Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Capítulo 21: La Esperanza Duele

Kaelan Dragomir

El amanecer nos encontró entumecidos y cubiertos de rocío, pero vivos. Vivos y… diferentes. Algo había cambiado en la quietud de la noche, algo se había solidificado entre Lyria y yo. Ya no éramos simplemente dos fugitivos unidos por la necesidad; éramos un frente unido, un secreto compartido que respiraba con el mismo ritmo.

Ella se movió antes que yo, desenredándose suavemente de mi lado para estirar sus músculos adoloridos. La observé desde entre mis pestañas, fingiendo aún estar dormido. La luz del amanecer teñía su cabello plateado de tonos rosados y dorados, y iluminaba el perfil serio de su rostro mientras escudriñaba el bosque en busca de peligros. Había una determinación en sus ojos que no estaba antes, una paz que trascendía la simple ausencia de conflicto.

Era hermosa. No con la belleza fría y distante de una diosa o una princesa de cuento. Era una belleza feroz y terrenal, tallada por la lucha y pulida por la elección. La belleza de un río que se abre paso a través de la roca, implacable y vital.

—Sé que estás despierto —dijo sin volverse, un atisbo de sonrisa en su voz—. Tu respiración cambia.

Una sonrisa se escapó de mis labios. —Es difícil esconder algo de ti, Princesa.

Ella se volvió, y al ver mi sonrisa, la suya se abrió paso, pequeña pero genuina, haciendo que el mundo pareciera un poco menos hostil. —Debemos movernos. Valerius no se dará por vencido.

Asentí, incorporándome con un gruñido ahogado. Cada músculo protestaba, y la herida en mi brazo ardía con un dolor sordo y persistente. Pero el dolor era un viejo amigo; lo que era nuevo, lo que era desconcertante, era la ligereza en mi pecho. Una sensación que no había experimentado en una década. Esperanza.

Y duele.

Mientras empaquetábamos nuestros escasos suministros y nos preparábamos para reanudar la marcha hacia el norte, la realidad de esa esperanza comenzó a cerrarse sobre mí como una losa. Antes, la perspectiva de la muerte, del fracaso, había sido una constante sombría y familiar. Una compañera con la que había aprendido a vivir. Pero ahora… ahora había algo que perder.

Cada paso que daba por este bosque, cada respiración que tomaba, ya no era solo por venganza o por deber. Era por el futuro que le había pintado bajo las estrellas. Por la idea de un "Kaelan y Lyria" que existiera más allá de las maldiciones y las guerras divinas.

Y eso me aterraba.

—Estás callado —observó Lyria después de un rato de caminar en silencio, solo el crujido de nuestras botas sobre la hojarasca rompía la paz del bosque—. ¿Es tu brazo?

—No —respondí, y la palabra sonó más cortante de lo que pretendía. Respiré hondo, intentando domar la tormenta repentina dentro de mí—. No es el brazo.

Ella se detuvo, obligándome a detenerme también. Sus ojos grises me escudriñaron, no con presión, sino con una paciencia que me desarmaba. — ¿Qué ocurre, Kaelan?

Miré hacia el norte, hacia donde sabía que se alzaban las imponentes Montañas Aullantes, nuestro siguiente obstáculo. —Esta… esta esperanza que siento —confesé, y me sorprendió lo áspera que era mi voz—. Duele más que el frío de la maldición.

Su expresión se suavizó. — ¿Por qué?

—Porque antes, no tenía nada que perder —expliqué, la verdad saliendo a borbotones como de una herida abierta—. Mi vida era una cuenta regresiva hacia un final que había aceptado. Pero ahora… —Mi mirada se encontró con la suya, y no pude evitar la vulnerabilidad que mostraba—. Ahora cada latido de mi corazón es un recordatorio de todo lo que podría no ser. De la vida que podríamos no tener. De ti… a quien podría perder.

Callé, avergonzado por mi propia debilidad. Un príncipe drakon no debería temer a la esperanza. Debería alimentarse de ella.

Lyria no se rio de mí. No me menospreció. En su lugar, cerró la distancia entre nosotros y puso su mano en mi mejilla. Su palma estaba fría por el aire de la mañana, pero el contacto me quemó.

—Lo sé —susurró—. Yo también siento ese miedo. Cada vez que te miro y veo el frío acechando detrás de tus ojos, siento pánico. La idea de que todo esto… lo nuestro… pueda ser solo un respiro temporal antes de que Selene o la maldición nos arrebaten todo… me aterra.

Sus palabras eran un eco de mis propios temores, y en lugar de aumentarlos, los calmaban. No estaba solo en esto.

— ¿Cómo lo haces? —pregunté, cubriendo su mano en mi mejilla con la mía—. ¿Cómo soportas el peso de esta… esta posibilidad?

Ella sonrió, una sonrisa triste pero resuelta. —Porque el miedo a perderlo… es la prueba de que vale la pena. El frío de tu maldición, la programación en mi sangre… son sombras. Esto —apretó mi mano contra su mejilla— es real. Es el primer fuego que no me quema, Kaelan. Y aunque solo dure un día más, o una hora más, habrá valido la pena cada segundo de este dolor.

«El primer fuego que no me quema».

Sus palabras me atravesaron, disolviendo la última resistencia en mi pecho. Ella, que había sido criada en el frío, entendía el valor del calor, por fugaz que fuera. Yo, que había nacido en el fuego, les tenía miedo a sus llamas.

Bajé la frente hasta apoyarla contra la suya, cerrándonos en nuestro pequeño mundo entre los árboles.

—Tienes razón —susurré—. Este dolor… es un lujo. Es el dolor de tener algo por lo que vivir. Y por lo que luchar.

—Y lucharemos —afirmó ella, su aliento mezclándose con el mío—. Juntos.

Permanecemos así por un largo momento, dos seres imperfectos y dañados encontrando refugio en su mutua fragilidad. La esperanza aún dolía, sí. Era una espada de doble filo que me cortaba por dentro con cada latido. Pero en el filo de ese dolor, había una claridad, una determinación más feroz que cualquier otra que hubiera conocido.

Cuando nos separamos, el mundo seguía siendo peligroso, el camino aún era incierto. Pero ya no tenía miedo de la esperanza. La había abrazado, con todo su dolor y su gloriosa, terrible promesa.




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