Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Capítulo 22: El Sabor de la Libertad

Lyria Umbría

El bosque se espesaba a medida que ascendíamos, el aire se volvía más frío y delgado, un presagio de las Montañas Aullantes que se alzaban ante nosotros como dientes de piedra gris contra el cielo. La tensión de la fuga y el peso de nuestras confesiones aún se cernían sobre nosotros, una bruma invisible que nos recordaba la precariedad de nuestra existencia. Kaelan caminaba a mi lado, su silencio no era incómodo, sino pensativo, como un hombre que está reevaluando cada piedra angular de su vida.

Fue entonces cuando lo oímos. Un sonido cristalino, un murmullo alegre que contrastaba brutalmente con el susurro sombrío del viento entre los pinos. Un arroyo. No el río subterráneo y oscuro de la base de la Orden, sino uno pequeño y despreocupado que serpenteaba cuesta abajo, saltando sobre rocas pulidas y formando remansos de agua tan clara que podías contar las piedras del fondo.

Kaelan se detuvo, y por primera vez desde que lo conocí, vi una expresión en su rostro que no era dolor, sarcasmo o determinación férrea. Era… asombro. Asombro puro y simple.

—Está… vivo —murmuró, y su voz tenía un tono que no le había oído antes, casi de reverencia.

Yo también me detuve, observándolo. Él, el príncipe de los drakon, el ser que una vez comandó tormentas y moldeó montañas, estaba hechizado por un simple arroyo de montaña. Se acercó a la orilla y se arrodilló, sumergiendo los dedos en el agua. Un escalofrío lo recorrió, pero no fue de dolor. Fue de placer.

—Está fría —dijo, y una risa, baja y incrédula, escapó de sus labios.

El sonido me impactó. Era áspero por falta de uso, pero era genuino. Era la risa de Kaelan, no la del príncipe, sino la del hombre. Sin poder evitarlo, una sonrisa se dibujó en mi propio rostro.

— ¿Qué? —preguntó él, al notar mi expresión.

—Nada —dije, acercándome—. Es solo que… nunca te había oído reír.

Él miró el agua que goteaba de sus dedos, luego me miró a mí. —Hay pocas cosas de las que reírse cuando tu corazón se está congelando lentamente.

Sus palabras deberían haber sido sombrías, pero dichas en ese momento, con el sol filtrándose entre las hojas y el arroyo cantando, sonaron como una simple verdad, no como una queja.

De repente, un destello plateado cruzó el agua justo frente a él. Un pez, pequeño y ágil, huyendo de nuestra sombra. Kaelan lo siguió con la mirada, y luego sus ojos se encontraron con los míos. Una chispa de travesura, tan inesperada como su risa, brilló en ellos.

— ¿Crees que podrías…? —comenzó a decir, señalando el pez con la cabeza.

— ¿Que podría qué? ¿Ensartarlo con Susurro de Luna? —pregunté, arqueando una ceja—. Creo que es un poco excesivo para el almuerzo.

—No —dijo él, y su sonrisa se amplió—. ¿Crees que podrías alcanzarlo? Con las manos.

Lo miré fijamente. ¿Estaba… bromeando? ¿Proponiendo un juego? Después de todo lo que habíamos pasado, después de la confesión de la noche anterior y el miedo a la esperanza, él estaba pensando en atrapar peces con las manos.

Y lo más increíble fue que la idea me pareció… maravillosa.

—Es probable que termine con la ropa empapada —advertí, pero ya me estaba quitando las botas.

—Eso suena a un riesgo que estoy dispuesto a correr —replicó él, quitándose la pesada túnica exterior.

Los siguientes minutos fueron una de las experiencias más absurdas y liberadoras de mi vida. Ahí estaba yo, la princesa guerrera de la Orden de Luna, con las faldas remangadas hasta las rodillas, metida en un arroyo helado, intentando atrapar un escurridizo pececillo plateado con mis propias manos. Y ahí estaba él, Kaelan Dragomir, el último príncipe drakon, haciendo lo mismo a mi lado, sus movimientos torpes por la debilidad pero su rostro iluminado por una concentración infantil.

Fallé. Una y otra vez. El agua me salpicaba la cara, fría y vivificante. Kaelan también fallaba, y cada vez que lo hacía, soltaba un gruñido de frustración que se convertía en otra de esas risas ásperas y raras.

— ¡Por los huesos de mi padre! —exclamó, después de que el pez le escurriera entre los dedos por enésima vez—. ¡Es más escurridizo que un político drakon!

Esta vez, fui yo quien soltó una carcajada. El sonido me sorprendió, saliendo de mi garganta libre y sin restricciones, haciendo que los pájaros callaran por un momento. Kaelan se quedó mirándome, y su sonrisa se suavizó, transformándose en algo más tierno, más profundo.

—Deberías reír más a menudo, Princesa —dijo, su voz era suave—. Te queda bien.

Me ruboricé, sintiendo un calor que no tenía nada que ver con el sol. —Y tú deberías intentar atrapar peces más a menudo, Príncipe. Te vuelve… humano.

Su sonrisa se desvaneció un poco, pero no por ofensa. —Humano… —repitió, como si probara la palabra—. Tal vez eso no sea tan malo.

Finalmente, después de mucho esfuerzo y más risas de las que podía recordar, logré cerrar mis manos alrededor del escurridizo pez. Era pequeño, y su corazón latía con frenesí contra mis palmas. Lo sostuve en alto, triunfante.

— ¡Lo tengo!

Kaelan se acercó, mirando el pequeño ser que se debatía en mis manos. —Es… más pequeño de lo que parecía desde la orilla.

—Esperaba algo más imponente para tu primera captura? —pregunté, con ironía.

—Después de tanto esfuerzo, esperaba al menos un banquete —admitió él, con una sonrisa.

Nuestras miradas se encontraron sobre el pez, y de repente, la absurdidad de la situación, la simple y pura alegría de ello, nos golpeó a ambos. Esta no era la lucha épica por la supervivencia, ni la carga de los destinos divinos. Esto era vida. Simple, desordenada y gloriosamente imperfecta.

Con cuidado, me agaché y liberé al pez en el agua. Se alejó como una flecha plateada y desapareció bajo una roca.

— ¿Por qué lo soltaste? —preguntó Kaelan, sin reproche, solo curiosidad.

—Porque no lo necesitábamos —respondí, limpiándome las manos mojadas en mis faldas—. Y porque… merecía su libertad. Como nosotros.




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