Kaelan Dragomir
La ligereza del día anterior era un fantasma dulce y lejano. Las Montañas Aullantes se alzaban ahora ante nosotros, no como un telón de fondo, sino como una pared imponente de granito y hielo. El aire era tan delgado que cada respiración requería un esfuerzo consciente, y un viento constante, cargado de la promesa de tormenta de nieve, gemía entre los picos. Era un sonido inquietante, un lamento eterno que se colaba bajo la piel.
Lyria caminaba a mi lado, su rostro estaba pálido por el frío, pero sus ojos mantenían la determinación férrea que había nacido de nuestra fuga y consolidado junto al arroyo. Habíamos cruzado un umbral. Ya no éramos solo dos fugitivos; éramos una unidad, un frente unido contra el destino que nos habían impuesto. Y eso, me di cuenta con una punzada de amargura, nos hacía más peligrosos y, por tanto, un blanco mayor.
—El paso debería estar justo más allá de esa cresta —dijo Lyria, señalando una hendidura en la pared de la montaña, apenas visible entre la nieve que comenzaba a caer—. Según los mapas de Theron, es el camino más directo.
Asentí, sin aliento para hablar. El frío de la maldición se agitaba dentro de mí, alimentado por la altitud y el viento gélido. Era como si las propias montañas estuvieran aliadas con Selene, apretando el tornillo de mi condena. Cada paso era una batalla, no solo contra la gravedad y la fatiga, sino contra el entumecimiento que trepaba desde mis extremidades hacia mi núcleo.
—Cuando lleguemos al otro lado —continuó ella, su voz un hilo de determinación contra el viento—, estaremos en los Glaciares Eternos. El Altar de las Lágrimas no puede estar lejos.
La esperanza que sus palabras deberían haber evocado se vio sofocada por una sensación de opresión, un presentimiento que no tenía nada que ver con la maldición. Era el instinto de un animal que huele una trampa. El paisaje era demasiado abierto, las rocas demasiado quietas. Incluso el gemido del viento parecía contener un silencio expectante.
—Algo no está bien —murmuré, deteniéndome y escaneando los riscos escarpados que nos flanqueaban.
Lyria también se detuvo, su mano fue instintivamente al mango de Susurro de Luna. —¿La Orden?
—O Morwen —repliqué, el sabor de la traición aún fresco en mi boca—. Ambos saben que este es el único paso viable.
Avanzamos con más cautela, nuestros sentidos alerta. La nieve amortiguaba nuestros pasos, creando un silencio antinatural. Cada sombra entre las rocas parecía moverse, cada suspiro del viento sonaba como un susurro conspirativo.
Fue entonces cuando el silbido cortó el aire.
No fue una flecha. Fue un dardo delgado y corto, hecho de un hueso pálido y brillante. Voló desde un risco sobre nosotros con una precisión mortífera, dirigido no hacia mí, sino hacia Lyria.
El tiempo se desaceleró. La vi girar, su espada ya en movimiento para desviarlo. Pero había otro, y otro más. Una lluvia de esos proyectiles silbantes cayó sobre nosotros desde ambos lados del desfiladero. No era un ataque de la Orden. Era demasiado sigiloso, demasiado… primitivo.
— ¡Drakon! —grité, reconociendo el estilo—. ¡Es Morwen!
Empujé a Lyria contra la pared de roca, cubriéndola con mi cuerpo mientras los dardos se clavaban en el suelo a nuestro alrededor o se astillaban contra la piedra. Uno me atravesó el músculo del hombro, un dolor agudo y punzante. No era venenoso, solo doloroso. Querían incapacitarnos, no matarnos. Al menos, no de inmediato.
Desde las sombras de las rocas, surgieron figuras. No llevaban la armadura plateada de la Orden. Eran drakon, los seguidores de Morwen, sus rostros demacrados y sus ojos ardían con el fanatismo de quienes creen tener la razón absoluta. Morwen estaba al frente, su hacha en la mano, una máscara de triunfo amargo en su rostro.
— ¡Pensé que os habríais rendido al frío para ahora, mi príncipe! —gritó, su voz retumbaba en el desfiladero—. ¡Pero veo que la bruja lunar te mantiene con vida! ¡Te ha cegado con sus hechizos!
— ¡No es un hechizo, Morwen, es la verdad! —rugió Lyria desde detrás de mí, su voz temblaba de furia—. ¡La verdad que tú te niegas a ver!
— ¡La única verdad es que tu presencia aquí traerá la destrucción final de nuestro pueblo! —replicó él—. ¡Y hoy le pondré fin!
Cargaron. No eran muchos, pero eran drakon, y aún conservaban un resto de su fuerza ancestral. Yo, por el contrario, estaba débil, herido y el frío nublaba mis sentidos. Lyria luchaba como una furia, Susurro de Luna un torbellino plateado que desviaba golpes y abría cortes superficiales. Pero ella también estaba agotada, y luchaba con la restricción de no matar a los que, en su mente distorsionada, solo intentaban proteger a los suyos.
Fue esa restricción la que los llevó a su victoria.
Mientras Lyria se enfrentaba a dos atacantes, un tercero, un drakon joven y ágil al que había visto en las Cavernas del Alba, se deslizó por su lado ciego. No la atacó con un arma. Lanzó una red pesada y enmarañada, hecha de cuerdas resistentes y reforzadas con fragmentos de Acero Lunar que había robado, sin duda, de los cuerpos de los guardias que habíamos dejado atrás.
La red cayó sobre ella, y el contacto con el Acero Lunar la hizo gritar, un sonido de dolor puro y agonizante que me heló la sangre. Sus poderes, su fuerza, fueron suprimidos al instante. Cayó al suelo, inmovilizada y vulnerable.
— ¡Lyria!
Un rugido, más bestial que humano, escapó de mi garganta. Me abalancé hacia ella, pero Morwen se interpuso en mi camino. Nuestras armas, su hacha contra la espada corta que había tomado de la Orden, chocaron con un estruendo que hizo temblar el aire. El impacto me hizo retroceder, mi brazo herido gritó en protesta.
— ¡Es inútil, Kaelan! —escupió Morwen, sus ojos brillaban con un fervor lúgubre—. ¡La entregaremos a la Orden! ¡Que se lleven a su bruja y nos dejen en paz! ¡Es la única manera!
— ¡Nunca! —rugí, atacando de nuevo con una furia que no sentía desde la muerte de mis padres.