Lyria Umbría
Corrimos hasta que el ardor en nuestros pulmones y el dolor en nuestras piernas nos obligaron a detenernos. La adrenalina de la fuga se disipó, dejándonos como muñecos rotos al amparo de un grupo de rocas cubiertas de musgo, escondidos de cualquier mirada curiosa. La noche nos envolvía, fría pero silenciosa, un manto de paz tras la tormenta de acero y gritos.
Kaelan se desplomó contra la roca más grande, jadeando, su rostro estaba pálido como la luna y contraído por el dolor. La herida en su brazo sangraba a través del vendaje improvisado que le había hecho.
—Tenemos que… tratar eso adecuadamente —dije, arrodillándome a su lado, mis propias heridas protestando con punzadas agudas.
Él asintió, sin aliento para hablar. Saqué lo que quedaba de mi kit de sanación—un frasco de agua, unas hierbas antisépticas y una venda limpia—y me puse a trabajar. El ritual era familiar ahora, pero esta vez era diferente. Mis dedos no se limitaban a limpiar y vendar; trazaban la línea de su músculo, sentían el latido de su sangre bajo la piel. Recordaba el calor de sus labios sobre los míos, la desesperación y la promesa de ese beso. Un rubor, ajeno al esfuerzo, me subió por el cuello.
Él no apartaba la mirada de mí. Sus ojos ámbar, usualmente cargados de sarcasmo o dolor, ahora estaban quietos, serios, observando cada uno de mis movimientos como si estuviera memorizándolos.
—Nunca… nadie se ha arriesgado tanto por mí —murmuró, cuando terminé y me senté a su lado, agotada—. Nadie había… quemado su propia esencia por mí.
—No lo hice por el príncipe de los drakon —respondí, apoyando la cabeza contra la fría piedra a su lado y mirando las estrellas que titilaban entre las ramas de los pinos—. Lo hice por ti. Por el hombre terco y arrogante que me mostró que mi mundo era una mentira. Por el hombre que, a pesar de todo, aún encuentra la fuerza para levantarse.
Él guardó silencio por un momento. —En la celda… antes de que llegaras… hablé con mis padres.
Lo miré, sorprendida. Sabía que era imposible.
—No realmente —aclaró, siguiendo mi pensamiento—. Fue… un recuerdo. O un sueño. O mi propia conciencia adoptando su forma. Pero sus palabras eran reales. Me dijeron que mi verdadero legado no era el poder, sino el amor. El coraje de amar en un mundo lleno de odio. —Su mirada se volvió hacia mí, intensa—. Durante años, creí que el amor era mi punto débil. Lo que le costó la vida a mi madre. Lo que condenó a mi padre. Pero ellos… ellos me dijeron que era mi fuerza.
Una estrella fugaz cruzó el cielo negro. La seguí con la mirada, sintiendo el peso de sus palabras.
—Yo nunca… —comencé, y la voz me falló. Respiré hondo—. En la Corte Lunar, el amor era una transacción. El amor de mi madre era condicional a mi obediencia. El "amor" de la Orden era lealtad a una causa. Nunca… nunca sentí esto. Esta… urgencia por proteger a alguien. Esta paz al solo estar a su lado, incluso cuando todo es un desastre.
Kaelan extendió su mano buena y tomó la mía. Sus dedos, largos y con cicatrices, se entrelazaron con los míos. El contacto era simple, pero sentía como si un circuito se hubiera completado, como si una parte de mí que siempre había estado dormida hubiera despertado y, por primera vez, estuviera en casa.
— ¿Qué es esto, Lyria? —preguntó, su voz era un susurro áspero—. ¿Es solo la complicidad de dos condenados? ¿El consuelo de dos almas perdidas?
Miré nuestras manos entrelazadas, luego levanté la vista hacia su rostro, hacia la vulnerabilidad que permitía que yo viera en sus ojos.
—No —susurré—. Es más. Es… una elección. La primera elección real que he hecho en mi vida. No fue la Orden quien me entregó a ti. No fue la maldición. Fui yo. Yo te elegí a ti. Y esto… —apreté su mano—… lo elijo cada vez que te miro.
Su respiración se contuvo. Por un momento, el príncipe arrogante y el hombre quebrantado desaparecieron, y solo quedó Kaelan. Solo él.
—El Altar de las Lágrimas —dijo, cambiando de tema, pero su voz era suave, no evasiva—. Cuando lleguemos allí… no sé qué nos espera. El ritual para romper una maldición divina… el precio podría ser…
—Lo pagaremos juntos —lo interrumpí—. Sea lo que sea. No pienso dejarte enfrentarlo solo.
—Eso es lo que me aterra —confesó, y su honestidad me dejó sin aliento—. La idea de que… de que el precio sea tú.
—Y a mí me aterra que sea tú —admití—. Pero tenemos que creer… tenemos que creer que hay un futuro para nosotros más allá de esto. Un futuro donde no seamos el príncipe maldito y el arma viviente. Donde seamos… solo Kaelan y Lyria.
— ¿Y qué serían Kaelan y Lyria? —preguntó, una chispa de su antiguo humor regresando a sus ojos—. ¿Un drakon arrogante y una princesa lunática que quema su alma por abrir cerraduras?
Una risa, genuina y liberadora, me brotó del pecho. Era un sonido extraño, casi olvidado. —Algo así. Quizás… gobernando un reino de ruinas y esperanza. O… o viajando por el mundo, sin que nadie nos persiga.
—Me gusta la segunda opción —murmuró él, una sonrisa jugueteando en sus labios—. Sin responsabilidades. Solo… esto. —Apretó mi mano—. Tú y yo.
—Tú y yo —repetí, y las palabras sabían a verdad, a futuro.
Nos quedamos en silencio después de eso, mirando las estrellas. No había necesidad de más palabras. El beso había sellado una promesa, y esta conversación había construido los cimientos de algo nuevo y frágil entre nosotros. El miedo no había desaparecido—el miedo a la maldición, al Arma del Alba, a Selene—pero ahora lo enfrentábamos juntos.
Él se durmió primero, el agotamiento finalmente venciéndolo. Su respiración se volvió profunda y regular, su cabeza se inclinó hasta apoyarse en mi hombro. No me moví. Me quedé despierta, vigilando, sintiendo el peso de su cabeza contra mí, el calor de su cuerpo junto al mío.
Miré las estrellas, ese cielo ajeno que ahora era nuestro testigo, y por primera vez desde que tenía uso de razón, no me sentí sola. Sentí que, contra todo pronóstico, había encontrado mi lugar en el universo. No en un trono de hielo, ni como un instrumento de guerra, sino aquí, en la fría tierra del bosque, con un drakon herido durmiendo en mi hombro y el sabor de un futuro imposible, pero profundamente deseado, en mis labios.