era magia lunar. Era algo más primordial. Era vitalidad.
Un calor comenzó a brotar en mi pecho, un pequeño sol personal que nada tenía que ver con el frío resplandor de mi madre. Era mío. Solo mío. Sudaba, temblaba con el esfuerzo de contener esta energía cruda y sin refinar, de dirigirla no hacia fuera, sino hacia un punto único, específico, dentro de mí.
Hacia mis manos.
Abrí los ojos y miré mis palmas. Brillaban con un tenue resplandor dorado, no plateado. Era el color del calor, de la vida, de la lucha. El Acero Lunar seguía suprimiendo cualquier manifestación mágica externa, pero esto no era magia. Era pura energía vital, la misma que cualquier ser vivo posee, solo que en mí, hija de una diosa, era más densa, más potente.
Era ahora o nunca.
Me puse de pie y caminé hacia las barras de mi celda. Extendí las manos y, en lugar de intentar romperlas o doblarlas, las coloqué sobre la cerradura, un complejo mecanismo de engranajes y pestillos de Acero Lunar.
— ¿Qué estás haciendo, bruja? —preguntó bruscamente un guardia desde el otro lado del corredor.
—Rezando —mentí, con una voz lo suficientemente débil y quebrada como para resultar creíble.
Él resopló y volvió a su puesto.
Cerré los ojos de nuevo y me concentré. Visualicé el mecanismo interno, tal como me habían enseñado a desmontar cerraduras mucho más simples durante mi entrenamiento de infiltración. Luego, vertí ese calor dorado, esa energía vital concentrada, a través de mis palmas y hacia la cerradura.
No era un golpe de fuerza. Era un influjo sutil y constante de calor intenso, muy intenso.
El Acero Lunar estaba imbuido de magia fría. Era su naturaleza. Y ante un calor tan concentrado y anómalo, una energía que no era mágica en el sentido tradicional sino antitético a su propia esencia, comenzó a reaccionar.
Un leve chisporroteo surgió bajo mis dedos. Un hilillo de humo acre se elevó. No estaba fundiendo el metal—era demasiado fuerte para eso—, pero estaba alterando su estructura a nivel microscópico, ablandando los delicados engranajes interiores, forzando los pestillos.
El dolor era atroz. Era como si estuviera quemando mi propia vida, mis años, mi esencia, para alimentar este esfuerzo. Sentía cómo me debilitaba, cómo la fatiga se apoderaba de mí. Pero no me detuve.
Con un clic sordo y satisfactorio, la cerradura cedió.
El sonido fue tan leve que el guardia no lo oyó. Empujé la puerta lentamente, sin hacer ruido. Estaba libre.
El guardia estaba de espaldas, confiado en la supuesta inviolabilidad de la celda. Me deslicé detrás de él, y antes de que pudiera darse la vuelta, descargué un golpe preciso y contundente en la base de su cráneo con el canto de la mano. Cayó sin un sonido.
No tenía tiempo para contemplaciones. Lo arrastré dentro de mi antigua celda y cerré la puerta, dejando la cerradura dañada pero aparentemente intacta para ganar unos minutos preciosos.
Ahora, ¿dónde estaba Kaelan? Valerius dijo que lo tenían "seguro". Eso significaba una celda de máxima seguridad. Y en un puesto de avanzada como este, solo habría un lugar: las mazmorras de aislamiento, talladas en lo más profundo de la montaña, cerca de las fuentes de energía que alimentaban el Acero Lunar.
Moviéndome como una sombra, utilicé todo mi entrenamiento de sigilo. Esquivé patrullas, aproveché las sombras, mi mente era un mapa vivo de tácticas y rutinas de la Orden. Cada paso era un riesgo, cada latido un recordatorio del tiempo que se agotaba.
Finalmente, llegué a un tramo de corredor más estrecho y peor iluminado, custodiado por dos guardias con armaduras más pesadas frente a una puerta de metal reforzado. Esa tenía que ser.
No podía enfrentarme a dos. Estaba demasiado débil. Mi fuga y el uso de mi energía vital me habían dejado hecha polvo. Necesitaba un distractor.
Mi mirada cayó sobre una antorcha en la pared, lejos de ellos. Una idea, tan desesperada como la anterior, surgió en mi mente.