Lyria Umbría
La red era una prisión de agonía. Cada hilo, impregnado con el frío antinatural del Acero Lunar, quemaba mi piel como un hierro al rojo vivo, pero sin el calor. Era una sensación de vacío, de ausencia forzada. Mi poder, mi fuerza, la esencia misma de lo que era, estaba siendo sofocada, dejándome tan débil y temblorosa como un recién nacido. El dolor físico era insignificante comparado con el terror psicológico de estar tan… desconectada.
Pero peor que la red era la imagen que se había grabado a fuego en mi mente: Kaelan, doblado sobre sí mismo en la nieve, su rostro una máscara de agonía mientras su propia gente, su pueblo, lo traicionaba y se lo llevaba. Su grito, mi nombre, aún resonaba en mis oídos, un latigazo de desesperación que me hacía temblar más que el Acero Lunar.
Los drakon de Morwen me llevaban a rastras a través del desfiladero. No decían nada. Sus rostros estaban cerrados, endurecidos por el miedo y un fanatismo que yo, mejor que nadie, podía reconocer. Era el mismo velo que había nublado mi juicio durante años.
—Morwen —logré forcejar, mi voz era un susurro ronco—. Esto… es un error. Selene os destruirá a todos, con o sin mí.
El drakon ni siquiera se volvió. —Callad, bruja. Vuestras mentiras ya no nos afectan.
La impotencia me enfureció. Quemaba por dentro, un fuego mudo e inútil. ¿Era así como se sentía Kaelan todos los días? ¿Atrapado, traicionado, incapaz de hacer nada mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor?
Después de lo que pareció una eternidad, salimos del desfiladero y llegamos a un pequeño claro. Y allí, esperándonos con una sonrisa de depredador satisfecho, estaba el Comandante Valerius. Flanqueado por un escuadrón de la Orden. Habían llegado primero. Morwen había sido tan predecible.
—Morwen —dijo Valerius, con una inclinación de cabeza fingidamente respetuosa—. Sois un aliado… eficiente.
—Cumplimos nuestro acuerdo —gruñó Morwen, evitando mi mirada—. Tomadla. Y mantened vuestra promesa. Dejad a nuestro pueblo en paz.
—Por supuesto —respondió Valerius, su mirada se posó en mí, en la red que me inmovilizaba, y su sonrisa se ensanchó—. La Diosa estará complacida. Su instrumento ha sido… recuperado.
Mis drakon captores me arrojaron a los pies de Valerius como un fardo. El impacto contra el suelo helado me sacó el aire. Desde el suelo, miré a Morwen, buscando un atisbo de arrepentimiento, de humanidad. Él me sostuvo la mirada por un segundo, y luego, con el rostro crispado, se dio la vuelta y se marchó con los suyos, desapareciendo de nuevo entre las rocas. Me había vendido por una promesa vacía. Y había dejado a su príncipe tirado para morir.
El odio que sentí en ese momento fue tan puro y concentrado que, por un instante, opacó incluso el dolor del Acero Lunar.
—Levantadla —ordenó Valerius.
Dos soldados me agarraron con brusquedad, desenredándome parcialmente de la red pero manteniendo tiras de ella, cargadas con Acero Lunar, atadas alrededor de mis muñecas y tobillos como grilletes. Me tenían de pie, pero apenas. Mi cuerpo era un peso muerto, mi magia, un recuerdo lejano.
Valerius se paseó frente a mí. —Qué caída tan espectacular, Alteza. De princesa a… esto. Pero no os preocupéis. Vuestro propósito está a punto de cumplirse.
—Kaelan… —logré decir—. ¿Está…?
— ¿El monstruo? —cortó Valerius—. Morwen aseguró que estaba lo suficientemente herido como para que el frío o los elementos se encargaran de él. Una muerte misericordiosa, comparada con la que le teníamos reservada.
Un grito silencioso se elevó dentro de mí. No. No. No. No podía ser. No después de todo. No después de haberlo encontrado, de haber sentido su calor, de haber vislumbrado un futuro…
El dolor fue tan abrumador que por un momento, el mundo perdió el color. Cerré los ojos, aferrándome a la imagen de su rostro cuando reía junto al arroyo. Ese era mi último y único consuelo.
—No importa —continuó Valerius, su voz me trajo de vuelta a la fría realidad—. Porque tú, querida Lyria, aún tienes un papel que desempeñar. El Arma del Alba debe ser activada. Y hemos decidido que el catalizador no será la muerte del drakon, sino algo mucho más… poético.
Hizo una seña. Los soldados me arrastraron hacia el centro del claro, donde habían tallado un círculo tosco en la tierra helada. En el centro, había un pedestal de piedra negra, y sobre él, un cristal grande y opaco que parecía absorber la luz.
—El dolor por su pérdida —susurró Valerius a mi oído, su voz era un veneno dulce—. La agonía de saber que él está muerto por tu culpa, de que fallaste en protegerlo… eso, creemos, será el detonante perfecto. Un sufrimiento emocional puro, sin adulterar. El combustible ideal para el arma definitiva.
Me obligaron a arrodillarme frente al cristal. Las tiras de la red con Acero Lunar ardían contra mi piel, recordándome mi impotencia. Valerius sacó una daga ceremonial, su filo era de Acero Lunar puro.
—Un pequeño corte, Princesa —dijo—. Solo para empezar. Para que tu sangre, y tu dolor, alimenten el cristal.
Vi el filo acercarse a mi brazo, al mismo lugar donde llevaba la marca de la media luna. El pánico, frío y absoluto, me congeló. No era el miedo a morir. Era el miedo a convertirme en el instrumento de la destrucción de todo lo que Kaelan había amado. A que su muerte, y mi dolor, fueran usados para aniquilar a su pueblo.
«Tu sangre no es un arma, Lyria. Es tu sangre».
La voz de Kaelan en mi mente fue un latigazo de claridad.
«Le arrebataremos el control».
Valerius creía que me tenía dominada. Creía que el Acero Lunar me había neutralizado. Pero se equivocaba. No del todo.
El Acero Lunar suprimía la magia activa. Pero el Arma del Alba… el Arma del Alba no era magia en el sentido tradicional. Era una maldición. Una programación divina incrustada en mi misma esencia. Y una maldición, como la de Kaelan, no se suprime con metal. Se alimenta de emociones. De dolor. De… sufrimiento.