Kaelan Dragomir
El sonido de las alarmas era un martilleo sordo en mis oídos, un ritmo frenético que marcaba el latido de nuestro peligro inminente. Pero todo lo que podía ver, todo lo que podía sentir, era ella. Lyria, temblando no de miedo, sino del esfuerzo sobrehumano que había hecho para llegar hasta mí. Olía a sudor, a humo y a ese calor dorado y vital que había desplegado. Era el olor de la libertad.
—Tu plan… ¿Fue quemar tu propia alma para llegar hasta aquí? —le pregunté, la incredulidad y una profunda, punzante preocupación luchando dentro de mí.
—Algo así —respondió, y su voz, aunque débil, tenía ese tono de sarcasmo terco que me había hecho volver a la vida en las ruinas—. Funcionó.
La sostuve más fuerte. —Siempre supiste que lo haría.
Los gritos se acercaban. El hechizo se rompía. Nos separamos, y el mundo, con toda su crudeza, regresó a un enfoque brutal. Ella recogió una espada rota del suelo. Yo no tenía nada, excepto la determinación que mis padres habían reavivado en mí.
— ¿Puedes luchar? —preguntó, sus ojos grises escaneándome, evaluando daños.
Una sonrisa, la primera sonrisa genuina y feroz en una eternidad, se dibujó en mis labios. —Soy el hijo de Keiran y Elara. Siempre puedo luchar.
Salimos de la celda justo cuando el primer escuadrón de la Orden doblaba la esquina del corredor. Sus rostros, ocultos tras los yelmos, mostraban sorpresa al vernos a ambos fuera, de pie y listos.
No hubo diálogo. No había nada que decir.
Lyria se abalanzó como un rayo plateado, la espada rota en sus manos siendo una extensión de su voluntad. Yo me quedé a su lado, mi cuerpo siendo mi única arma. Un soldado se lanzó hacia mí con su espada. Me aparté del golpe, el movimiento enviando una oleada de fuego blanco a través de mi costado herido. Agarré su brazo, usando su propio impulso para lanzarlo contra la pared de piedra. No tenía fuerza para más, pero tenía astucia, y el conocimiento de que un hueso quebrado duele igual sin importar quién lo sufra.
Era una danza caótica y desesperada. Lyria era el viento y el acero, yo era la roca y el trueno. Ella se movía con la gracia letal que le habían inculcado, pero ahora cada movimiento no era para matar, sino para abrir camino, para incapacitar, para sobrevivir. Yo era más lento, más torpe, pero cada golpe que asestaba, cada bloque que realizaba, estaba imbuido de la furia silenciosa de un rey que se niega a morir en una jaula.
Avanzamos por el corredor, un lento y sangriento arrastrarse hacia la libertad. Cada paso era una victoria, cada soldado que caía, un obstáculo menos. Pero éramos dos contra una fortaleza, y la fatiga era un enemigo más implacable que cualquier guerrero de la Orden.
Lyria recibió un corte superficial en el brazo. Yo tomé un golpe con la empuñadura en el hombro que casi me hizo caer de rodillas. Nuestra respiración era un dueto jadeante de agonía. El frío de la maldición, excitado por el esfuerzo y la adrenalina, comenzó a apretar su puño alrededor de mi corazón de nuevo, prometiendo un colapso final si me empujaba más allá de mis límites.
Y entonces, llegamos a un punto muerto. Un cruce de corredores más amplio, una cámara de guardia. Y bloqueando la única salida que conducía hacia el exterior, estaba él. Valerius. Flanqueado por sus mejores hombres, con Seraphine a su lado, su rostro una máscara de conflicto y dolor.
—Una fuga tan… dramática, princesa —dijo Valerius, su voz goteaba desprecio—. Y tú, bestia, aun respirando. Qué decepcionante.
—La decepción es no darse cuenta de que estás luchando contra la marea, Valerius —repliqué, jadeando, apoyándome ligeramente en la pared para no caer—. La verdad siempre encuentra una manera.
—La verdad es lo que la Diosa decreta que sea —espetó él—. Y ella decreta vuestro fin. ¡Acabad con ellos!
La carga final comenzó. Lyria y yo nos pusimos espalda con espalda, un último bastión en la tormenta de acero. Bloqueé un golpe, sentí el impacto recorrer todo mi cuerpo. Lyria desvió una lanza, su espada rota chirriando bajo la presión. Estábamos siendo acorralados, superados. Vi una apertura para atravesar a Lyria, y me moví para interceptarla, recibiendo un corte profundo en el brazo que ya estaba herido por mi esfuerzo. El dolor fue cegador.
— ¡Kaelan! —gritó ella.
En ese momento, Seraphine, que había estado luchando con una furia contenida, vio la herida abierta en mi brazo. Vio la sangre, roja y humana, manchar el suelo de piedra. Y algo en ella se quebró.
— ¡Basta! —gritó, y su voz se alzó por encima del fragor de la batalla, llena de una angustia tan raw que todos se detuvieron por un instante.
— ¿Seraphine? —preguntó Valerius, confundido.
— ¡Míralo! —gritó ella, señalándome con la espada temblorosa—. ¡Sangra! ¡Sangra como nosotros! ¿No es eso lo que siempre nos enseñaste, Comandante? Que eran bestias, monstruos, que su sangre era corrupta. ¡Pero es roja! ¡Es la misma sangre que la mía, que la tuya!
— ¡Es un truco! —rugió Valerius.
— ¡El único truco ha sido el nuestro! —gritó Lyria, aprovechando la pausa—. ¡El truco de creer que el odio es una virtud! ¡El truco de seguir ciegamente a una diosa que nos miente!
Seraphine miró a Lyria, luego a mí, a mi sangre en el suelo. Sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia y confusión. —No… no puedo. No más.
Con un grito de frustración, se volvió y, en lugar de atacarnos, cargó contra el soldado más cercano a ella, despejando un camino hacia la salida.
— ¡Traidora! —rugió Valerius.
El caos estalló de nuevo, pero ahora la línea de la Orden se había roto por dentro. La duda, esa semilla que Lyria y yo habíamos plantado, había florecido en el corazón de una de las suyas.
— ¡Ahora! —le grité a Lyria.
Con una fuerza renovada por la oportunidad, nos abrimos paso a través de la confusión, siguiendo el camino que Seraphine había abierto inconscientemente. Corrimos por el corredor, dejando atrás los gritos de Valerius y el sonido del combate.